Historias turbias del terrorismo contadas por el boliviano Ricardo Ragendorfer
A la memoria de Eduardo Luis Duhalde
INTRODUCCIÓN
“Esta, señores, es una guerra de inteligencia, y su clave es la información.” Con tamaña economía de palabras, el todopoderoso jefe del Batallón 601, coronel Alberto Alfredo Valín, definió ante sus colaboradores el espíritu de la “lucha antisubversiva”, tal como los militares solían llamar la aplicación indiscriminada del terrorismo de Estado. Corría el 20 de octubre de 1975.
Casi treinta años después, la frase fue evocada por uno de esos oficiales, el mayor Carlos Españadero (actualmente condenado por delitos de lesa humanidad), en uno de los encuentros periodísticos que mantuvimos entre mayo y julio de 2005 para un artículo en la revista Caras y Caretas.
La primera cita con él fue en la confitería Los 36 Billares. Españadero llegó antes de hora y, como buen agente de inteligencia, ocupó una mesa del fondo, dominando así el ventanal que daba a la Avenida de Mayo. Pero yo ingresé por la entrada de Rivadavia. Eso lo contrarió.
Luego tuvo otro sobresalto ante el saludo de un conocido mío. Y terminó por explotar al advertir la presencia de un fotógrafo que retrataba allí a una estrella de la zarzuela, antes de su debut en el teatro Avenida. El hombre se creía víctima de un complot para desenmascarar su identidad. Fue difícil disuadirlo.
Después se mostró muy expansivo. Y sus palabras salieron a borbotones. Resultaba extraño estar con él; era como la frase de Walsh al revés: “Hay un fusilador que vive”.
Lo cierto es que tales entrevistas fueron el germen de este libro. Y aquel tipo, el actor que entrelaza el grueso de sus hechos y circunstancias.
Porque, a pesar de su módica jerarquía, Españadero supo ser una especie de estratega en las sombras del máximo organismo represivo del Ejército, además de dirigir una pequeña pero auspiciosa red de agentes que él mismo había elegido y entrenado para infiltrar en las principales organizaciones revolucionarias.
Entre ellos, resaltaba su criatura más dilecta: Rafael de Jesús Ranier, alias el “Oso”, un soplón enquistado en el PRT-ERP, al cual se le atribuye la entrega de medio centenar de militantes y las cincuenta y tres bajas del delatado ataque al cuartel de Monte Chingolo, junto con la localización de casas, talleres de armamento, imprentas y depósitos de propaganda, donde cayeron acribilladas otras trece personas.
De eso trata esta historia. Un relato verídico que explora la figura de la traición, tal vez el único tema que aún no ha sido debidamente abordado por la profusa bibliografía acerca de la última dictadura [anticomunista]. Pero esta crónica también es el espacio propicio para describir el amenazante jadeo de una época, un jadeo signado por la puesta a punto de un sistema político basado en el exterminio.
Cruzada por la trama del “espionaje” como hilo conductor, su estructura —con un lapso temporario comprendido entre la primavera de 1975 y el otoño del año siguiente— se cifra en la progresión de los eventos y situaciones que guiaron el desfile de los uniformados hacia el 24 de marzo, a través de una narración fragmentada en una diversidad de planos.
Para eso fue preciso ahondar en ciertos aspectos no menos brumosos de aquel período. Como la maniobra cívico-militar que posibilitó, cinco meses antes del golpe, el traspaso real del poder desde la Casa Rosada al Edificio Libertador, junto con la primera oleada de la represión militar y el inicio en Argentina del Plan Cóndor.
También hubo que develar el organigrama del Batallón 601, reconstruir la vida pública y privada de sus principales jerarcas. Y penetrar en la realidad íntima y cotidiana de las organizaciones guerrilleras.
La investigación de este trabajo incluye más de cincuenta testimonios, tanto de antiguos militantes y jefes sobrevivientes de esas organizaciones como de represores. Entre los últimos, los generales Albano Harguindeguy y Carlos Dalla Tea, el capitán Héctor Vergez y el agente chileno Enrique Arancibia Clavel, quien fuera el enlace entre el Batallón 601 y la DINA pinochetista. De él —un personaje crucial de esta trama— fue posible obtener su archivo: cuatrocientos informes de inteligencia enviados entre 1974 y 1978 desde Buenos Aires a las oficinas del “Servicio Exterior” de la DINA, en Santiago de Chile; una verdadera bitácora del Plan Cóndor. El soporte documental se completa con numerosos papeles de origen militar: actas, directivas, evaluaciones, legajos de servicio y partes operativos —algunos aún inéditos—, junto con documentos públicos e internos de Montoneros y el ERP, además de expedientes judiciales, material bibliográfico y archivos periodísticos sobre los años en cuestión.
Capítulo uno
TAMBORES DE GUERRA
Cerca de las 15 los altavoces del aeropuerto Jorge Newbery lanzaron el último llamado del vuelo 706 de Aerolíneas Argentinas, pese a que todos los pasajeros —cuarenta y ocho en total— ya estaban en la sala de embarque. La mayoría formaba una tumultuosa fila ante un mostrador para el chequeo final. Entre ellos, un morocho de baja estatura y porte marcial, que lucía un traje de mezcla, acaso con demasiada fibra sintética. Tal prenda no parecía muy apropiada para la temperatura primaveral de aquel domingo. Era el 5 de octubre de 1975.
El aerobús Boeing 737 permanecía en el sector oeste de la plataforma, a doscientos metros de la terminal. A su alrededor aún había varios vehículos de mantenimiento y un puñado de hombres con overoles amarillos. La escalerilla ya había sido colocada sobre la puerta delantera, junto a la cual se podía leer el nombre del avión: “Ciudad de Trelew”.
El piloto, luego de examinar el panel de instrumentos, le echó un vistazo a la hoja de ruta; el destino del vuelo era la ciudad de Formosa, a donde la nave debía llegar a las 16.45, tras una escala de apenas quince minutos en Corrientes. Las condiciones meteorológicas no podían ser mejores, y para comprobarlo sólo bastaba con mirar el horizonte. Por el parabrisas también se veía la lenta procesión de los pasajeros hacia el aparato. Los tripulantes ya estaban ubicados en sus respectivas posiciones. Exactamente a las 15.15, el Boeing comenzó a carretear por la pista principal.
Los acontecimientos tuvieron un origen imperceptible. Minutos después de que el avión alcanzara la velocidad de crucero, algunos pasajeros se levantaron de sus asientos con el propósito de estirar las piernas. Uno de ellos, sin embargo, avanzó por el pasillo hasta desaparecer por el cortinado del office, donde estaba el baño. Pero lejos de meterse allí, irrumpió en la cabina de vuelo. Las azafatas estaban en la parte posterior muy entretenidas con el catering. Nadie notó algo extraño. Ni cuando, casi al unísono, otros dos pasajeros se pusieron de pie.
En ese instante, brotó por los parlantes una voz masculina:
—Se solicita en la cabina de vuelo la presencia del señor Aníbal Rufino Antúnez.
La frase sacudió la modorra del hombre que ocupaba el asiento lindante a una de las puertas de emergencia. Era, justamente, el morocho vestido con traje de polyester. Tras restregarse los párpados, se levantó de un respingo, antes de encaminarse con pasos aún adormilados hacia la proa. Tal vez, le haya intrigado el motivo de aquel inesperado requerimiento. De ser así, al entrar a la cabina, el interrogante alcanzaría un tono más dramático. Y por toda respuesta, sintió sobre su sien el caño de una pistola Ballester Molina.
II
En aquel mismo momento, el pequeño aeropuerto Cambá Punta, ubicado a quince kilómetros de la ciudad de Corrientes, asistía a los prolegómenos de su breve pero intenso trajín dominical. El reloj del hall marcaba la 15.50; sólo faltaban veinte minutos para el arribo del único vuelo comercial de ese día. El lugar comenzó a llenarse de empleados, pasajeros y familiares.
Entre estos últimos, descollaba un grupo integrado por la esposa, los tres hijos y los suegros del jefe zonal de la Prefectura, quien volvía de la Capital luego de reunirse con la cúpula de la fuerza. Dada su investidura, también se hizo presente una escolta integrada por cuatro uniformados y otros tantos guardaespaldas de civil.
No era para menos: la jurisdicción a su mando abarcaba los territorios de Corrientes y Formosa, a través de los ríos compartidos por tales provincias. La llave de ese reino a él le había llegado gracias a los buenos oficios de su amigo, el gobernador correntino Julio Romero. Fue a fines de1974, después de que el veterano político justicialista agitara sus fluidos contactos en el Ministerio del Interior para impulsar la designación de su protegido, quien ya exhibía grado de prefecto mayor. Se trataba del tal Antúnez.
El paso del tiempo en la terminal transcurría sin sobresaltos hasta que las agujas del reloj se arrimaron hacia las 16.20. El avión ya tenía diez minutos de retraso. Y un creciente murmullo fue tapando la música funcional que hasta entonces matizó la espera. A los allí presentes no les inquietaba tanto la demora en sí como la obstinada negativa del personal de Aerolíneas a brindar información al respecto. En realidad, ellos no estaban dispuestos a admitir su absoluta ignorancia sobre lo que estaba sucediendo.
Mientras tanto, en la torre de control reinaba un silencio de radio. Y ello, en un sentido literal. Ya que resultaba imposible establecer comunicación con el Boeing, el cual, además, estaba fuera del alcance del radar. Desde Buenos Aires insistían con que el vuelo 706 había salido a horario y sin inconvenientes. Sólo que ahora el avión parecía tragado, en este caso, por el cielo. Por su parte, las autoridades ya masticaban la impresión de que se estaba ante un acto de piratería aérea.
El episodio en sí contenía un detalle que merece ser incluido en el Libro Guinness: aquel mismo Boeing 737 —matrícula LV-JNE— ya había sido secuestrado en otra ocasión. Fue el 20 de octubre de 1973, cuando cuatro guerrilleros desviaron hacia Tucumán el vuelo que debía aterrizar en Salta para luego iniciar un viaje inconcluso a Cuba, que, por cierto, finalizó en la ciudad boliviana de Yacuiba. Los autores del hecho pertenecían al MLN-Tupamaros, la organización pionera en el método de la guerrillaurbana, fundada en Uruguay por el líder cañero Raúl Sendic.
Ahora, en cambio, se desconocía tanto la filiación de los secuestradores como sus objetivos y el destino que pretendían alcanzar.
En cuestión de minutos, el aeropuerto de Corrientes se convirtió en el epicentro de un verdadero zafarrancho. Sirenas, repiqueteo de borceguíes y voces de mando musicalizaron la aparatosa irrupción de tropas especiales de Gendarmería secundadas por efectivos de la policía local. Tenían orden de clausurar el aeropuerto ante el posible aterrizaje de aquella máquina para reaprovisionarse de combustible.
También a los gritos, los custodios de Antúnez obtuvieron una copia de la lista de embarque para verificar si su jefe había incurrido en el desliz de registrarse con su verdadera identidad. Al comprobar que era así, los asaltó un funesto presentimiento.
En tanto, los familiares y amigos de los otros pasajeros seguían agolpados ante el mostrador de la compañía aérea, pasando sin escalas del estupor a la desesperación, con picos, en algunos casos, rayanos a la histeria.
Los uniformados, sin demasiada cortesía, procedieron a desalojarlos. Y todos ellos acabaron reagrupados fuera del aeropuerto, a la orilla de un tramo del río Paraná que corre en paralelo a la pista. Desde allí era visible su cabecera, en la cual ahora se advertía un tenso ir y venir de patrulleros, carros de asalto, camiones de bomberos y ambulancias. La escena resultaba algo extraña: los efectivos actuaban como si el avión secuestrado estuviese ante sus ojos.
Al rato, se fueron con las manos vacías.
III
No lejos de tales circunstancias, un Piper Navajo despegaba de un precario aeródromo emplazado a la vera de un campo de algodón. El hombre sentado junto al piloto hojeaba distraídamente una revista. El bimotor estaba al servicio de la gobernación de Formosa. Y él era su interventor. A Juan Carlos Taparelli todos lo llamaban “El Profesor”, porque alguna vez había dictado clases de matemática en un colegio de Rosario. El Profesor viajaba con su ministro de Asuntos Agrarios, Telmo Cóggola, el jefe de Ceremonial, Luis Aquino, y el fotógrafo Adrián Sánchez.
