San Clemente tiene un no se qué. ¿Viste?
Salimos de San Clemente al mediodía. Estaba pesado y lloviznaba, el cielo estaba negro. También estaban negros mis pensamientos, no sé por qué, no había ningún motivo. Pero eran muy negros, tan negros que se me caían lágrimas amargas de tanto en tanto. Q había puesto un disco de los Beatles. En el viaje anterior, habíamos empezado a escuchar en orden cronológico los CDs remasterizados. Y, como mi marido es muy metódico, recordaba que ahora le tocaba el turno a Help! Como les decía, yo iba tan triste que los Beatles me resultaban indiferentes, no me movían un pelo. Ellos cantaban y yo seguía sumida en mi sufrimiento. Pero no es que me regodeara con mi penar. Hacía todo lo posible por salir del pozo. Hasta traté de cantar con los Beatles, pero cantaba por cantar, sin alegría, con una voz lastimera, me cansaba por el esfuerzo. Así que, derrotada en mi voluntarismo inútil, dejé de cantar y me dejé inundar por la tristeza. Pero era una tristeza íntima, creo que no le contagiaba mi angustia a mi acompañante. O al menos no se notaba dado que Q cantaba a mi lado como un zorzal. O quizás él también se estaba muriendo de tristeza y yo no me di cuenta. ¡Quién sabe! Mientras Q cantaba yo seguía en mi lucha contra mí misma usando todo lo que tenía a mano. Por ejemplo, traté de concentrarme en la contemplación del paisaje. Nada mejor que eso para sosegarse. La ruta, como ya saben, me encanta. Y ayer se veía todo lindo, muy verde. En una ría había muchos flamencos rosados y el camino estaba bordeado de flores amarillas, de esas salvajes que me gustan tanto. Pero nada me sacaba de mi zozobra silenciosa. Manejaba a velocidad prudente porque garuaba. Pasamos por Combers, un horrible feed-lot que crece en longitud cada vez que pasamos por ahí. Ayer medía exactamente dos kilómetros de largo. Es algo muy feo y hediondo. El espectáculo de todas esas vacas juntas alimentándose para que las maten siempre me impresiona. Aunque, en realidad, todos nosotros hacemos lo mismo. Al menos ellas tienen el alimento asegurado. En fin. Doblamos en el cruce de la esquina de Crotto y seguimos hasta Dolores donde hicimos una escala técnica. Fui al baño y volví llorando a mares. Hice pis y algo me hizo acordar de mi viejo en el hospital, de lo horrible que fue su muerte. Subí al auto y seguí llorando y llorando. Mientras yo lloraba, en el auto seguían cantando Q y los Beatles. En vano trataba de cambiar mis pensamientos, de hacer zapping y pasar a otro tema. “No puede ser”, pensaba. “Mi papá se murió hace siete años y medio y yo todavía pensando en la terapia intensiva en el medio de la ruta dos. No, un poco de conducta estoica, un mínimo de ataraxia, por favor.”
Traté, entonces, de concentrar mi atención en los Beatles. Y, de pronto, Q me empezó a preguntar quién interpretaba cada nueva canción que pasaba. “¿Y esta?”, me decía. “¿Quién canta? ¿Es McCartney o Lennon?”. “Ni idea”, contestaba yo una y otra vez. No es que estuviera desinteresada, pero, les juro que no captaba la diferencia. Y menos que menos entendía lo que me decía Q. “Prestá atención. Es muy fácil. Lennon tiene una dicción muy especial, tiene un cierto sarcasmo en la voz”, insistía el perseverante Q ante la sorda de su mujer. “Sarcasmo en la voz…”, pensaba yo. “¿Y a ver la dicción?” Pero, por más que me esforzara, no notaba ningún sarcasmo ni ninguna dicción especial. Y una y otra vez pifiaba la respuesta y Q me decía: “No. Ahora es Lennon. O no, ahora es McCartney.” Con el correr del juego me fui calmando. Confieso que, aunque ya estaba mucho más animada, me hizo volver a llorar la canción en la que Ringo dice que va a ser una movie star. Me conmovía que lo que cantaba se hubiese hecho realidad, que dijera orgulloso que iba a ser una estrella porque iba a actuar muy bien y que lo hubiese logrado. La letra, tan optimista y feliz, era demasiado para mi corazón maltrecho.
