Entre el rigor y la mordacidad: Entrevista de Juan Loprete a Juan María Solare
1) ¿Usás inteligencia artificial en tus grabaciones?
No uso inteligencia artificial generativa, es decir aquella que toma decisiones creativas. Uso inteligencia artificial correctiva, la que se dedica a enmendar errores o a mejorar el sonido (limpieza de ruidos, afinación, mejorar balances). También estoy considerando usar inteligencia artificial como instrumento virtual. La IA es una herramienta más, no corresponde tenerle un miedo supersticioso. Es una prolongación técnica de mi oído y mi mano, no un sustituto ni la competencia que me va a dejar sin trabajo. Es una asistente, y muy valiosa.
En general, me parece que la IA creativa no me llega ni a los talones. Puede emular a un compositor de tercera categoría y con esto impresionar a los compositores de cuarta categoría, pero los resultados que he analizado hasta ahora apenas me han impresionado. En el mejor de los casos, son el trabajo de un alumno aplicado que imita estilos existentes y no pretende innovar (y que a veces miente -sanatea- cuando no sabe la respuesta).
Por supuesto, esto puede cambiar en el futuro cercano y deberé comerme mis palabras. Sin embargo, hasta ahora la creatividad surge de la experiencia vital, cosa que IA todavía no tiene.
2) ¿Usás samplers?
Uso a veces samples (por ejemplo de percusión), aunque no disparados por samplers físicos sino directamente en la Digital Audio Workstation (que en mi caso es Reaper). Sería entonces un sampler virtual. Sin embargo, el 90% de mi producción es música clásica instrumental o vocal, no basada en samples. Lo que más uso -además de instrumentos reales- son instrumentos virtuales, que en algunos casos están basados en samples.
Pero entiendo que la pregunta va dirigida al uso de samples en el sentido en que, por ejemplo, Gotan Project usa la voz sampleada de Evita Perón en «El capitalismo foráneo». Si es en este sentido, uso este tipo de samples muy marginalmente. Recuerdo que en una de mis obras electroacústicas («Tango oublié») usé la voz de mi papá, como cita. Mi obra electrónica «Subte (un soundscape órfico)» está basada únicamente en samples. Sin embargo, estas exploraciones las hice hace más de veinte años, no son incursiones recientes. Este tipo de samples tiene una función referencial muy fuerte: son la memoria de un sonido fantasmagórico, la alusión a algo que ya no existe.
3) ¿Volverías a Argentina?
¿De paseo o a vivir? Mal que mal, tengo mi vida armada en Alemania, ¿sugerís que vaya a empezar desde casi cero? Como me decía un compatriota en Berlín (dueño de una fotocopiadora) hace varias décadas: «Para volver a Argentina, tenés que tener resuelto el tema económico.»
Lo ideal sería pendular, como hacen algunos conocidos míos. Ya sea que viven en Alemania y van un par de veces al año a Argentina, o viven allá y vienen a Europa dos meses por año, y siempre con una agenda repleta.
Ocurre que el contexto económico en Argentina sigue siendo inestable, por decirlo con diplomacia, lo que dificulta proyectos artísticos sostenidos. Sin ir más lejos, sigue existiendo ese absurdo que si uno recibe dinero en moneda extranjera el Estado se queda legalmente con una tajada enorme por el tipo de cambio artificial – ¿qué es eso? Pido disculpas por mi prosaica queja fiscal, pero es parte de la realidad.
Claramente, esta postura puede cambiar súbitamente si hay una nueva guerra en Europa, y las posibilidades son mayores que cero.
4) ¿Preferís ser solista?
No, también me encanta tocar música de cámara. El fin de semana pasado di dos conciertos, uno de violín y piano y otro con un trío; en ambos me sentí como pez en el agua. Tocando con gente que juega en mi misma liga, o incluso un poco más arriba, se potencian mis facultades musicales: el diálogo, la negociación de las decisiones musicales, la respiración compartida.
Por otro lado, tocar solo tiene la enorme ventaja de la libertad total y el control absoluto del escenario. Desde lo pragmático: no hay que coordinar horarios de ensayo, ni hay que lidiar con el fenómeno de «tirar solo de la locomotora» (en casi cualquier grupo humano siempre hay alguien que trabaja más, esto hay que aceptarlo como parte de la dinámica colectiva).