El aire climatizado que flotaba en la cabina les producía una sensación de alivio. Hacía apenas un rato habían creído derretirse bajo el calcinante sol de Villa Dos Trece, un caserío situado a ciento cuarenta kilómetros de la capital provincial, en donde asistieron al acto de clausura de la Semana del Agricultor. Ahora, de regreso a la ciudad de Formosa, la nave sobrevolaba una inmensa llanura cubierta por selvas y bosques. A las 16, el piloto se comunicó con la torre del aeropuerto El Pucú, solicitando autorización para el aterrizaje. Dicho pedido no demoró en ser concedido. Y la nave inició las maniobras de descenso. Diez minutos después, sus ruedas tocaron la pista.
Al bajar de la cabina, al interventor le extrañó la ausencia de su vehículo oficial, cuyo chofer tenía expresas instrucciones de estacionarlo a metros del avión. Taparelli no dijo palabra alguna al respecto, aunque fulminó al jefe de Ceremonial con una mirada admonitoria. Y este, sencillamente, se encogió de hombros.
En aquel momento, se les atravesó una imagen inquietante: dos hombres corriendo hacia la sala de arribos; uno de ellos, apuntaba una pistola sobre la espalda del otro. Ambos habían bajado de una avioneta Cessna 182.
Casi en paralelo se escucharon los primeros disparos; parecían provenir de un sitio distante, tal vez del estacionamiento. Tras un silencio, hubo otra andanada de tiros. Y una explosión, como de granada.
Sin pensarlo dos veces, Taparelli se arrojó al suelo, boca abajo. Sus acompañantes lo imitaron.
El Rambler negro de la Gobernación había llegado al aeropuerto con el tiempo suficiente como para aguardar sin ningún sobresalto la llegada del interventor. El chofer amenizó la espera departiendo animadamente con los cuatro policías del patrullero que los escoltaría. Eran las 16.10 cuando divisaron el descenso de la avioneta.
En ese instante, fue audible un chirrido de frenadas simultáneas. Era un Falcon, seguido por un Fiat 128 y una pick up; los tres vehículos se habían clavado en abanico y unas doce siluetas armadas saltaron de su interior. El chofer vio de soslayo el intento de los policías por desenfundar. Y la lluvia de balas que puso fuera de combate a dos, mientras los otros dos intentaban replegarse tras una camioneta. Ambos también fueron heridos. Aun así, uno de ellos —el agente Neri Argentino Alegre— se esforzó por escapar hacia la ruta nacional 11. Una ráfaga de FAL acabó con él. Finalmente, una granada inutilizó el patrullero.
La torre de control fue tomada en pocos minutos. Allí fue instalada una enorme ametralladora Madsen apuntando a la pista. Otros tres integrantes del grupo comando irrumpieron en la Sala de Aduana, donde se desató un enfrentamiento con unos gendarmes que no tardaron en rendirse. Y fueron llevados al hall, donde ya estaban reducidos los pasajeros, sus allegados y el personal del lugar. También se encontraba el piloto del Cessna, que fue alquilado en Resistencia y desviado en pleno vuelo.
Fue entonces cuando alguien descubrió las cinco figuras tumbadas junto al Piper Navajo.
Quienes yacían sobre la ardiente superficie de la pista se dieron cuenta de que los disparos habían cesado. Pero consideraron que aún no había llegado el momento de recuperar la vertical. Fue cuando el ministro Cóggola vio por el rabillo del ojo a unos hombres armados que se aproximaban hacia ellos.
—Son extremistas —balbució, innecesariamente, al oído del interventor.
No obtuvo respuesta; en parte, por lo obvio de la afirmación y, en parte, porque Taparelli estaba paralizado por el pánico. Ignoraba si los atacantes pertenecían a Montoneros o al ERP, aunque poseía sobradas razones para suponer que ambas organizaciones podrían tener cierta animosidad hacia su persona.
Quizás en tal situación se le haya cruzado por la mente el recuerdo de su militancia estudiantil en la Confederación General Universitaria (CGU), los meses en Caseros por ser peronista, esa frustrada candidatura a diputado en 1965 y su no muy lejano reverdecer político, ya alineado en las filas del peronismo ortodoxo.
Taparelli había estado ligado al gobernador bonaerense Victorio Calabró, un enemigo declarado de la Tendencia Revolucionaria, cuyo ministro de Gobierno, Alberto Rocamora, saltaría a la esfera nacional al ser convocado para dirigir la cartera del Interior. Y El Profesor lo acompañó en calidad de consejero. Esa gestión es recordada por el activo papel del ministro en la elaboración de dos decretos: el que colocó fuera de la ley a los Montoneros —después de que ellos pasaran de manera voluntaria a la clandestinidad— y el que ordenaba la “aniquilación” del ERP en Tucumán. Taparelli, por su parte, sintió tocar el cielo con las manos al ser designado interventor en Misiones, antes de recalar con idéntico cargo en Formosa. Desde ese lejano confín se las arregló para sobrevivir a la caída de su mentor, quien meses atrás había sido reemplazado por Antonio Benítez.
De pronto, oyó sobre sus hombros una voz que le ordenaba ponerse de pie. Y él obedeció, con la resignación de quien intuye que su estrella ha dejado de brillar.
Junto a su séquito fue llevado al edificio de la terminal por unos jóvenes que se conducían con una fría amabilidad. En suelo del hall permanecían tendidas las otras personas sorprendidas por el copamiento. Taparelli, por razones de protocolo o vecindad, conocía a la mayoría. En consecuencia, temió que alguien lo reconociera. Y que, además, tuviera el poco tino de manifestarlo.
Nada de ello sucedió. Para su sorpresa, todo siguió su curso sin que los guerrilleros cayeran en la cuenta de que tenían en su poder al mismísimo interventor de la provincia.
Lo cierto es que dicho milagro se vio favorecido por un hecho fortuito: la llamativa presencia entre los pasajeros de un sujeto con jopo, cejas gruesas y ojos hundidos, a quien el miedo le dibujaba una extraña sonrisa. Era nada menos que el animador televisivo Sergio Velazco Ferrero. Junto a él, hecha un ovillo en un rincón del hall, estaba la actriz Claudia Lapacó. Venían de ofrecer un show en un club local.
Los cuatro guerrilleros que controlaban aquel sector no exteriorizaron su asombro al reparar en ellos. Y desde el suelo, con parte de la cara oculta entre los brazos, Taparelli los observaba de reojo.
A las 16.20, o sea, a diez minutos del inicio de las hostilidades, se oyó en el cielo el ensordecedor rugido de unas turbinas. Poco después, aterrizó una nave de gran porte. Era, precisamente, el Boeing secuestrado.
Sus pasajeros descendieron con las manos en alto, antes de ser guiados a la terminal. La tripulación, en cambio, había quedado retenida en el avión. Y junto a ellos, el prefecto Antúnez.
De inmediato, se inició la carga de combustible. El trámite se prolongaría durante veinticinco minutos. Ese fue también el lapso temporario de una vidriosa espera.
En tanto, por la ruta 11 avanzaba un camión Ford F 350 en dirección al aeropuerto. Era llamativa su velocidad. Pero también otro detalle: un fusil ametralladora montado en posición de tiro sobre el capot. Además, había unos cincuenta fusiles automáticos apilados en la caja del vehículo. Y once hombres —algunos con heridas— repartidos entre ese sitio y la cabina.
Pero entre ellos no estaba un muchacho al que sus compañeros llamaban “Ricardo”.
IV
Varias horas antes, cuando aún transcurría la mañana de aquel domingo, en el Regimiento 29 de Infantería de Monte, ubicado al noreste de la ciudad, reinaba la típica calma de los fines de semana. El grueso de la tropa estaba de franco.
Pero el conscripto Roberto Mayol había regresado durante la madrugada con el propósito de dormir allí. Y ahora, luego de una extensa caminata por las instalaciones del cuartel, se disponía nuevamente a salir.
El azar quiso que se cruzara con el subteniente Jorge Cáceres. Al tipo le gustaba jactarse de haber combatido al ERP en Tucumán. Y tenía fama de “verdugo” entre los soldados, a quienes solía aplicar castigos con deleite. En aquel momento, le ordenó al conscripto no volver al regimiento hasta la mañana siguiente a sabiendas de que no tenía otro sitio en donde pasar la noche. Claro que no imaginaba su imperiosa necesidad de regresar allí en apenas unas horas.
Roberto Mayol cumplía el servicio militar a unos seiscientos cincuenta kilómetros de su Santa Fe natal debido a un traslado, digamos, preventivo.
Hasta entonces, su destino había sido el Batallón de Arsenales 121, situado en la localidad santafecina de Fray Luis Beltrán. Allí, el 13 de abril de 1975, fue testigo involuntario del copamiento a dicha unidad. Aquel operativo había sido ejecutado por la Compañía “Combate de San Lorenzo”, del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Durante horas, mantuvieron el lugar bajo control a raíz de la increíble desorientación de sus defensores. Eso fue fruto de una picardía táctica: desde la centralita telefónica del cuartel, un soldado que colaboraba con los guerrilleros [se supone que tarde o temprano fue ejecutado] transmitía informaciones falsas a los oficiales del Ejército.
Por tal motivo, todos los conscriptos del Batallón fueron puestos bajo la lupa. En lo que respecta al soldado Mayol, la única mácula detectada en su historial fue un efímero paso por el activismo estudiantil. Ello bastó para que fuera transferido al inhóspito regimiento de Formosa.
Dos años antes, al cursar la carrera de Medicina en Rosario, el muchacho, en efecto, se había unido a la Juventud Universitaria Peronista (JUP), una de las agrupaciones de superficie que respondía a los Montoneros.
El asunto causó un gran disgusto a su padre, el doctor Carlos Mayol, uno de los abogados más prestigiosos de Santa Fe. El joven Roberto pertenecía a una familia conservadora y fervientemente católica. De hecho, él y sus cuatro hermanos fueron educados por los jesuitas en el exclusivo Colegio Santísima Trinidad, cuyo lema es: “Formar para servir a los demás”. De sus aulas egresaron muchos militantes.
Pero la actividad política de Roberto en la universidad no fue duradera, ya que abandonó aquel ámbito en septiembre de 1974.
Hasta este punto, el informe militar sobre su persona —seguramente hecho por algún soplón que se movía en los claustros académicos— se ajustaba a la realidad, pero todo indica que no fue debidamente actualizado.
Sucede que los Montoneros habían pasado a la clandestinidad. Y Roberto no tardó en plegarse a ese novedoso estilo de vida. En la estructura militar de la organización alcanzó rango de miliciano, lo que era equivalente a ser soldado en un ejército regular. Y como tal, participó en modestas acciones militares, como el robo de armas en un puesto policial de Rosario y la toma de un pequeño pueblo en la provincia de Buenos Aires.
Desde entonces, su nombre de guerra fue Ricardo.
Pasado el mediodía de aquel 5 de octubre, el sitio conocido como Arroyo Pucú, una suerte de recreo natural distante a ocho kilómetros de la ciudad, ofrecía un aspecto animado.
Entre otros motivos, porque fue el punto elegido para concentrar una columna guerrillera. Esa planicie recostada sobre un riacho parecía ideal para tal fin; una frondosa arboleda le confería la privacidad necesaria y las casas más próximas se encontraban a cierta distancia.
En consecuencia, había nueve vehículos estacionados de modo irregular, como si cada uno se empeñara en disimular su vinculación con los otros. A su alrededor, con una coreografía precisa, sus ocupantes —treinta y ocho, en total— descargaban y distribuían armas, pertrechos y equipos. Casi todos lucían camisas celestes y gorritas al tono, levemente parecidas a las de la policía bonaerense. Era el flamante uniforme del Ejército Montonero.
Tales maniobras se complicaron cuando ese lugar comenzó a llenarse de familias con niños, parejas de novios y otros paseantes, incluido un micro turístico con cincuenta jubilados. Todos creyeron estar en presencia de una razzia, un ritual policíaco muy en boga por aquellos días.
Los guerrilleros, mientras tanto, apuraban sus tareas forzando un aire absurdamente casual. Unos minutos antes se les había comunicado que el objetivo del ataque sería, justamente, el Regimiento 29 de Infantería de Monte, un dato hasta entonces compartimentado para evitar filtraciones.
El miliciano Ricardo, quien a su vez seguía vestido de conscripto, llegó en medio de tales circunstancias. A su encuentro salió un joven con acento correntino y jinetas montoneras de oficial segundo, cuyo apodo era “Lito”. Y lo llevó hacia un Falcon, sobre cuya trompa permanecía apoyado un hombre de pómulos marcados y bigote mexicano, que arañaba la treintena.
