Bud Bunny, el "trap[o] rojo"
(Camaaño, 2026) En tiempos de épicas devaluadas y emociones que se fingen por una reacción ajena, medir las intenciones de las propuestas artísticas es casi una misión de ingeniería. Suena exagerado, pero no hay probablemente otro modo de ocuparse a pensar en una figura que aniquiló todos los parámetros dispuestos para un artista latino como Bad Bunny, quien se presentó este viernes 13 de febrero (extiende su visita el sábado 14 y domingo 15 en el Estadio Más Monumental). Para Benito Antonio Martínez Ocasio, la grandilocuencia es rutina y sus objetivos extraordinarios, meras misiones fácticas.
Su singularidad encontrará tregua hasta en el acelere del evento. El show empezó 20.57, tres minutos antes de lo anunciado. Insólito para un recital en Argentina, coherente para la narrativa que este boricua viene escribiendo, una que señala: los de atrás vienen conmigo, pero nadie tiene la marca de mi pisada.
Verlo salir a la cancha proyecta una sensación particular: reconforta, del mismo modo que ver regresar a un hermano después de cometer una gran hazaña. Es que Bad Bunny parece hacer coincidir su agenda profesional con Buenos Aires.
Hace menos de una semana protagonizó el medio tiempo del Super Bowl, en una presentación que, aún en 13 minutos, le alcanzó para llenar de su gente la pantalla supremacista y enumerar cada país que integra América (apoteósico como gesto maradoniano). Mientras Donald Trump lo califica de terrible y endurece sus políticas migratorias, Benito se sube a recibir el Latin Grammy a Álbum del año por DeBÍ TiRAR MáS FOToS, el tour que lo trajo hasta acá. En ese contexto de excepcionalidad y gloria llega el Conejo Malo. Viene de los Estados Unidos reales a tocar en un país gobernado por un sujeto que daría todo por convertirse en un anexo norteamericano. [La periodista es repugnante.]
Afortunadamente, el mapa no se traza sólo por fuerzas de combate: la historia de Benito con Argentina anula cualquier acusación de demagogia. En 2017, cuando era un chico Soundcloud y el reggaetón una mala palabra, Bad Bunny se subió a los boliches del conurbano bonaerense. Ya en ese entonces usaba la camiseta de la Selección Argentina. Volvería dos años después como “el dios del trap”.
Llegar entre tanta epopeya lo deja hecho pura emoción. Es como si su cuerpo hubiera concentrado todo el aire y recién ahora, encima del estadio, pudiese expulsarlo. Benito, ejemplar devoto del destino, ha tenido la lucidez de inmiscuirse en los grandes hitos consagratorios aún sin ser protagonista. Comportamiento bisagra, atornillado en la mundialización del reggaetón y la internacionalización del trap argentino.
A 10 años de “Soy peor”, Benito y su metro ochenta ingresan al show con un traje color crema para interpretar “La mudanza”, dando inicio al bloque salsero que es el acento del espectáculo pero no su único pulso. El setlist irá salpicando la discografía con una escala progresiva hacia lo más reciente y un resaltado para eso que Benito viene a enseñar: cómo suena la música de su Puerto Rico, la bomba, la plena, las cuerdas del cuatro portorriqueño.
El segundo bloque del show transcurre en la “Casita”, escenografía que recrea las típicas viviendas de la isla. El cantante atraviesa la fachada trocando el traje de galán por una casaca argentina y pollera. Este segmento condensó parte del brazo armado de su repertorio: “Titi me preguntó”, “Voy a llevarte pa’ PR” y “Yo perreo sola”. Seguirán, en la línea siempre diagonal que traza Bad Bunny, aciertos y fallas: la primera, la elección del tema exclusivo, que el artista selecciona para cada país, a Buenos Aires le tocó “Otra noche en Miami”, única canción de X100PRE que suena en River. La segunda, el cover de Soda Stereo en “De música ligera”, demostrando que a la asignatura “música tradicional” le falta revisar unos ficheros fuera de su área.
Vuelve al escenario para hacer seis temas más, como el meloso “La canción” y, sobre el final, el título que da nombre al álbum, con gestos que materializan su lírica. Después de que se escuche “ya no estamo pa la movie y las cadena’/Tamos pa las cosas que valgan la pena”, el Conejo se arranca el collar de perlas y flores y lo sostendrá hasta el cierre, donde haga énfasis en su lenguaje innato: el perreo.
Las intervenciones del boricua insisten en el espíritu colectivo de la latinidad: “Por hoy nosotros somos Argentina y ustedes Puerto Rico”. Tentadora propuesta aunque sepamos que jamás conseguiremos movernos como en el Caribe. El poliglotismo de Benito es hedonista, y contra el placer de mover el culo no hay competencia. Su cuestión apreciativa excede al análisis de sus letras, el escrutinio es tanto melódico como de efecto: el rechazo más poderoso se aloja en su fuerza positivamente contagiosa: esa que sucede sobre los cuerpos que bailan, libres, sin parámetros canónicos ni limitantes, en pisos sin asfaltar y en pastos sintéticos, en piernas equilibradas con bastones y en caderas dislocadas por amor al ritmo.
“Mientras uno esté vivo, debe amar lo más que pueda”, advierte uno de sus más recientes hits. Esta noche Benito “volvió a casa”, una que lo agitó en un antro de Isidro Casanova y lo paseó con Cazzu. Con sólo 32 años es el artista más grande del mundo (en números sí, pero también en debates, en récords, en alcance), datos que sólo entusiasman al porvenir.
En una época de crisis de representación política, no es descabellado ver la proyección de la gente hacia los ídolos. Dejando a un lado las relaciones parasociales, si las personas no encuentran a quien apoyar pero sí aquello que les hace bien, entonces quién mejor que un latino que usa el mismo tono al hablar de sexo oral y gentrificación para acompañar los días.
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