They’re gonna put me in the movies
They’re gonna make a big star out of me
We’ll make a film about a man that’s sad
and lonely
And all i gotta do is act naturally
Well, I’ll bet you I’m gonna be a big star
Might win an Oscar, you can never tell
The movies gonna make me a big star
‘Cause I can play the part so well
Y sí, aunque parezca ridículo, Ringo me hacía llorar. Yo, cuando era chica, moría de amor por Ringo. Con mi hermana Sandra fuimos a ver las películas de los Beatles en su estreno y recuerdo la desilusión tremenda que me produjo El submarino amarillo porque era en dibujitos. Yo quería ver a los Beatles de carne y hueso, a los jóvenes simpáticos con flequillo. No sé cuándo se estrenó El Submarino Amarillo, pero calculo que, en ese entonces, todavía era una nena que iba a la primaria. Me acabo de fijar y es de 1968. Sí, Sandra y yo éramos, efectivamente, dos nenas de 7 y 9 años respectivamente. Y, ahora, cuarenta años más tarde mi sobrina Vera está también enamorada de Ringo. Y canta todas las canciones de los Beatles de memoria. Seguro que ella sí sabe distinguir cuándo canta John y cuándo Paul. Hoy, aprovechando que estoy en Buenos Aires, le voy a preguntar.
Kilómetros más adelante sonó “When I’m Sixty Four” y pensé cómo podía ser que hubiesen matado a Lennon. Y que ya habían pasado casi treinta años desde su muerte. ¡Treinta años! Y que también se había muerto George Harrison hace no tanto, pero también ya hace mucho. Pero, en medio de estos pensamientos que se iban volviendo mortuorios nuevamente, ocurrió algo gracioso. Q, el maestro de música del día, afirmaba muy orondo que esta canción la cantaba Lennon. Y nos pusimos a hablar de que no había llegado a los sesenta y cuatro, ni se había quedado pelado y todo eso. Cuando de pronto Q gritó desesperado: “No. No es Lennon. Es definitivamente McCartney. Pasé toda la vida equivocado.” Y, de ahí en adelante, todo fue una duda constante. Ni Q ni yo ya sabíamos nada de nada. Sólo sabíamos que no sabíamos nada.
Sonó “Ob-la-di, ob-la-da” y me acordé con una sonrisa de los viejos tiempos, cuando yo, en los sesenta, la cantaba en español y la tocaba en la guitarra. La única línea que recuerdo es “Desmond al mercado se fue a trabajar…” Y en este momento no recuerdo si la cantaba John o Paul. O mejor dicho, no recuerdo si ayer llegamos a algún veredicto al respecto. Pero todavía me falta el final de la historia.
En un momento dado, yo creía diferenciar claramente a Lennon. “Ah, es el de la vocecita más dulce, más suave. Y McCartney es más bien un crooner. Y, tal vez, cuando eran más jóvenes se parecieran más, por eso ahora, recién en los últimos discos, los reconocemos.” Pero, de pronto, todas las canciones me parecían cantadas por John. ¡Y a Q también! Empezábamos a decir como dos locos: “Es Lennon. No, es McCartney. No. Es Lennon.” Y así siguiendo. Esa crisis alcanzó su punto culminante cuando llegó el Disco Blanco. Todos los temas parecían entonados por la voz con la dicción especial y el ligero sarcasmo. En fin, que logramos ser dos seres confundidos en lugar de uno solo, como cuando salimos de casa. En fin. Veremos qué pasa cuando volvamos a San Clemente. Seguiremos intentando aguzar el oído. Continuará la odisea musical de F y Q.
PD: Q dice que el final no es así. Que él apuesta que acierta en un 90% quién es quién. Y también me dice que yo también. Aunque yo lo dudo. Veremos veremos. Cuando lleguemos de vuelta a casa les cuento.


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