Era un cuadro legendario de la “orga”, además de integrar su Conducción Nacional. También era el jefe máximo de ese operativo. Todos lo llamaban “Roque”. Su verdadero nombre: Raúl Clemente Yaguer.
Puesto que el punto de concentración fue asemejándose al Rosedal en el Día de la Primavera, Roque ordenó reagrupar la columna en un camino secundario situado a unos diez kilómetros hacia el sur.
En el trayecto, evaluó con suma atención las novedades transmitidas por el recién llegado. Lito también subió a ese Falcon por expreso pedido suyo, pese a estar asignado a otro vehículo. Lo cierto es que Roque confiaba en su criterio.
De hecho, ese muchacho alto y muy pálido era —al igual que él— ingeniero químico. Y había desarrollado su militancia en Santa Fe bajo su ala, antes de regresar a Corrientes. En aquella ciudad integraba la conducción de la Regional Nordeste y, en el frente militar, era el responsable logístico local. El propio Roque viajó allí unas semanas antes para integrarlo al operativo.
Ahora Lito, sin abrir la boca, escuchaba los dichos del conscripto.
En resumidas cuentas, este expuso algunos detalles no previstos: en cada una de las compañías del regimiento —que, en teoría, los domingos carecían de personal— había en realidad dos soldados con fusiles automáticos, a lo que se sumaba una ametralladora MAG sorpresivamente instalada en un extremo de la Plaza de Armas.
Ricardo fue desgranando aquellos datos con la precisión de un alumno que repite de memoria su lección. Tal vez ni siquiera era consciente de su papel en el armado del operativo. Pero sobre sus hombros descansaba toda la tarea de inteligencia previa a la incursión. Era nada menos que el único combatiente infiltrado en las entrañas del enemigo; un verdadero “topo”, y no un entregador, como dirían luego los militares.
Lo cierto es que estos tenían una desventaja en relación con la guerrilla, ya que para infiltrarla debían apelar a recursos tan enmarañados como quebrar a un militante y “doblarlo” o, directamente, intoxicar sus filas con un espía propio, y ello con todas las complejidades del caso. En cambio, la simple y arbitraria dinámica del servicio militar hacía posible que todo conscripto pudiese ser un “filtro” en potencia.
Esa, al menos, fue la creencia teórica de quienes habían planificado la acción. Pero, en la práctica, el asunto no era tan sencillo. Porque en ningún otro cuartel del país los Montoneros tenían un conscripto que perteneciera a su estructura, tal como era el caso del soldado Mayol. Únicamente por ese motivo, Formosa fue el blanco del ataque. Aunque para ello también sería necesaria la ejecución de otros dos operativos simultáneos: el copamiento del aeropuerto y el secuestro de un avión.
Antes de concluir su encuentro con el jefe montonero, Ricardo le informó sobre las dificultades de su regreso a la unidad, a raíz de la orden impartida por el subteniente Cáceres.
Roque se rascó la barbilla, y dijo:
—Vos vas a volver, pero no como ese milico supone. El conscripto, entonces, fue sumado a la columna.
Esta —ya con Lito en el auto que le correspondía— partió en caravana hacia el cuartel. A la altura del aeropuerto, los tres vehículos que cerraban la formación se desprendieron del resto para dirigirse al estacionamiento de la terminal.
Al rato, se oyeron disparos.
V
Aún hoy se ignora por qué aquel asunto fue bautizado con el nombre de “Operación Primicia”. En cambio, no cabe ninguna duda de que fue uno de los golpes más ambiciosos en la historia de la guerrilla argentina.
Su semilla había sido plantada en una casa clandestina situada en algún lugar de Córdoba, donde por aquella época solía reunirse la Conducción Nacional de Montoneros.
Esta estaba integrada por Mario Eduardo Firmenich, Roberto Cirilo Perdía, Roberto Quieto y el ya mencionado Yaguer. En aquellos cónclaves, sin embargo, había una quinta silla que ya nadie ocupaba. Quizás era sólo un recurso escenográfico para sobrellevar la ausencia del “Pelado”.
Así era como todos le decían a Marcos Osatinsky.
Aquel hombre había sido jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), antes de la fusión con Montoneros. También fue uno de los fugados del penal de Rawson en agosto de 1972. Y formó parte de la Conducción Nacional hasta el 7 de agosto de 1975, fecha en la que fue apresado por la policía cordobesa. Sus captores no demoraron en matarlo, arrastrándolo por una ruta encadenado a un auto. Luego, dinamitaron su cadáver.
El Pelado había sido delatado por “Valdez”, un militante cuyo verdadero nombre era Fernando Haymal, quien poco antes había caído en manos de una brigada policial apoyada por efectivos del Ejército. Al delator también se le atribuye la entrega de otros diez compañeros, algunas casas operativas y un depósito de armas. Tras semejante contribución informativa, recuperó alegremente la libertad. Pero sus confidencias no tardaron en trascender. Y terminó siendo condenado a muerte por un “Tribunal Revolucionario” de la organización. La sentencia fue cumplida el 6 de septiembre de ese año.
Su apresurado modo de morir, sin embargo, le permitió llevarse algunos secretos a la tumba. Porque lo suyo no se había limitado solamente a una traición cometida en medio de circunstancias apremiantes. En realidad, Valdez había sido “doblado” por agentes de inteligencia, antes de su fallido intento por volver a circular entre sus compañeros. En su nueva condición de “filtro” debía reportarse a un tal “Vargas”. Era el nombre de cobertura del capitán Héctor Vergez.
La verdadera trama de esa historia saldría finalmente a la luz por boca de un sargento del Ejército que oficiaba como informante de Montoneros. El episodio puso en alerta a la cúpula de la organización. Y tuvo un efecto incidental en el inicio de una virulenta ofensiva.
A fines de agosto, un pelotón que llevaba el nombre del jefe montonero asesinado hizo detonar una bomba en la pista del aeropuerto Benjamín Matienzo, de San Miguel de Tucumán, convirtiendo en chatarra a un Hércules C-130 de la Fuerza Aérea que despegaba con tropas antiguerrilla. Cuarenta y cinco uniformados quedaron fuera de combate; cinco de ellos, para siempre.
La Armada también tuvo su escarmiento.
El 22 de agosto, coincidiendo con el tercer aniversario de la Masacre de Trelew, el moderno destructor Santísima Trinidad, un orgullo para los marinos por ser el único buque de su flota equipado con misiles, se fue lisa y llanamente a pique, envuelto por lo que parecían fuegos de artificio. En realidad, fue el efecto causado por una carga explosiva de ciento cincuenta kilos de trotyl adosada al casco por un equipo de buzos montoneros.
Firmenich, simplemente, estiró la comisura de los labios; era su modo de sonreír. Ante sus ojos tenía un ejemplar de La Razón correspondiente a ese mismo día, cuya primera plana daba cuenta del hundimiento.
Ya en 1970 aquel hombre era la cara visible de Montoneros.
Lo llamaban “Pepe” desde sus años de estudiante en el Colegio Nacional Buenos Aires. Se trataba, sin duda, de un apodo algo desangelado como para un jefe guerrillero. Pero él lo había conservado, tal vez debido a su resonancia corta y precisa, la cual, por otra parte, hacía juego con su personalidad. Ahora, a punto de cumplir veintisiete años, aquel muchacho con sangre croata en sus venas encabezaba el ejército revolucionario más formidable del país, con alrededor de cinco mil militantes encuadrados en los diferentes niveles de su estructura militar.
Durante la mayor parte de 1975, Firmenich residió en Córdoba, al igual que los otros integrantes de la Conducción y sus respectivas familias. La vida clandestina los amarraba a estrictas normas de seguridad, por lo que debían limitar al máximo sus desplazamientos. Salvo algunas excepciones, aquellos desplazamientos sólo consistían en ir a diario desde sus viviendas a la casa que utilizaban como comandancia, que poseía una guardia rotativa integrada por cuadros de confianza.
Firmenich mantuvo la sonrisa mientras sus ojos seguían clavados en la portada de La Razón. A su lado, Quieto parecía conmovido.
“El Negro” era otro emblemático líder de las FAR evadido de Rawson. Por ese motivo, la fecha en cuestión le provocaba confusos sentimientos.
Perdía y Yaguer, en tanto, intercambiaban impresiones.
Lo cierto es que Montoneros había ampliado el espectro de su accionar, que hasta entonces sólo concentraba ataques a la policía, los monopolios y la derecha peronista. Ahora le llegaba el turno al Ejército.
La elección de este nuevo frente de batalla coincidió con la designación de Jorge Rafael Videla como comandante de esa fuerza, en reemplazo de Alberto Numa Laplane. Aquel enroque fue precedido por una puja interna que mantuvo en vilo al gobierno de Isabel Perón. A partir de entonces, sin embargo, el clima de zozobra no disminuyó: era ya un secreto a voces la silenciosa marcha militar hacia el golpe del 24 de marzo. Y los Montoneros daban por descontado tal epílogo.
Pero, a la vez, su carácter inexorable los tenía sin cuidado. Ellos no creían que la interrupción del ya de por sí alicaído orden constitucional fuese un hecho negativo para su política. Al respecto solían esgrimir una profecía de sólo cinco palabras: “El golpe agudizará las contradicciones”.@
Tal concepto era por entonces insistentemente escuchado en todos los niveles de la “orga”. Militantes y cuadros por igual creían que el asalto al poder por parte de los militares haría caer la máscara de los verdaderos enemigos del pueblo. Y cuanto más feroz resultara la represión aplicada por las Fuerzas Armadas, mayor sería la conciencia de las masas para combatirla.
Tanto es así que la ofensiva montonera desatada en esos días contra los uniformados no tuvo el propósito de frenar o, al menos, entorpecer el cronograma golpista. Se podría decir, incluso, que aquel giro estratégico carecía de otra meta que la de poner en práctica una especie de gimnasia revolucionaria para mantener en forma los bíceps de su militarización.
Tal vez por eso, semanas antes, a Firmenich le brillaron los ojos cuando alguien sugirió copar un regimiento. Aunque, por todo comentario, sólo miró a su alrededor.
Perdía, en cambio, fue más expansivo, y dijo:
—No está mal. Porque las acciones del ERP nos están espoleando los tobillos. En sus palabras había una cuota de verdad.
La organización encabezada por Mario Roberto Santucho, más allá de su campaña en el monte tucumano, sobresalía por un rasgo innovador: sus ataques a grandes unidades del Ejército, movilizando para ello a un elevado número de combatientes. Este modus operandi estaba profundamente enraizado en la naturaleza del ERP, dado que consideraba a las Fuerzas Armadas como uno de los pilares del sistema al que se debía derribar. Y no se apartó de aquella premisa ni durante la primavera camporista. Desde entonces, el ERP registraba seis operaciones en tal rubro, pero con un considerable costo en bajas propias y prisioneros. Aun así, ahora su cúpula pergeñaba en el mayor de los sigilos lo que creía que iba ser una estocada espectacular: el asalto al Batallón de Arsenales 601, ubicado en Monte Chingolo.
Montoneros, por su parte, había comenzado a planificar la “Operación Primicia” a comienzos de septiembre. Para ello, se realizó en Córdoba una reunión entre la Conducción y los responsables de las tres Regionales. Así quedó constituido un Estado Mayor, encabezado por Yaguer.
Este ingeniero santafecino era el único integrante de la cúpula montonera que alternaba la jefatura de la “orga” con misiones operativas. Surgido en las filas estudiantiles del Ateneo de Santa Fe —un grupo del progresismo católico que confluyó en la guerrilla peronista—, se lo tenía por un cuadro político muy sólido y criterioso. Y de sus dotes militares no cabían dudas; diestro con las armas de fuego y versado en el uso de explosivos, Yaguer supo merecer fama de sujeto aguerrido. Ya durante la dictadura [anticomunista] del general Lanusse produjo la voladura de la comisaría 10ma de Santa Fe y comandó el copamiento de la localidad San Jerónimo Norte, a cuarenta kilómetros de la capital provincial. Pero también era célebre por un hábito inquietante: en su auto siempre llevaba una granada enganchada sobre un clavo en “L” para, llegado el caso, deschavetarla con una sola mano.
Ahora, en Córdoba, Yaguer exponía la estrategia que ideó para tomar por asalto el regimiento formoseño.
Tal vez durante aquel encuentro el Negro Quieto se haya acordado de Richard Gott, un periodista inglés que en octubre de 1974 había publicado una extensa entrevista que le realizara para el diario The
Guardian.
