El Indio Apachaca


 

(Gladys Sago, 2007) Justo en septiembre "el indio sin tierra" (tal es el significado de Apachaca, en quechua) vuelve a enhebrarse en las raíces natales.

En el momento final de su vida, cuando todos los recuerdos se amontonaron para dilucidar el sitio definitivo de sus huesos, su espíritu andariego le hizo retomar los pasos iniciales. Murió José Adolfo Gaillardou: a partir del 3 de julio se acalló su vozarrón -herramienta ineludible de su oficio escénico-, para dejar el testimonio de sus versos, de la historia argentina sufrida hasta la discusión, de los garabatos literarios dedicados a los amigos.

Forjó a puro coraje un escarpado camino familiar, personal y público, que lo arraigó para siempre a La Pampa sin sutilezas.

Extraño destino el de los hombres sensibles... una chispa del cerebro -que debe haber saltado cuando se abstraía en su orgullo por pertenecer a una dinastía de vascos herreros- traicionó la imperfecta heredad recibida en Conhello, "su" pueblo-puro monte, para pedir que, en cenizas, lo reciba Timote, donde había nacido el 29 de marzo de 1920.

El indio Apachaca le ganó a su propio nombre. Fue José Adolfo Gaillardou el que suscribió un tríptico de sonetos que tituló Soy La Pampa . En ellos amalgamaba "lo mucho que valió sufrir por la poesía" -como solía decir-, con el alma "inundada de Pampa": "Hoy levanto mi lámpara encendida/ con todo lo ganado y lo perdido.../ Me ennobleció La Pampa al darme vida".

Y fue él mismo el que percibió el regazo lejano de su madre, hermanado en llanura, para sellar la gratitud con una última copa de vino, quién sabe desde qué rincón del ocaso. Por suerte, hay demasiado horizonte y algunos surcos dispersos como para orientarse. Y reencontrarlo.

Como inspirador vertedero de imágenes, el paisaje pampeano le hacía medir su propia estatura. Por eso volvía. Escudriñaba en cada remolino, para entender tantos interrogantes dispersos en los tiempos del cielo color sepia o magnífico en su estrellada nocturnidad, tiznados por la ceniza o cubiertos por el silencio abismal de la llanura.

Todas esas sensaciones quedaron plasmadas en sus libros, en sus adaptaciones teatrales, en los textos que Apachaca mismo decía en la radio, en la televisión, en tantos escenarios, durante años. Y que coronó con un gozo casi místico, cuando fue convocado, a sus 84 años, para integrar un elenco cinematográfico que incluía a su admirado hijo, Claudio Gaillardou. La suerte está echada , la película de Sebastián Borensztein, le permitió reverdecer su veteranía con un final impensado para su vida de artista.

Escribió Médanos y estrellas (poemas con los que obtuvo el Primer Premio Municipal, en Bahía Blanca, 1949); Variaciones de Malambo , Lados de adentro (poemas, 1955); Pampa de furias (novela con la que ganó el Primer Premio de Literatura en La Pampa, en 1955, y que reeditó el Fondo Editorial Pampeano en 2001); el poemario El otro Santos Vega (Primer Premio de Latitud Nativa, Radio Splendid, 1967); Pampa y pan (poemas, mención especial de la Secretaría de Cultura de la Nación, 1968); Estrella del vino (sonetos, 1970); Y serás la Patria , poemas del desierto (Faja de Honor de la SADE, 1986); El camionero (novela, 1987); Chaucha E Caldén (poema campero, 1987); Ramoncito y el Panta y Los Grandes Olvidados .

Con este último título reseñó durante años, a la medianoche, por Canal 9, biografías de hombres y mujeres de la historia argentina. Una docena de obras teatrales, monólogos, comedias musicales y textos adaptados lo cuentan como autor o copartícipe de guiones ofrecidos en teatros de la ciudad de Buenos Aires (desde el Presidente Alvear, al General San Martín y el Centro Cultural Recoleta) y de las provincias de La Pampa, La Rioja, Buenos Aires y Tucumán, entre otras. Actuó en Uruguay, Paraguay, Bolivia, Brasil, Perú y vivió, además, en España. Fue también autor de más de 120 canciones que le grabaron destacados intérpretes, solistas y conjuntos.

Prolífico, versátil, mezclaba el desparpajo de haberles peleado a las palabras el protagonismo, con la auténtica grandeza de elegir a los mejores. "Yo que anduve con la voz de tu poesía los cuatro vientos de la patria, con la verdad del que ama llorando para adentro, puedo decirte que he visto a hombres con rostro de quebracho llenárseles los ojos de lágrimas al paso de cada verso tuyo...", leyó en el cementerio de la Chacarita allá por junio de 1952 para despedir al poeta gauchesco Boris Elkin.

Justo en septiembre, en la postrer primavera del indio Apachaca, se lo adivina en cualquier sobremesa con su pañuelo abierto para secar las lágrimas de su risa, mientras sus manos gesticulan chistes y cuentos de todas las provincias, en un tono entre ingenuo y mordaz, con algún exabrupto oportuno. Vaya entonces este breve chiste de su autoría, como signo reivindicatorio provinciano hacia la gran ciudad, con la implícita invitación a descubrir (o releer) su obra.

La fuerza de la costumbre:

Un joven porteño pasa las vacaciones escolares en la chacra que sus tíos tienen en La Pampa... La primera mañana se levanta muy temprano y sale a conocer el campo. Entre asombro y asombro, llega hasta el corral donde el tío se encuentra ordeñando... Contempla un rato la operación en silencio y luego pregunta:


-Dígame, tío... ¿Y qué hacen después con las vacas vacías...?

Comentarios

Entradas populares de este blog

Jorge Rafael Videla. Por Adrián Arena

Comentario a un comentario de Juan María Solare

Teresa Pantoja, antisemita