Además, desde el punto de vista del público, no a todo el mundo le seduce ver a un pianista en solitario. Dicho en términos mercantiles, hay que diversificar la oferta para llegar a otros clientes.
Al final del partido es como con una dieta equilibrada, que requiere variedad y nutrientes distintos: yo no querría tocar únicamente como solista ni querría tocar siempre en grupos.
Por último: al tocar con otras personas se divide la responsabilidad, aunque también se divide el dinero.
5) ¿Por qué musicalizás letras?
Las canciones, la voz humana, son un color más en mi paleta expresiva, y un color importante: genera en los oyentes un alto grado de identificación. Ya sea un cantante solista o un coro mixto. No es el único color -me apasiona también la música instrumental o la electrónica- pero sí un color al cual no me interesa renunciar. Esto dicho desde lo artístico.
Pero no solo de arte vive el compositor, sino de la gente que quiere interpretar sus obras. Si yo no escribiera canciones, si no musicalizara letras, ningún cantante podría interpretarlas (obvio), con lo cual me estaría autocercenando posibilidades de ejecución.
Sin embargo, sé que todo esto suena a 'racionalización', en el sentido psicológico del término: tengo ganas de hacerlo, y en el fondo no sé por qué. Qué pulsión inconsciente se mueve allá abajo, en el fondo del mar, es un misterio. Y uno inventa argumentos para comprenderlo - para justificarlo.
6) ¿Estás contento en Alemania?
Borges escribió -remitiéndose a los estoicos- que no debemos quejarnos de la vida: la puerta de la cárcel está abierta. Lo que quiero decir es que, hasta cierto punto, me da igual vivir aquí o allá, mientras haya cierto mínimo de decencia en las instituciones gobernantes.
Hay personas con un amor desmedido, casi profesional, por la patria. Lo siento, no es mi caso. Puedo tenerle cariño a la Argentina o a Europa en general, pero esto no me obliga a cerrar los ojos ante las incongruencias, injusticias, arbitrariedades e ineficiencias que veo en cada país de la tierra.
Hasta cierto punto, la nacionalidad es un accidente (en el sentido aristotélico, de accidentes frente a esencias). En mi caso habría que hablar incluso en plural de nacionalidades: argentina, alemana, italiana. No reniego de ellas y tiñen profundamente mi personalidad, pero no son lo que determina mi accionar. Un poquito mantengo, todavía, cierta capacidad de elegir. (No hablemos aquí de atavismos.)
Respondido desde otra perspectiva: el hecho de estar contento -o no- depende de la propia vida y de las circunstancias y decisiones personales, acertadas o erróneas; no tanto del lugar donde se habite.
7) ¿Qué le dirías a los que empiezan su carrera?
Que la terminen.
8) ¿Creés que la ideología condiciona la música?
Me gusta diferenciar entre ideología y cosmovisión. No es un mero jueguito de palabras, sino una diferencia de acento: una ideología tiene para mí un matiz negativo, casi de fanatismo; una cosmovisión implica un sistema de valores y una cierta comprensión de cómo está estructurado el mundo.
En general, mediando cierto grado de sinceridad, la persona es una, no se divide para hacer música y para hacer filosofía. Así como concibamos el mundo será nuestro arte. Pero no por coherencia, sino por vagancia: sería mucho más trabajo inventarnos una personalidad para la música y otra para la vida ciudadana. Preferimos la pereza de ser uno solo.
Es decir, la ideología no condiciona la música, lo contrario tampoco; son distintos aspectos de la misma personalidad.
9) ¿Pensás que te fue mejor allá que en tu país?
En algún universo paralelo hay un Juan María Solare que vive toda su vida en Argentina. Otro, el que conocemos, que vivió 26 años en Argentina y algo más de 30 en Alemania. En otros universos, hay otro JMS que vive en Londres, otro acaso en EEUU, en Pakistán, en Madrid o Tandil. ¿Cómo podemos compararlos y determinar a cuál de ellos «le fue mejor»?
Spoiler: es imposible saberlo.