En esa ocasión le hizo una pregunta sobre las posibles alianzas que los Montoneros podrían tejer en el futuro.
—Nosotros —dijo el guerrillero— seguimos pensando en un programa de liberación nacional apoyado por un amplio frente de sectores políticos y sociales.
—¿Y cuáles serían esos sectores? —quiso saber el reportero. La respuesta del Negro fue:
—La pequeña burguesía y sectores progresistas de las Fuerzas Armadas.
A casi un año, el tablero de lo posible había arrojado aquellas palabras al basurero de la Historia.
Lo cierto es que, a partir de 1973, la guerrilla peronista había sustentado una postura ciertamente contemporizadora hacia los uniformados. Fruto de ello fue el denominado “Operativo Dorrego”.
Se trataba de un emprendimiento conjunto para aliviar los efectos de las inundaciones en algunas zonas de la provincia de Buenos Aires. La iniciativa había sido acordada entre Montoneros y el entonces comandante en jefe del Ejército, general Jorge Raúl Carcagno. En aquella negociación también participó un coronel que se mantuvo en un riguroso segundo plano. Este era nada menos que el jefe de Inteligencia del Estado Mayor; su nombre: Carlos Dalla Tea.
El 9 de octubre de 1973, una caravana de camiones militares arribó a la ciudad de 25 de Mayo. Transportaba a unos ochocientos militantes de la Juventud Peronista (JP) y a casi dos mil efectivos del Ejército.
La población los vitoreaba.
Desde un jeep, el delegado de la Regional I de la JP, Juan Carlos Dante Gullo, saludaba a la multitud. A su lado iba un coronel cuya sonrisa intentaba ser afable. Este era nada menos que el jefe del Regimiento 10 de Caballería Blindada; su nombre: Albano Harguindeguy.
En otro vehículo, un general recién ascendido hacía lo imposible para que su figura pasara inadvertida.
Este era nada menos que el subcomandante del Primer Cuerpo; su nombre: Jorge Rafael Videla.
Durante quince días, el conglomerado cívico-militar cavó zanjas, abrió canales y levantó defensas.
Los muchachos de la JP estaban convencidos de que la incipiente relación con los uniformados alteraría la cohesión de las Fuerzas Armadas. La idea era confraternizar con suboficiales y oficiales de baja graduación para que ellos pudieran ver con sus propios ojos lo que eran los montoneros y así poner en duda lo que les decían sus jefes.
Harguindeguy, desde luego, no escatimó recursos para evitar que la tropa se mezclara con los militantes.
Sin embargo, algunos oficiales entablaron una cordial relación con los jóvenes peronistas, participando con ellos en guitarreadas y tertulias que se estiraban hasta el alba.
En realidad, pertenecían al Batallón 601 de Inteligencia. Y los movía únicamente el propósito de reunir información sobre los dirigentes de la JP. En consecuencia, desde el regreso de Perón, el
“Operativo Dorrego” fue el evento propiciador del primer trabajo de campo hecho por la inteligencia militar sobre la izquierda peronista.
El general Carcagno no habría estado al tanto de esta circunstancia.
Ya entonces, su suerte parecía echada; los sectores duros del Ejército no toleraban sus inclinaciones populistas. Pero la gota que rebalsó el vaso fue su encendido discurso ante la Conferencia de los Ejércitos Americanos, celebrada semanas antes en Caracas, en la que se opuso con vehemencia a la postura norteamericana sobre las fronteras ideológicas. El “Operativo Dorrego” sería, simplemente, su tiro de gracia. El 18 de diciembre de ese año fue reemplazado por el general Leandro Enrique Anaya.
Así fue como Montoneros perdió a su mejor interlocutor dentro de las Fuerzas Armadas.
No obstante, durante más de un año, la “orga” persistiría en su empeño de sacudir la unidad del Ejército mediante el ilusorio recurso de democratizar la conciencia de los uniformados, a la vez que siguió soñando una política conjunta con algún sector de la fuerza.
En ese lapso también mantuvo frecuentes contactos con algunos altos oficiales, como Harguindeguy y Dalla Tea, quienes ya habían ascendido a generales. El primero era “atendido” por el dirigente montonero Norberto Habbeger; ambos se habían conocido durante el “Operativo Dorrego”. Y el otro era el principal vínculo de Rodolfo Galimberti con el Ejército.
La Conducción Nacional, desde luego, no ignoraba que la “Operación Primicia” malograría sus contactos secretos con esa fuerza.
Con el correr del tiempo, el general Dalla Tea se había convertido en el jefe de la Séptima Brigada de Infantería de Corrientes y entre las unidades bajo su mando estaba nada menos que el Regimiento 29 de Formosa.
Eso fue, justamente, lo primero que se le cruzó por la cabeza a Galimberti en el atardecer del 5 de octubre de 1975, al oír por la radio de un taxi la noticia del copamiento. Lo segundo, la evidencia de que no había sido convocado para participar en esa operación. De ahí pasó directamente a la furia, al darse cuenta de que sus propios compañeros le habían ocultado el asunto.
Al respecto, unos doce días antes, Yaguer había sido terminante:
—Ni una palabra de esto al “Loco”. Así era como lo llamaban a Galimberti.
La “Gorda Amalia”, simplemente, pestañeó.
Ella luego supo que, en este caso, la Conducción había optado por no confiar en el carismático montonero debido precisamente a su relación con Dalla Tea. Se pensaba que tal vínculo podría poner en riesgo el secreto del plan. Y la mujer obedeció al pie de la letra.
La Gorda Amalia era la jefa de la Columna Norte. Su nombre verdadero era Élida D’Ippolito, tenía veintisiete años y fue una de las mujeres que alcanzó mayor nivel de mando en la historia de Montoneros. En cambio, Galimberti, pese a su prestigio político, sólo exhibía jinetas de oficial segundo. Aun así,
era el cerebro operativo de la Columna Norte y entre sus compañeros ejercía un irresistible liderazgo.
Pero a la Gorda Amalia no le tembló la voz al transmitir textualmente la orden impartida por el comandante Roque:
—Ni una palabra de esto al Loco. Esta vez, el que pestañeó fue “Toño”.
Era uno de los integrantes del círculo íntimo de Galimberti.
Su encuentro con Amalia había tenido lugar en la pizzería San Martín, ubicada en Salguero y Santa Fe. Ella ya estaba seleccionando cuadros para ir a Formosa. De su gente irían cinco combatientes. Toño era uno de ellos.
Ya a punto de acuartelarse en una casa del Gran Buenos Aires, Toño sintió la súbita necesidad de hacer una cita con el Loco. Quizás ese impulso haya obedecido al propósito de consumar una posible despedida, en caso de que las cosas salieran mal.
La reunión se efectuó en un barcito situado frente a la estación de San Isidro. Galimberti fue el último en llegar, y enseguida percibió el modo entre emocionado y evasivo con el cual su amigo se conducía.
Pero no dijo nada al respecto.
En el atardecer del 5 de octubre, mientras viajaba en aquel taxi, el Loco adivinó de golpe que Toño estaba en Formosa.
La radio seguía disparando escuetos flashes sobre el copamiento, que ahora hablaban de “una gran cantidad de muertos”.
En ese instante, Galimberti tragó saliva; temió que Toño estuviese entre ellos.
VI
A las 16.20 de aquel domingo, la caravana guerrillera se detuvo en un camino de tierra situado sobre la retaguardia del regimiento, a unos cien metros del Puesto 2. Era el único acceso en ese sector.
El silencio fue absoluto. Hasta que desde el cielo comenzó a oírse el rugido del Boeing 737 ya volando hacia el aeropuerto.
Había llegado el momento de entrar en acción.
Dos hombres descendieron del Peugeot 404 que encabezaba la fila de vehículos. Sólo tenían armas de puño. Y las escondieron entre sus ropas, antes de encaminarse en dirección a la entrada.
Tal ingreso no poseía ninguna valla de protección y el único detalle que indicaba la naturaleza castrense del lugar fue la presencia de un centinela con un FAL.
El tipo no había notado nada extraño debido a una hilera de arbustos que obstaculizaba su visión. Tampoco lo alarmó la imprevista llegada de aquel conscripto que lo saludaba levantando un brazo; con él iba otro muchacho, vestido de civil. Ambos sostenían cigarrillos sin encender entre los labios. Y él soltó su fusil para buscar fósforos en un bolsillo.
—¡Quedate quieto! —fueron las palabras que frenaron esa búsqueda.
Habían salido de la boca del soldado Roberto Mayol, que ahora lo estaba encañonando con una pistola calibre nueve milímetros, mientras el otro se apoderaba del FAL. Luego, este retrocedió unos pasos para dar la señal del ataque.
Yaguer, quien monitoreaba la escena desde un Falcon, sintió un ramalazo de alivio al divisar su figura victoriosa al agitar aquel fusil entre las manos.
Aquel joven de porte atlético y pelo ensortijado, cuyo nombre de guerra era “Sebastián”, poseía una vasta experiencia en acciones armadas y, por esos días, ocupaba un alto cargo en la estructura militar de Montoneros en la Capital Federal.
Roque seguía con los ojos clavados en él.
También vio cómo otro auto se desprendía de la fila para avanzar hacia la entrada; en sólo unos segundos, sus ocupantes montaron un puente portátil sobre la zanja que había entre la ruta y el cuartel.
Entonces, la columna montonera se abrió paso envuelta por una nube de tierra.
El Falcon, que estaba ubicado en el quinto lugar de la formación, ingresó al regimiento unos veinte segundos después; ese fue también el tiempo que tardó Roque en escuchar los primeros disparos.
Provenían de la Guardia.
Los atacantes se habían topado allí con unos treinta soldados. Y los intimaron a rendirse con un parlamento que incluyó su filiación política, los objetivos que perseguían y una invitación para unirse a ellos.
La respuesta fue una lluvia de balas.
Algunos uniformados disparaban y otros huían con sus fusiles hacia los fondos del cuartel. Los guerrilleros replicaban con fuego graneado. Un sargento que estaba en la centralita de comunicaciones fue la primera baja; las siguientes, cinco soldados caídos en un dormitorio y dos integrantes del bando contrario, quienes quedaron tendidos junto a una garita.
Mientras tanto, Sebastián cubría el avance de Ricardo, cuya chaquetilla verdosa resaltaba entre las camisas azules de sus compañeros. El conscripto ahora sostenía una ametralladora Halcón. Y preguntaba a los gritos por el subteniente Cáceres.
El oficial en cuestión estaba a unos metros.
No poca fue su sorpresa al verse a punto de ser acribillado por el mismo colimba con el que se cruzara a la mañana.
Ricardo no dudó en apretar el gatillo. Pero olvidando destrabar el seguro del arma.
Semejante contratiempo fue aprovechado por el oficial para desenfundar una pistola. Y tampoco dudó en apretar el gatillo. Aunque con un resultado idéntico al de su oponente: la bala se le había encasquillado.
Sebastián entonces comenzó a dispararle con el FAL, pero el subteniente ya había puesto los pies en polvorosa, escabulléndose de la Guardia junto a un puñado de soldados. Todos lograron parapetarse detrás de un montículo de tierra ubicado a unos doscientos metros.
En aquel mismo momento, Roque emergía de la Compañía de Servicios junto a otros tres integrantes del pelotón comando. El sitio había sido copado sin sobresaltos; únicamente bastó el estallido de una granada para que el centinela se rindiera y algunas patadas para abrir el portón de la sala de armas. El resto sólo fue llevar el botín —cincuenta fusiles automáticos y una ametralladora pesada— a la caja del Ford F 350 que permanecía con el motor en marcha.
En tanto, Ricardo iniciaba una desaforada carrera hacia la ametralladora MAG instalada en un extremo de la Plaza de Armas. Pero, de pronto, algo lo frenó casi en el aire, antes de caer de bruces. Había sido alcanzado en la espalda por una ráfaga disparada desde un lugar impreciso.
Su cuerpo quedó como arrodillado a un costado del mástil. La siguiente descarga lo terminó de derribar.
Roque fue testigo de aquel desenlace.
Había visto correr a Ricardo y también vio el topetazo de plomo que lo fulminó. Sus ojos, entonces, se clavaron sobre Sebastián, ahora lanzado al intento de tomar esa misma posición. Finalmente, lo vería desistir; el fuego enemigo se concentraba sobre aquel sector. Y por obra de tiradores que parecían invisibles.
