Frido ter Beek. Por Eduardo Slusarczuk
(2017) "La historia de cómo llegué a vivir en Buenos Aires es bastante larga", dice el saxofonista holandés Frido Ter Beek, mientras prepara un mate al que le hace un lugar en un banquito, a muy poca distancia de uno de sus saxos, y ante la desconfiada mirada de su perro porteño.
Y trata de resumir: "Estudié en Utrecht, en el conservatorio, donde estudiaba composición un argentino que me dijo un día si no queríamos venir a la Argentina con el cuarteto de saxos que yo integraba, con el que hacíamos música contemporánea. Para nosotros era una aventura, así que dijimos que sí, y en 1993 nos organizó un viaje; tocamos en el salón Dorado del Colón, en Mar del Plata, en la Universidad CAECE... Y conocimos muchos músicos, otros saxofonistas. Dos años después volvimos, y cuando regresamos a Holanda lo hicimos con una caja llena de obras que compositores argentinos habían escrito para nosotros; así que grabamos un disco de música argentina, y lo presentamos aquí en 1998."
El ida y vuelta continuó, hasta que en uno de esas visitas Frido conoció a quien hoy es su esposa. "Ella estudiaba en el conservatorio, donde dimos clases, y quería estudiar en Europa. Fue a Holanda, nos enamoramos y se quedó 16 años, hasta que su sensación de que algún día volvería se hizo necesidad. Así que hace dos años decidimos mudarnos. Para mí, era una aventura; para ella, volver a su lugar, su familia y sus amigos", completa el relato.
Atrás quedaban, al menos por un rato, las tres big bands que dirigía Frido, sus tareas como docente, y un sistema de promoción cultural estatal que, advierte, "tuvo su era de oro en los '80, pero cambió mucho". "Por otro lado -sigue-, eso de tener espacios como el CCK y la Usina, en los que podés ver cosas fenómenas gratis, no existe."
-¿Tenías alguna perspectiva de trabajo, cuando decidiste venirte?
-Nada. Me traje el saxo alto -los otros vinieron en barco-, y no tenía nada más. Mi esposa tenía un trabajo como directora de una orquesta comunitaria en Villa Crespo, pero poco más.
-¿Cómo fue, entonces, lo que siguió?
-Me metí. Sencillamente, me metí. Me costó mucho, al principio, porque de repente estás en un lugar nuevo, pero ya no de visita. Y es muy distinto, cuando venís a vivir.
-¿Esa diferencia también se ve en la relación con los músicos? Porque antes te ibas; quedándote sos competencia.
-Claro. Yo me di cuenta de eso. Era uno más, y no hay tanto trabajo. Pero siempre tuve la sensación de que era bienvenido. Alguna vez sentí alguna mirada, pero todo fue cuestión de coparse y entrar en confianza.
A dos años de su llegada, Ter Beek tiene un cuarteto, con el que acaba de editar el álbum Entonces qué?, que presenta en Virasoro Bar, integra el trío Roseti Project, dedicado al free jazz, y comparte el proyecto Monk, etc... con Sebastián de Urquiza y Pablo Moser, mientras mantiene su vínculo con la Koh-I-Noor Saxophone Quartet, la Orquesta de Cine The Sprockets y Silent Live.
-¿Cómo fue creada la música de "Entonces qué?"?
-En principio, es toda música escrita acá. No quería hacer cosas escritas en Holanda. Quería hacer todo nuevo. No sé si es diferente a lo de antes... En general, yo escribo los temas, los ensayamos y la onda final es la que sale de lo que aportan los músicos -Ramiro Penovi (guitarra eléctrica), Diego Wainer (bajo eléctrico y contrabajo) y Claudio Risso (batería)-, porque tocamos en cuarteto. Entonces, el tema, que es algo en papel que yo escribí en mi habitación, se transforma. Lo interesante es que yo puedo tocar con cualquier tipo del mundo, si hablamos el mismo idioma musical que yo.
-Uno podría pensar que el jazz, en Europa, tiende más a la experimentación, mientras que en los Estados Unidos es más común el link con el hard o el bebop, que parecería que está más arraigado aquí. ¿Eso es así, o es una mirada equivocada?
-Yo veo eso también; aunque en Holanda existen las dos cosas. Pero lo que encontré aquí es que esa tradición del hard o del bebop es más fuerte que en mi país. Me encontré con muchos músicos, acá, que tocan esa forma del jazz, cercana a los años '50. Eso me sorprendió.
-¿Cómo es tu interacción musical con esos ellos?
-A veces se choca. A mí me gustan cosas en compases irregulares, y a algunos músicos con los que toco, no. Pero insisto amablemente y juntos lo transformamos en algo en lo que cada uno se siente cómodo.
-"Little Ombú", "Chinchulines", "Isenbek". Algo en los títulos de tus temas dice que te integraste bastante a nuestra cotidianidad. ¿Qué es lo que más te gusta de aquí, más allá de lo musical?
- Me gusta eso de que si vas tres veces a la misma verdulería, los chicos ya te conocen y te hacen chistes. Hay una especie de juego. "Hola, campeón, ¿cómo estás?", te saludan. Eso allá pasa mucho menos, y a mí me divierte.
-¿Extrañás algo en especial?
-Lo que extraño no es tan concreto. Creo que si te mudás a otro lugar, lo que extrañás son tus raíces; las memorias. Puede ser el color del aire a la mañana, los olores... No es que me falte el queso o la organización de colectivos. Acá siento que no tengo raíces.
-Contabas que tu esposa sabía que Holanda no era para siempre, al menos para ella. ¿Qué pasa con Buenos Aires, para vos?
-Creo que no es para siempre, aunque puede pasar. Pero no quiero pensar tanto al futuro. Yo vivo al día, y me gusta vivir acá, con lo que estoy haciendo en lo musical. Pero sé también que una ciudad tan grande no es para mí; no para siempre. Quizás me quede en la Argentina, pero no en esta ciudad. Yo vivía en Utrecht, que es como un barrio de acá. Con la bici, en 20 minutos estaba en algún laguito o en algún bosquecito. Era muy fácil tener la sensación de estar fuera. Acá, después de 20 minutos sigo en la avenida Córdoba. Es interminable. No hay manera de escapar.

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