Lo único que uno puede hacer es tomar decisiones para las cuales no se tienen los elementos necesarios. No pueden conocerse todas las consecuencias de cada decisión. Uno es honesto, elige con la mejor de las voluntades, y lo que ocurre, pues ocurre, flaco. Cada camino tiene su precio, cada universo paralelo paga su propio peaje.
Esto sin olvidar que el destino personal no depende sólo de uno, pese a lo que propone la mitología del self made man. Tu futuro depende tanto de tus decisiones como de una red infinita de circunstancias que no están en tu poder.
Otro elemento más personal: centrado en Alemania quizás tengo más infraestructura para que mis obras circulen (y ganar dinero mediante ellas), pero en Argentina hubiera tenido más arraigo cultural (pero ejecuciones financieramente no redituables).
La cuestión esencial es: ¿cómo se mide el éxito, ese «te fue mejor»? ¿En dinero, en cantidad de conciertos, en felicidad, en sentido vital?
10) ¿La formación que te dieron aquí te puso a nivel competitivo?
No voy a dar nombres, pero recuerdo una anécdota de mi época de estudios. Cierto día, cierto compañero salía de la biblioteca del Conservatorio Nacional de Música con una mezcla de alborozo e irritación. Me dijo «Acabo de descubrir una obra impresionante, el Ludus Tonalis de Paul Hindemith. ¿Cómo puede ser que en el Conservatorio jamás me hayan mencionado siquiera la existencia esta obra?»
Es indistinto saber cuál era la obra que descubrió, podría haber sido cualquier otra. Lo clave es: ¿quién es el responsable de tu educación? Cuando uno tiene 9 años serán los padres y la escuela, pero a partir de cierto momento -no cuantizable en edad- las riendas de la propia vida las toma uno. Es absolutamente imposible que un maestro te señale todo lo que existe. Entre otras cosas porque para eso tendrían que conocerlo ellos. ¡Ni siquiera yo lo sé todo! La tarea fundamental de un maestro es encender tu motor. Después, manejás solo.
Con esto quiero decir: «La formación que te dieron aquí» es una generalización tentadora pero insuficiente. De la misma clase saldrán un estudiante que a duras penas araña el mínimo y un futuro premio Nobel.
Yo estoy muy satisfecho con la formación que recibí. ¿Podría haber sido mejor? Por supuesto, y mucho. Pero en algún punto la vida espera de mí algo de iniciativa. Dicho de manera muy cruda: si tu papá no puede dejarte una herencia multimillonaria, ¿qué hacés? Respuesta: ganarte el sustento por tu cuenta.
11) El mundo ¿está mejor o peor que durante la guerra fría?
Imagino que te referís al equilibrio armamentístico, las intenciones bélicas, las ansias expansionistas y las ganas de rapiñar legalmente. Sinceramente no soy muy optimista. Mejor dicho: soy un paranoico convencido de que imaginar el peor escenario posible es la fórmula para sobrevivir. Es decir, tiendo a considerar el escenario geopolítico actual como un polvorín, con varios gobernantes más inclinados a buscar pretextos para bombardear a los vecinos que a buscar la conciliación.
Lo que ocurre es que la Guerra Fría terminó y sabemos que, al final, «no pasó nada» (dicho ingenuamente). Por eso puede parecernos inocua. Nos olvidamos de que en aquella época también existía la sensación de vivir sobre un arsenal. El momento actual lo estamos viviendo en tiempo real, y por eso la palabra «incertidumbre» refleja mejor que ninguna otra ese sentimiento de no saber qué va a ocurrir.
La única buena noticia en medio de mi lúcido pesimismo es que -precisamente porque lo estamos viviendo ahora, porque lo estamos construyendo a tientas en tiempo real- tenemos la posibilidad de alterar el presente. Aunque decir «tenemos» es ya un exceso de optimismo. En el fondo la tienen muy pocas personas, y no puedo garantizar su equilibrio mental ni mucho menos su autoridad moral.
Hay una teoría que afirma que cuando una civilización alcanza un alto grado de desarrollo tecnológico, se autodestruye. Por eso no hallamos pruebas de vida inteligente extraterrestre: ya se autodestruyeron. Mi pregunta es cuánto falta para que el Homo sapiens caduque —o si, contra todo pronóstico, esta vez zafamos.
Juan María Solare
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