El jefe montonero estaba agazapado sobre una elevación del terreno que ofrecía una perspectiva general del regimiento. Permanecía en silencio, sin apartar la mirada de aquel lejano punto en el que Ricardo fue acribillado.
Las balas seguían silbando sobre el cadáver.
Sin embargo, otros tres guerrilleros lograron aproximarse al nido de la MAG. Uno de ellos, incluso, llegó a manipular su mecanismo y se disponía a barrer las posiciones enemigas. Pero un certero balazo le dio de lleno en la sien. Sus compañeros no fueron más afortunados. Y cayeron perforados por el fuego que provenía desde los fondos del cuartel.
Roque, entonces, volteó los ojos hacia aquella dirección y pudo ver unas remotas siluetas echadas sobre un terreno lindante al barrio militar. Eran los soldados que habían huido de la Guardia. Esa visión lo dejó estupefacto.
Porque su plan daba por sentado que los colimbas —ya fuera por una cuestión de clase o sólo por afinidad— se rendirían sin más trámite. Lejos de ello, una vez replegados y sin abandonar sus fusiles, buscaron refugio a la distancia para así reanudar el fuego.
La desesperación, entonces, sacudió sus nervios.
Porque desde aquel mirador dominaba el escenario del combate como si se tratara de una mesa de arena. Pero, debido a la rotura del equipo de onda corta, le era imposible advertir a sus hombres sobre las posiciones donde los uniformados se habían hecho fuertes.
En consecuencia, por sus ojos siguió desfilando la muerte.
Ahora, la de casi dos pelotones integrados por ocho combatientes. Habían intentado llegar a la Compañía de Comando para capturar al coronel Dardo Oliva, el jefe de la Unidad. Tanto es así que
iniciaron un temerario avance a campo traviesa, sin protección física alguna. El fuego que se desató sobre ellos fue afinado y certero, como en una práctica de tiro al blanco. Seis cuerpos quedaron en el trayecto. Los dos únicos sobrevivientes corrieron en distintas direcciones. Uno de ellos encontró cobijo a un costado del Casino de Suboficiales. Se trataba de Tonio.
Si bien el tipo había salvado el pellejo, su situación ahora no era sencilla: se encontraba varado en medio del campo de batalla, sin otra compañía que su fusil y apenas separado del enemigo por un delgado muro.
De golpe, los disparos cesaron.
Pero él no cayó en la trampa de aquel engañoso silencio. Y siguió echado sobre la maleza sin mover un solo músculo. Lo cual era casi una rutina para ese tipo prematuramente calvo, cuya máxima obsesión consistía en pasar inadvertido.
En realidad, nadie sabía demasiado sobre él. Y su temperamento retraído contribuía con esa incógnita. Alguna vez había sido estudiante de sociología, pero de golpe abandonó la facultad. Y se sumó a las
FAR, convirtiéndose así en un verdadero cuadro militar. Desde entonces hizo del anonimato un estilo de vida. Hasta que una foto suya comenzó a ser exhibida por televisión. Fue en agosto de 1972; lo buscaban por haber participado en el apoyo externo a la fuga del penal de Rawson. Poco después, la policía lo detuvo en una chacra ubicada en el Valle de Río Negro.
Tal vez, ahora, sitiado bajo el cielo sin nubes de Formosa, haya evocado las tenebrosas circunstancias de ese ya lejano día.
Atado a una soga, sus captores lo arrojaron al vacío desde un helicóptero en pleno vuelo. Jamás olvidaría la sensación de estar oscilando de un lado a otro. Ni las torturas a las que fue sometido, sin que esa vez le arrancaran una sola palabra. Recién saldría en libertad con la amnistía camporista de 1973.
Al año siguiente, ya en las filas de Montoneros, se integró a la Columna Norte, donde no tardaría en descollar por su capacidad operativa. A todas luces, fue la etapa más intensa de su vida. Empezando por su participación en el espectacular secuestro de los hermanos Juan y Jorge Born, ocurrido el 19 de septiembre de 1974. De allí en más, junto a Galimberti, intervendría en otras acciones armadas, aunque de menor envergadura.
En paralelo, Toño realizaba frecuentes viajes a Europa para negociar con traficantes internacionales la compra de armas para Montoneros. Por lo tanto, conocía algunas ciudades del Viejo Continente como la palma de su mano. Ello incidió en la elección de su persona para protagonizar en Suiza una trama financiera rayana a la ficción: el cobro y la transferencia a una caja de seguridad bancaria de una parte del rescate exigido para liberar a Jorge Born, cuya vida había sido tasada en sesenta millones de dólares.
Su misión fue todo un éxito.
Aquella caja de seguridad se convirtió en el secreto mejor guardado por Montoneros. Y Toño —cuyo nombre era Pablo González de Langarica— fue uno de sus pocos depositarios.
Nadie sospechaba entonces que esa circunstancia lo arrastraría hacia una de las historias más
increíbles de la dictadura [anticomunista].
Pero, claro, aún faltaba tiempo para ello.
Mientras tanto, a las 16.35 del 5 de octubre, Toño escuchó a lo lejos otra andanada de disparos.
También vio cómo se aproximaba un vehículo.
La sangre, entonces, le volvió al cuerpo. Se trataba un Fiat 128 con tres integrantes del pelotón que debía copar el Casino de Suboficiales. Uno era Lito. Y él no tardó en sumarse al grupo.
Así comenzó uno de los enfrentamientos más trepidantes de la jornada.
Un soldado les dio la bienvenida abriendo fuego con un FAL, antes de parapetarse en la cocina, detrás de unos troncos. El estallido de una granada obligó su repliegue hacia el interior del edificio.
Lito lo corrió, sin imaginar que el soldado, ya oculto detrás de un mueble, le dispararía casi a quemarropa. Pero este tampoco imaginó que el proyectil se incrustaría en el cargador de repuesto que él llevaba en la cintura. Aun así, el impacto lo derribó. Demoró unos segundos en saberse ileso, antes de recuperar la vertical.
El resto del pelotón irrumpió allí sacándole chispas a sus ametralladoras. Un suboficial y otros dos soldados se agregaron a la lucha.
Al cabo de diez minutos, el Casino adquirió la apariencia de un queso gruyer. En ese lapso, los atacantes utilizaron nueve cargadores y cuatro granadas. Una de ellas fue lanzada por Toño y sus esquirlas se incrustaron en las piernas del sargento, dejándolo fuera de combate; un soldado murió abrazado a su fusil y el otro, al quedar sin municiones, levantó las manos en señal de rendición.
Ya adueñados del lugar, los cuatro guerrilleros abrieron fuego hacia el exterior. La lluvia de proyectiles provocó el desbande de los soldados que permanecían en la retaguardia del cuartel.
En el ínterin, la Compañía de Retén también había sido tomada. Aquella secuencia fue demoledora: dos granadas bastaron para despejar el camino de los atacantes provocando la muerte del centinela, mientras unos treinta conscriptos se replegaban hacia el baño. Desde ese lugar comenzaron a disparar. Pero sin éxito; un soldado murió y otros seis resultaron heridos. Los demás huyeron por una ventana en diferentes direcciones.
Al mismo tiempo, otro infierno se desataba en la Compañía A. También allí había un guardia armado, que abrió fuego al advertir el avance de dos siluetas. Los estampidos hicieron que un oficial saliera del edificio para integrarse a la refriega; sólo tenía una pistola Browning, con la cual, sin embargo, hirió a uno de los guerrilleros. Pero aquel tiro delató su posición. El militar murió sin poder apretar nuevamente del gatillo. Se trataba del teniente Ricardo Massaferro. Era hijo de un capitán que había participado junto al general Juan José Valle en la sublevación peronista de 1956. El soldado, en tanto, continuó luchando como un tigre hasta que una bala le atravesó el corazón.
La Compañía B, por su parte, fue tomada sin inconvenientes.
Yaguer, que continuaba observando el desarrollo de los acontecimientos desde la Compañía de Servicios, hizo una rápida evaluación de lo actuado hasta el momento.
Los infortunios iniciales —en especial, las bajas propias ocurridas en la Plaza de Armas y las del frustrado asalto a la Compañía de Comando— fueron equilibrándose con la toma simultánea del Casino de Suboficiales y las otras tres compañías, sin soslayar el control que sus hombres seguían ejerciendo sobre la Guardia. El jefe montonero entonces entendió que había llegado la hora de consolidar el objetivo.
Ese era el paso a seguir, de acuerdo a la planificación del ataque. Y las condiciones parecían óptimas.
Roque, desde luego, no había reparado en el ominoso frente de tormenta que se avecinaba desde el barrio militar. Hasta que se escucharon los tiros.
Un nutrido grupo de oficiales y suboficiales había salido de sus viviendas para sumarse a los soldados reagrupados allí. Todos disparaban al unísono, sin dejar de avanzar como hormigas hacia diferentes posiciones.
Roque entonces efectuó otra evaluación: los tres pelotones encargados de establecer las contenciones sobre dicho sector eran, precisamente, los que fueron diezmados en el copamiento; en otras palabras, no había defensa posible. El fuego comenzó a precipitarse sobre los guerrilleros.
En pocos segundos, estos perdieron hasta la noción del sitio desde donde provenían los balazos. En consecuencia, el repliegue tuvo una desesperada coreografía.
La situación se complicó aún más cuando una granada hizo añicos el Falcon asignado al pelotón comando. Otros cuatro autos también resultaron inutilizados. Sólo quedaba el Ford F 350.
Roque y sus tres lugartenientes respiraron con alivio al comprobar que al menos aquel vehículo estaba intacto. Entonces montaron la ametralladora capturada sobre el capot y pusieron el camión en marcha; al principio, lentamente, para levantar en el camino a los guerrilleros que corrían hacia ellos. Encontraron a siete.
Al regimiento habían ingresado veintisiete hombres; doce habían caído en combate. El cálculo no cerraba.
Al concluir el recuento, Roque experimentó un sobresalto al percatarse de que cuatro combatientes habían quedado en el cuartel. Eran los que habían copado el Casino de Suboficiales. Lito y Toño estaban entre ellos. Pero, irremediablemente, el Ford F 350 ya había abandonado la unidad.
En el trayecto por la ruta 11 hacia el aeropuerto, se cruzó con un Peugeot 504 que avanzaba a toda velocidad en dirección opuesta. Los guerrilleros no llegaron a suponer que su único ocupante era nada menos que el coronel Dardo Oliva.
Diez minutos después, el coronel asomó la nariz en el campo de batalla con botas de montar y breechs. Ocurre que durante la incursión montonera él jugaba al polo no lejos de allí. Ahora su cara adquiría cierta pesadumbre al ser informado que las fuerzas a su cargo habían perdido a un oficial y nueve soldados.
VII
A las 16.55, el interventor Juan Carlos Taparelli seguía echado en el suelo de la terminal aérea, apenas a metros de la puerta vidriada que conducía a la cabecera de la pista.
El tipo permanecía inmóvil, con el rostro oculto entre sus brazos; aún temía ser reconocido por quienes habían copado el aeropuerto. Ese temor se transformó en un escalofrío al oír unos gritos incomprensibles. También escuchó un chirrido de neumáticos. Y entre las hendijas de sus dedos pudo ver un camión clavándose junto al Boeing. De su interior brincó un puñado de hombres. Con movimientos sincronizados abordaron la nave, acarreando la imponente ametralladora que había estado montada en el capot.
Taparelli y los otros rehenes se consideraron libres al observar que los guerrilleros agrupados en el hall corrían para unirse a los recién llegados. Cuatro enfilaron hacia el Cessna 182, mientras el resto trepaba con premura por la escalerilla del Boeing. Sus compuertas empezaron a cerrarse.
De pronto, fue audible otro chirrido de neumáticos.
Esta vez era un Chevy azul frenando junto al camión. De su cabina se vio salir a los integrantes del pelotón perdido, con Toño a la cabeza, seguido por Lito. Las compuertas del Boeing se abrieron otra vez.
El hombre de la Columna Norte, tras abrazarse con Roque, hizo un relato de lo ocurrido.
Desde el Casino de Suboficiales les había resultado imposible reparar en la retirada de sus compañeros. Únicamente alcanzaron a ver el camión ya avanzando por fuera del regimiento. Los uniformados entonces dejaron de disparar, acaso convencidos de que no había más guerrilleros en el lugar. Dicha presunción fue aprovechada por los cuatro rezagados para arrastrarse hacia un alambrado perimetral. Del otro lado estaba la ruta 11. El siguiente paso fue “expropiar” el primer vehículo que circulaba por allí; de ese modo iniciaron una frenética carrera en dirección al aeropuerto.
Tonio concluyó su narración mientras el piloto empezaba a activar los controles para el despegue.
El prefecto Antúnez permanecía en el primer asiento con las muñecas esposadas; su traje ahora lucía arrugado y su rostro se esforzaba en irradiar un aire indiferente. Aunque todos sus sentidos estaban pendientes de lo que sucedía a su alrededor.
Algunos guerrilleros acomodaban los fusiles capturados en el fondo de la cabina, junto a su propio armamento; el equipo de sanidad empezó a aplicar suero y hacer transfusiones a los heridos; otros combatientes se cambiaban la ropa o, simplemente, descansaban.
Lito, más pálido que nunca, se dejó caer en una butaca y entrecerró los ojos, mientras desabrochaba su camisa. Estaba dolorido: el balazo sobre su cargador de repuesto le había dejado un enorme moretón en la cadera. Pero aquella lesión no parecía ser el único motivo de su abatimiento.
¿Qué circunstancia afligía —tras salvar milagrosamente su pellejo— a ese joven de veinticinco años, perteneciente a una familia con cierto abolengo en la ciudad correntina de Curuzú Cuatiá?
Había, claro, un nudo conflictivo entre aquel origen de clase y el ideario político que José Luis Aspiazú —así era su nombre legal— eligió abrazar. A ello se le sumaba otra penumbra: él era hijo de un profesional asimilado al Ejército, el coronel bioquímico José Luis Aspiazú, apodado “Poroto”. Y su tío José Manuel, alias “Pocho”, poseía rango de coronel médico. Ambos se desempeñaban en el Hospital Militar local.
Cuando la nave ya carreteaba, es posible que la mente de Lito estuviera sumergida en un pozo de postales sucesivas: las misas dominicales de su niñez en la Parroquia de Nuestra Señora del Pilar; las cabalgatas patrióticas a Yapeyú —organizadas por el tío Pocho y otros lugareños— para honrar al general San Martín; sus años de cadete en el Liceo Militar General Paz, de Córdoba. Su partida a Santa Fe. Y su paso por la Universidad Nacional del Litoral, de donde salió con el título de ingeniero químico. Desde entonces, en Curuzú Cuatiá corría un secreto a voces: “El hijo de Poroto está metido en la guerrilla”.
Pero nada resultó más dramático para él que el siguiente eslabón de esa cadena: su captura en Rosario, a fines de 1974, por una patota policial con apoyo de efectivos del Destacamento de Inteligencia 121 del Ejército.
Fueron tres días de palizas matizadas con voltaje, en el subsuelo de una lúgubre edificación ubicada sobre la esquina de San Lorenzo y Baigorria. Era la sede del Servicio de Informaciones de la Policía de Santa Fe.
Al cuarto día, para su sorpresa, alguien se asomó al calabozo y lo llevó al baño, antes de decir:
—Lavate un poco. Tenés que estar presentable.
Y fue trasladado en un vehículo —a cara descubierta— hasta una casona frente a la Facultad de Derecho. Era el Comando del Segundo Cuerpo del Ejército.
Allí lo recibió en su despacho un jerarca del lugar, el coronel José María González. El tipo lo miraba fijamente.
A su lado permanecía de pie un sujeto flaco, de traje, cuya boca sin labios parecía cortada con un cuchillo.
También había un tercer hombre: su propio padre.
Media hora más tarde, el coronel bioquímico Aspiazú salió por el portón principal de ese inmueble con su hijo. En ambos palpitaba la tensión.
A raíz del episodio, la “orga” consideró que la presencia de Lito en Santa Fe era riesgosa para su seguridad. De modo que se dispuso mudarlo a su provincia natal. Ya se sabe que allí asumió tareas políticas y militares de relevancia.
Ahora, hundido en su butaca del avión, Lito intentaba dormir.
En tanto, el pequeño Cessna ya había levantado vuelo hacia Corrientes. Al cabo de una hora sería localizado sin tripulantes en un campo cercano a la frontera paraguaya.
En ese mismo instante, el Boeing atravesaba el norte santafecino.
Se había planificado el aterrizaje en una estancia situada en la localidad de Susana, a doce kilómetros de Rafaela. Previamente, un grupo de apoyo debía señalizar el sitio con trozos de tela que en algunos casos llegaban a medir diez metros. Pero desde las ventanillas del aparato no se divisaba tal demarcación. De modo que el piloto se vio obligado a sobrevolar la zona, aun a riesgo de alertar a todos sus pobladores. Así fue como el avión, durante veinte minutos, dio seis vueltas a sólo quinientos metros de altura. Hasta que, súbitamente, se produjo la llegada del pelotón logístico en una caravana compuesta por una decena de vehículos.
El piloto, entonces, inició las maniobras de aterrizaje.
Pero su modo de hacerlo fue objeto de una pequeña discusión entre el comandante del operativo y el de la nave. Roque sostenía que el avión debía concluir el descenso de panza y el piloto se inclinaba por el uso del tren de aterrizaje. Finalmente, se impuso la opinión de este último.
El Boeing carreteó unos ochocientos metros por un campo de sorgo envuelto en un traqueteo perturbador. Al detenerse, las ruedas quedaron semihundidas en la tierra y una de las turbinas casi tocaba el suelo. El contingente montonero no tardó en hacerse humo. En el avión sólo quedó la tripulación y, desde luego, el prefecto Antúnez.
Ahora su expresión era la de quien se había sacado un peso de encima; sin duda, paladeaba el vivificante sabor de estar a salvo. Pero había un detalle que lo seguía incomodando: sus captores no le habían quitado las esposas. Y tuvo que permanecer así durante algunas horas.
Recién al caer la noche llegó una patrulla de la policía santafecina. La encabezaba un comisario de pueblo cuya lógica demoró en relacionar lo de Formosa con la insólita presencia de aquel aparato en su jurisdicción.
En aquel momento, la noticia del copamiento ya atravesaba al país.
VIII
Por días no se habló en Argentina de otra cosa. Los diarios y la televisión reprodujeron hasta el cansancio los detalles del ataque, pero sin transgredir la versión oficial. Esta había abultado las bajas de la guerrilla, exageró su capacidad operativa y negaba la pérdida de armas en el arsenal del cuartel. A su vez, las fotografías de los soldados muertos causaron temor y rechazo hacia los Montoneros.
En tanto, la Conducción Nacional efectuó una lectura algo triunfalista del asunto, mostrándose satisfecha tanto por el despliegue militar como por las armas obtenidas. En un Parte de Guerra difundido a cuarenta y ocho horas de los acontecimientos, la cúpula calificaba esa operación como un “éxito parcial”, ya que —según sus propias palabras— “puso en relieve la debilidad del enemigo”. Tampoco se privó de señalar que dicha acción fue el germen de “un ejército regular que permitirá la toma del poder por parte del pueblo de la patria”.
No obstante, en ciertos ámbitos de la “orga” prevalecía una mirada crítica hacia el operativo. Los
argumentos remarcaban su falta total de objetivos políticos, más allá de la pretensión infantil de humillar momentáneamente al Ejército y arrebatarle un puñado de armas. Muchos se preguntaban hasta qué punto valió la pena conseguir cuatro fusiles a razón de cada compañero caído. La ecuación no era alentadora.
De modo que esta espinosa cuestión contribuyó a cimentar una atmósfera de disconformidad en las entrañas de Montoneros. También derivó en una suerte de debate teórico que rebasaría sus límites internos para extenderse hacia otros escenarios. Y con interlocutores de lo más inesperados.
Muestra de ello fue una reunión celebrada por esos días en un coqueto departamento de Belgrano. Para sus dos únicos participantes se trataba de un sitio “neutral”.
Uno de ellos, eligiendo cuidadosamente las palabras, disparó:
—En esta forma de combate hay una especie de malentendido conceptual sobre lo que es ganar o perder.
Bien podría haber sido un comentario de boxeo.
La frase había salido de la boca del general Dalla Tea, quien en realidad trazaba un enfoque técnico sobre la batalla de Formosa.
Su tono académico y distante se obstinaba por parecer el de un gentleman sin otro interés que el intelecto.
Pero —ya se sabe— aquel hombre era nada menos que el jefe superlativo de la unidad atacada, dado que esta se encontraba bajo la jurisdicción de la Séptima Brigada de Infantería, cuyo titular era precisamente él.
Sin ser interrumpido por el muchacho engominado que lo observaba de soslayo, el general continuó exponiendo su punto de vista.
Entonces pasó a explicar que “la guerra convencional es una cosa y la guerra revolucionaria otra”. Y que en esta última modalidad, se cometía un error al medir los resultados en forma aritmética: tantas bajas de un lado y tantas del otro.
El muchacho se movió en la silla con incomodidad, pero sin abrir la boca.
El militar entonces habló de los “guarismos cualitativos”, aclarando que un muerto para la guerrilla significa el equivalente de cien para un ejército regular. Reforzó la idea con el ejemplo vietnamita, donde se consideraba como “baja” al militante de Saigón que pasaba a la clandestinidad tras ser detectado. En este punto, con un tono burlón, le recomendó al otro leer los escritos del general Nguyên Giáp. Por último, enumeró los errores de la guerrilla montonera en Formosa. Su perorata, que ya había extraviado la elegancia del comienzo, culminó con una velada recriminación:
—Ustedes no se llevaron tantos fusiles como andan diciendo por ahí.
En ese instante, Rodolfo Galimberti saltó de su asiento como impulsado por un resorte y, extrayendo un papelito del bolsillo, replicó:
—Tome, general. Acá está el inventario de los fusiles. Es para que no le mientan sus subordinados. Esa misma noche, Galimberti repitió, palabra por palabra, su diálogo con Dalla Tea. Y Toño reía de
buena gana.
Se habían citado en el restaurante del hotel Sheraton, desde cuyo ventanal se divisaba hasta la costa uruguaya. La elección del lugar corrió por cuenta del líder de la Columna Norte.
Seguidamente, Toño le habló de sus peripecias en Formosa.
Galimberti escuchaba con mucho interés. Al concluir el relato, clavó los ojos en su amigo; recién entonces, dijo:
—Voy a confesar algo: cuando supe que estabas ahí, tuve el presentimiento de que no volverías. Y levantó su copa de champán.
Quince meses después, mientras esquivaba la represión de la dictadura [anticomunista], Galimberti quizás haya evocado aquella escena, pero con la certeza de que ya no habría entre ellos otro brindis: Toño acababa de caer en el agujero negro de los muertos-vivos.
Una patota de la Armada lo había capturado durante la mañana del 10 de enero de 1977 en la esquina de Lavalle y Callao. En un operativo posterior, también fue secuestrada su mujer, Delia, y las dos hijas de la pareja, de tres y cinco años. Era probable —suponía Galimberti— que todos ellos estuvieran en la ESMA. Y que ninguno sobreviviera.
Semejante pálpito perduró en él hasta el 15 de abril.
Aquel viernes había quedado de una sola pieza al ver una fotografía de Toño con peluca, junto a dos encapuchados y una bandera montonera a sus espaldas. La imagen resaltaba en una hoja del diario italiano La Repubblica —en medio de un artículo a cuatro columnas— que, casi a modo de saludo, el recién llegado extendió ante su rostro.
Era Miguel Bonasso, por entonces a cargo de la Secretaría de Prensa del Movimiento Peronista Montonero (MPM), cuyo lanzamiento oficial sería anunciado seis días más tarde por Firmenich en Roma, ciudad desde la cual la Conducción Nacional intentaba ahora impulsar la resistencia.
De hecho, Galimberti ocupaba una mesa en un bar del Trastévere, sobre la ribera occidental del río Tíber. Bonasso tomó asiento a su lado, envuelto en un silencio sepulcral.
El otro, con las cejas enarcadas, seguía inmerso en aquella página.
En resumen, el artículo reseñaba una conferencia de prensa “clandestina”, ofrecida en una suite del hotel Eurobuilding de Madrid por tres montoneros “disidentes” ante una docena de periodistas europeos.
La voz cantante la llevaba Tonio, Y sus dichos, pronunciados —según la nota— con “un leve titubeo”, hicieron que los cronistas se cruzaran miradas incómodas.
“La represión en Argentina es un invento de los líderes montoneros para confundir a la opinión pública internacional”, fue su remate.
Luego tomó el micrófono el tipo con capucha sentado a su izquierda. Una sola frase le bastó para que la impostura se desplomara del todo.
“Ingresé a la organización subversiva con el propósito de encausar mis sentimientos nacionalistas”, fueron sus palabras. Y los presentes estallaron en una carcajada.
Galimberti, al leer la palabra “subversiva”, también se permitió reír.
No tardó en saberse que el autor de esa frase era en realidad un integrante del Grupo de Tareas (GT)
3.3.2 de la Armada, el teniente de navío Miguel Benazzi. Y el otro encapuchado, el teniente de fragata Alberto González Menotti.
Previamente, habían visitado Suiza. Y en un banco de la ciudad de Zúrich se apoderaron de una parte del dinero obtenido por la “orga” en el secuestro de los hermanos Born. Para ello contaron con la inestimable colaboración de Tonio, quien tenía acceso a la caja de seguridad que atesoraba el enorme bolso con un millón de dólares, guardado allí por él a mediados de 1975.
Tal novedad llegó a la base romana de Montoneros durante los últimos días de abril. En esa ocasión, Galimberti sólo atinó a decir:
—Tonio se quebró en mil pedazos.
Pero en octubre de 1975, durante la plácida velada en el restaurante del Sheraton, aquella circunstancia no era ni siquiera imaginable.
Galimberti había levantado su copa. Y Tonio, con suavidad, la chocó con la suya. Aún latía en ellos la ilusión de un futuro venturoso.
Con un paralelismo fantasmal, durante esa noche también transcurría otro encuentro a casi mil kilómetros de distancia; exactamente, en un Peugeot 404 que circulaba sin rumbo por las calles de la ciudad de Corrientes.
—¡Carajo! ¿Por qué no avisaste? —exclamó el que manejaba.
Era un tipo petiso y ancho. Y no apartaba sus ojillos negros del camino.
—No se pudo. Ya lo expliqué cien veces —contestó el que estaba sentado a su derecha.
Se refería a la imposibilidad de informar que el objetivo del ataque era el regimiento de Formosa, a pesar de su participación en el asunto.
Y a modo de excusa, acotó:
—Eso recién lo supimos ya concentrados en el arroyo. Entiéndalo de una vez, Vargas: no hubo modo de avisar.
“Vargas” era en realidad el capitán Héctor Vergez. Y su interlocutor, nada menos que Lito.
En el asiento trasero había otro tipo, al que Lito llamaba “Wenceslao”. Se trataba del PCI (Personal Civil de Inteligencia) Walter Salvador Pagano. Su boca sin labios mostraba en ese momento una mueca.
Era el mismo sujeto que estaba en la casona del Segundo Cuerpo cuando el coronel José María González le perdonó —gracias al papá— la vida a Lito.
No fue gratis: todo indica que, ese día, José Luis Aspiazú se convirtió allí en agente inorgánico del Ejército. O sea, en un “doblado”.
Ahora, sin desatender el manejo del vehículo, Vergez lo escrutaba por el rabillo del ojo. Atrás, el tal Wenceslao persistía con su mueca.
Quizás aquella mueca escondía la clave de un enigma: los militares, pese a ignorar la fecha y el lugar de la acción montonera, sabían desde mediados de septiembre —luego de que Roque fuera a Corrientes para sumar a Lito al operativo— que había algo muy grande en marcha. Pero no impidieron el plan.
¿Acaso tenían un interés especial en que ese “algo” se produjera?
Lito bajó del Peugeot en la calle Buenos Aires, frente a la Parroquia de la Merced. Y enfiló a pie hacia la casa que compartía con su pareja, Norma, y dos “compañeros”. Era ya de madrugada.
Aun nadie sospechaba de él. De modo que siguió abocado a su simulada militancia con absoluta normalidad. Sin embargo, su suerte no sería eterna.
El 13 de agosto de 1976, el coronel González —por entonces, interventor de Santa Fe— tal vez haya sentido un ramalazo de pesar al enterarse por medio de un escueto radiograma del súbito deceso de José Luis Aspiazú.
El cuerpo de Lito, acribillado con tres disparos, acababa de aparecer en un arrabal de la capital correntina.
Sobre su camisa había un papel con una breve inscripción: “Ajusticiado por espía”. Y una firma: “Montoneros”.
Lo cierto es que Lito quedó al descubierto al ser analizada una docena de caídas en la Regional Nordeste. Las celadas eran precisas, quirúrgicas. Y las víctimas poseían un denominador común: todas, previamente, se habían cruzado con él. Por aquellos días, también intentó establecer contacto con Roque, por cuya cabeza sus mandantes del Destacamento de Inteligencia 121 tenían sumo interés.
Su ejecución —resuelta por un “Tribunal Revolucionario”— hizo que esa última tarea le quedara inconclusa.
En rigor, Raúl Clemente Yaguer sería para la dictadura [anticomunista] un trofeo tardío: fue asesinado el 30 de abril de 1983 en un oscuro callejón de la ciudad de Córdoba, dentro de su Renault, por una patota de policías y militares. La versión oficial habló de “un enfrentamiento”.
Tonio, a su vez, fue puesto en libertad por sus captores en septiembre de 1977 y pudo reunirse con su familia en París. Por décadas, su paradero fue un misterio. En la actualidad, Pablo González de Langarica vive en algún lugar de Argentina.
Capítulo dos
EL RECURSO DEL MÉTODO
El Doctor —como le gustaba hacerse nombrar— eligió una corbata a rayas finas y un traje gris. Era un hombre de un metro ochenta, cabello entrecano, nariz grande y ojos claros. A los sesenta años se había convertido en una figura clave en el esquema del poder. Y a pesar de su talante introvertido, parecía disfrutar de esa circunstancia. Pero en la mañana del 6 de octubre de 1975, Ítalo Argentino Luder sintió que la realidad empezaba a apretarlo.
Mientras apuraba el segundo café, volvió a mirar de soslayo la tapa del diario Clarín; ahí, con tipografía catástrofe, simplemente, decía: “Fallido golpe terrorista en Formosa”.
Aquella frase no logró alterar la expresión impasible de su rostro. Pero su esposa, doña Isolda, advirtió una sombra en su mirada.
El veterano político puso la taza vacía sobre la mesita del living envuelto en un grave silencio; no le inquietaba tanto la acción guerrillera en sí como el haber comprobado que la prensa, a sólo doce horas del acontecimiento, poseía al respecto más información que él. Ese detalle, desde luego, era un síntoma del carácter acotado de su investidura.
Hacia veinticuatro días había sido nombrado nada menos que Presidente Provisional de la Nación.
Su interinato cesaría cuando Isabel Martínez, la viuda de Perón, volviese de la localidad cordobesa de Ascochinga, a donde había viajado —según la versión oficial— con el doble propósito de aliviar el desgaste psicológico provocado por el ejercicio de la primera magistratura y, al mismo tiempo, reponerse de sus secuelas somáticas: una colitis ulcerosa ya convertida en una cuestión de Estado; esa incómoda dolencia solía obligarla a interrumpir de modo súbito actos oficiales, reuniones de Gabinete y hasta recepciones a dignatarios extranjeros.
Sus días de reposo, en cambio, transcurrían apaciblemente en una colonia recreativa de la Fuerza Aérea. Allí, Isabel se alojaba en un amplio chalet rodeado de parques y, de tanto en tanto, daba algún paseo o acudía al convento de Santa Catalina para rezar en una pequeña capilla. Y lo hacía junto a tres increíbles damas de compañía: Raquel Hartridge de Videla, Delia Veyra de Massera y Lía González de Fautario. Esas mujeres tenían la misión de levantarle el ánimo y, si era necesario, hasta con adulaciones. La Presidente, por su parte, pensaba que por medio de ellas podría tender lazos personales hacia sus
maridos.
Para estos, sin embargo, el dilatado descanso de la viuda de Perón era un globo de ensayo planificado con esmero y minuciosidad. Tanto es así que, ya en los primeros días de julio, el sector golpista de las Fuerzas Armadas impulsó desde las sombras la designación de Luder en la presidencia del Senado, justamente con el objeto de habilitar una línea sucesoria favorable al generalato en caso de producirse la renuncia de Isabel. Hacía unos meses que tal posibilidad flotaba con persistencia en la atmósfera, al igual que sus alternativas intermedias: la inhabilitación o una licencia prolongada.
Aquel lunes, tras salir de su departamento —un sexto piso ubicado sobre Posadas al 1400, en el corazón de la Recoleta—, el Doctor bajó directamente a la cochera para abordar un Fairlane negro que lo aguardaba con el motor en marcha. Ya en la calle, se le unieron otros tres automóviles y algunas motocicletas policiales. Mientras esa procesión enfilaba hacia la Avenida del Libertador, el chofer presidencial observó por el espejo cómo su único pasajero acariciaba distraídamente el suave tapizado del asiento.
Tal vez, el asunto de Formosa le seguía dando vueltas a él en la cabeza. Y es posible que dicho tópico lo haya llevado a reflexionar sobre la naturaleza misma de su gestión.
II
Aunque no lo expresara en público, Luder daba por hecho el alejamiento definitivo de Isabel. Y obraba en consecuencia.
Prueba de ello fue que no demoró en borrar de un plumazo a un tercio del gabinete que la Presidente había depositado en sus manos. Así fue como el hasta entonces canciller Ángel Federico Robledo sucedió en el Ministerio del Interior al coronel Vicente Damasco. Tomás Vottero fue a Defensa en lugar del escribano Jorge Garrido. Y Manuel Arauz Castex se convirtió en canciller.
Pero el Doctor en realidad gobernaba con una suerte de gabinete paralelo, integrado por los jefes máximos de las Fuerzas Armadas. El general Jorge Rafael Videla, el almirante Emilio Eduardo Massera y el brigadier Héctor Luis Fautario solían reunirse con él al menos tres veces por semana en el Salón de los Acuerdos de la Casa de Gobierno. Tales cónclaves ni siquiera tenían carácter reservado y, en algunas ocasiones, la Secretaría de Prensa y Difusión hasta repartía fotografías del encuentro acompañadas de una breve gacetilla.
Eso había sucedido el 2 de octubre.
Aquel jueves, en lugar de Emilio Massera —que se encontraba en Puerto Belgrano—, asistió el jefe del Estado Mayor de la Armada, contraalmirante Armando Lambruschini. También estuvo presente el ministro Vottero.
La reunión no tardó en tomar estado público. Al mediodía, Canal Once interrumpió la emisión de Astroboy para poner al aire un informe telefónico efectuado desde Balcarce 50 por Roberto Di Sandro.
El veterano periodista, quien ya llevaba veinte años acreditado en la Casa Rosada, señaló que Luder acababa de anunciar a los mandos militares “la creación del Consejo Nacional de Defensa, que tendrá a su cargo la lucha contra la subversión”.
Y agregó: “El organismo estará compuesto por el ministro del área y los tres comandantes, bajo directa dependencia del Presidente de la Nación”.
Fue significativo que recalcara el final de la frase con una dicción muy despaciosa, como para dejar en claro que no había dicho “la Presidente de la Nación”.
Al final del informe, Di Sandro reveló que, a su vez, los uniformados le habían planteado al jefe de Estado algunas inquietudes. “Entre estas —dijo—, la fecha de reasunción de la señora Presidente.” Y nuevamente recalcó las tres últimas palabras.
Había en ambas cuestiones una verdad a medias.
En lo que se refiere al Consejo de Defensa, el mandatario no transmitió a los comandantes anuncio alguno, ya que su creación había sido en realidad una iniciativa nacida en el seno de las Fuerzas Armadas; se trataba de un paso decisivo en su inexorable marcha hacia el asalto al poder. Y consistía en presionar al gobierno con el propósito de obtener, en esta etapa de la conspiración, un encuadre legal para desatar la ofensiva contra la guerrilla y las revueltas obreras que se multiplicaban en los cordones industriales de Buenos Aires, Córdoba y Villa Constitución.
En cuanto a Isabel, el trasfondo no era menos sinuoso. Es verdad que durante el encuentro los comandantes habían tocado el tema de su regreso. Y lo hicieron sin expresar ninguna postura al respecto, más allá de la lógica congoja por su salud. Pero no carecían de información sobre ella; como se sabe, sus propias esposas eran quienes la acompañaban en su descanso. Lo cierto es que la incertidumbre corría por cuenta del Presidente Provisional, quien a partir de entonces comenzó a sentirse atrapado en una verdadera comedia de enredos.
No bien se fueron los jefes militares, el Doctor convocó en su despacho al director de la SIDE, contraalmirante Aldo Peyronel.
Ambos hombres intercambiaron trivialidades mientras un mozo les servía café. Luego, como al pasar, Luder preguntó si había alguna novedad sobre los planes de Isabel.
El jefe de inteligencia carraspeó, antes de decir:
—Corren rumores de que la Señora estaría dispuesta a reasumir el 17 de octubre. La frase fue para Luder como un baldazo de agua fría.
—¿De dónde sacó eso? —quiso saber.
—Lo anduvo diciendo anoche el “Podólogo” —reveló Peyronel, esbozando una sonrisa.
Luder tardó unos segundos en relacionar tal apodo con la figura de Pedro Eladio Vázquez. Se trataba del médico personal de Isabel.
Algunos pensaban que su mote aludía a que ese hombre siempre parecía estar a sus pies. Aunque, en realidad, comenzó a ser llamado así debido a la profesión de su madre: podóloga y estilista, con local
propio en la esquina de Cerviño y Lafinur.
El doctor Vázquez supo tener sus quince minutos de gloria cuando solía posar para las fotos junto a José López Rega, luego de que este lo nombrara secretario de Deportes y Turismo. En la actualidad, era el único personaje vinculado al esotérico ex ministro que aún revoloteaba alrededor de la Presidente. Hasta había quienes insinuaban una relación sentimental entre ellos. De hecho, él se conducía como su embajador ante el resto del mundo.
Desde el 13 de septiembre, no hizo otra cosa que viajar constantemente hacia Ascochinga. Y, durante sus breves regresos a Buenos Aires, se reunía con Lorenzo Miguel y Casildo Herreras.
Tanto el cacique metalúrgico como el titular de la CGT eran por entonces los timoneles del sector verticalista del justicialismo. Y en calidad de tales, reclamaban la inmediata reasunción de Isabel. Por esa razón, ambos habían interrumpido momentáneamente su diálogo con el gobierno interino.
Algo similar ocurría con la propia Isabel: desde el inicio de su licencia, ningún integrante del Poder Ejecutivo había logrado establecer ni siquiera una comunicación telefónica con ella.
El siguiente paso del Doctor fue convocar en su despacho al ministro del Interior. Minutos después, Robledo emergió por la puerta apuntalando su dificultoso andar con un bastón. Al igual que Luder, había nacido en Santa Fe, era abogado y tenía sesenta años. Dentro del Gabinete ese hombre era su espada principal. Y tenía fama de hábil negociador, virtud de la que no era ajeno su fino sentido de la ironía. Sin embargo, durante esa mañana, se notaba en sus pupilas la opacidad de la desesperanza.
Luder pasando por alto dicho detalle, abordó el asunto que lo preocupaba:
—Esa mujer debería quedarse donde está. Usted es la única persona capaz de hacerla entrar en razones.
La respuesta del ministro fue el silencio, pero su cara de lechuza adquirió una expresión de escepticismo. Luder insistió con que él debía reunirse con Isabel para disuadirla de su regreso. O, al menos, para obtener información de primera mano acerca de su salud y sus planes inmediatos. Robledo, sin alterar el rictus, únicamente musitó:
—El problema es que hay que arreglar todo con este muchacho Vázquez.
—¡Hágalo! —fue la orden del Presidente.
Ubicar al médico personal de Isabel no fue una tarea menor. La secretaria privada del ministro recién pudo comunicarse por teléfono con él al caer la noche. Cuando tomó aquella llamada, la presión arterial de Robledo parecía a punto de estallar. Su rostro recién mutó al alivio al percibir el tono cordial y predispuesto del sujeto que estaba en el otro lado de la línea.
Unos minutos después, el titular de la cartera política ingresó nuevamente al despacho presidencial. Esta vez, sonriendo de oreja a oreja. Con lujo de detalles, le transmitió a Luder el diálogo mantenido con Vázquez y también su exitoso resultado: la cita con Isabel fue agendada para el día siguiente en Ascochinga, a donde Robledo llegaría con el mismísimo Vázquez. Los dos habían pactado encontrarse unas horas antes en la capital cordobesa.
El Doctor, indudablemente envalentonado por semejante logro, llamó con urgencia al secretario de Prensa y Difusión, Enrique Olmedo. Y este apuró el anuncio de la inminente reunión.
Aquella noticia fue publicada con gran despliegue en todos los matutinos del 3 de octubre.
Ese viernes, luego de almorzar frugalmente en su despacho, el Presidente Provisional decidió cancelar todas sus audiencias y también dispuso que no le pasaran llamadas. Salvo, claro, la que efectuaría Robledo de un momento a otro desde Córdoba. Eran las 16 y Luder ya imaginaba a su emisario reunido con Isabel en Ascochinga. En ese instante, sonó el teléfono.
Y él, con una ansiedad casi canina, se abalanzó sobre el aparato.
La voz del ministro brotó de un modo entrecortado y chirriante, como si hablara desde un teléfono de Pekín.
—¿Cómo dice? —gritó Luder, con desesperación. De pronto, las palabras del otro se tornaron nítidas:
—No pude ver a la Señora. El Podólogo me dejó sencillamente plantado.
El Presidente enmudeció, mientras sus dedos apretaban el auricular como si se tratara del cuello de un enemigo.
El asunto no tardó en desatar una oleada de declaraciones cruzadas.
La cúpula sindical, por medio de Lorenzo Miguel, se apuró en difundir su posición mediante un comunicado ideado casi como un axioma: “No hay peronismo sin Perón y Perón es Isabel”. En las antípodas, el gobernador bonaerense Victorio Calabró, cuyo alineamiento con la Presidente ya era cosa del pasado, apeló a un argumento profético: “Sin un gobierno fuerte no habrá elecciones en 1977”. Y el carismático líder de la Unión Cívica Radical, Ricardo Balbín —que en privado se mostraba partidario de otorgar carácter definitivo al interinato de Luder—, propuso adelantar las elecciones para el año siguiente. En cambio, las Fuerzas Armadas sorprendieron con su neutralidad al expresar que ellas eran “prescindentes en materia política, sin ejercer presiones de ningún tipo”.
Pocos comprendían entonces que se trataba de una estrategia tendiente a ganar tiempo, apostando al desgaste del gobierno.
Y, por cierto, Luder no se encontraba entre ellos.
En medio de tales circunstancias se produjo el ataque en Formosa. Así se completó el cuadro con el cual el Presidente Provisional tendría que lidiar en ese lunes de octubre.
III
Exactamente a las 8.15, Luder descendió del Fairlane negro para entrar a la Casa Rosada por la explanada de la calle Rivadavia. Lo hizo acompañado por un pequeño séquito de guardaespaldas. Estos quedaron en el Salón de los Bustos, mientras él subía hasta el primer piso.
En la antesala de su despacho lo esperaba el ministro Vottero.
Aquel hombre, un ex directivo del Banco de Italia que había incursionado en la función pública durante el primer gobierno peronista, mantenía una estrecha amistad con Robledo, quien había recomendado su nombramiento ministerial. En realidad, el Doctor pretendía en el cargo a un especialista en la materia que, además, tuviera una excelente llegada a la cúpula militar. Pero ante la inexistencia de un candidato con dichas características, terminó orientando su búsqueda hacia alguien que, sencillamente, cumpliera con el segundo requisito. Y Vottero tenía justo ese perfil. En parte, por su vínculo con el jefe del Estado Mayor del Ejército, general Roberto Eduardo Viola, con quien compartía misas, salidas familiares y algunos negocios.
Esa mañana, Luder advirtió en el semblante del ministro una mezcla de pesadumbre e indignación, motivada, sin duda, por el ataque guerrillero de la víspera. Vottero también mostraba huellas de cansancio, ya que había estado hasta la madrugada con el general Videla en el Edificio Libertador. Ahora, con una dicción monótona, le transmitía al Presidente Provisional la síntesis de aquel encuentro. Y destacó que lo ocurrido en Formosa no había generado —según su parecer— ninguna animosidad por parte de las Fuerzas Armadas hacia el gobierno constitucional, aunque, como es lógico, estas se mostraban sumamente interesadas en adelantar la puesta en marcha del Consejo Nacional de Defensa. Por último, dijo que los comandantes en jefe llegarían a la Casa Rosada en cualquier momento. Y agregó:
—Sería del agrado de ellos mantener una reunión con el gabinete en pleno. Luder asintió con un leve cabeceo.
En paralelo, los granaderos apostados sobre el portón de la calle Balcarce vieron salir a un hombre rubicundo que lucía anteojos con un grueso marco de carey. Era Vázquez, quien acababa de efectuar una sorpresiva visita al ministro del Interior.
Pocos minutos después, Robledo irrumpió en el despacho presidencial.
—La Señora decidió reasumir el 17 de octubre —dijo, casi a boca de jarro, antes de dejarse caer en un sillón.
El Doctor, simplemente, enarcó las cejas. Vottero, en cambio, maldijo por lo bajo y, luego, sugirió:
—Aún estamos a tiempo de evitarlo.
La respuesta de Luder fue seca y contundente:
—No voy a ser yo el que traicione a la viuda de Perón, porque estas cosas marcan. Pero, como si de pronto se hubiera arrepentido, aclaró:
—Sólo quise decir que por ahora sería apresurado tomar una decisión al respecto.
Los dos ministros, entonces, se mostraron satisfechos con la ambigüedad del concepto. Y se retiraron.
Eran las 10.15 cuando Luder oficializó en el Salón de los Acuerdos el anuncio transmitido por el médico personal de Isabel. Y lo hizo con una deliberada economía en el lenguaje para después incurrir en un silencio no menos deliberado; pretendía calibrar así la reacción de los presentes.
En torno a una inmensa mesa de estilo victoriano había ocho ministros, cuatro secretarios de Estado, los comandantes de las Fuerzas Armadas y el jefe del Estado Mayor del Ejército. Entre los primeros se
oyó un creciente murmullo, mientras los uniformados asimilaban la noticia con indiferencia.
Lo cierto es que ellos ya estaban al tanto del asunto.
En realidad, se habían enterado con tres días de antelación. Y por boca de Raquel Hartrige de Videla, quien telefoneó a su esposo desde Ascochinga durante la tarde del viernes, cuando Robledo aguardaba infructuosamente a Vázquez en la ciudad de Córdoba. Como si fuera poco, un grupo operativo del Batallón 601 había montado un riguroso seguimiento sobre el ministro y otro sobre el Podólogo; sus líneas telefónicas estaban intervenidas, así como también las del Presidente Provisional, en cuyo despacho, además, fue instalado un juego de micrófonos. Por último, tras su encuentro con Luder, el ministro Vottero —quien en la Casa Rosada se había convertido en una especie de “garganta profunda” al servicio de las Fuerzas Armadas— llamó presurosamente a Viola para anticiparle la novedad.
El Presidente Provisional ahora disimulaba su gran asombro al advertir el desinterés de los jefes militares ante el inminente final de su interinato.
Desde luego, ignoraba el enorme regocijo de estos ante el retorno de la viuda. Ocurre que los comandantes pretendían que Isabel no dejara el sillón de Rivadavia aunque estuviera desangrándose en su peor agonía. En ello había un doble propósito: socavar la paciencia de una sociedad exhausta, casi vencida, que comenzaba a reclamar un orden ciego e inmediato y, por otro lado, mantener la ficción de la imparcialidad castrense ante una crisis institucional sin precedentes. Esto último, claro, a cambio del control total sobre la llamada “lucha antisubversiva”.
Ese era el punto central en la agenda de aquella cumbre.
El general Videla, quien permanecía ubicado a la derecha del Presidente Provisional, miró su reloj moviéndose con incomodidad sobre el asiento.
Y el general Viola habló por él:
—El señor comandante tiene que viajar a Formosa y su avión sale en dos horas. Videla, como disculpándose, acotó:
—Debo dar allí mis condolencias a los familiares de los soldados muertos.
—¡Qué desgracia la de estos muchachos! —se le escuchó decir, meneando suavemente la cabeza, al ministro de Economía, Antonio Cafiero.
Semejante bocadillo fue el disparador para que Vottero, indudablemente sensibilizado, pronunciara una frase que haría historia:
—A los extremistas hay que matarlos y perseguirlos como ratas.
—Mejor sería primero perseguirlos y luego matarlos —corrigió el ministro de Trabajo, Carlos Ruckauf, en tono de broma.
Nadie festejó la humorada; por el contrario, bajo el techo de aquel salón comenzó a flotar un espeso silencio.
Al cabo de unos segundos, Videla consultó nuevamente su reloj, antes de tomar la palabra. Su voz carecía de matices. Pero reemplazaba aquel vacío con ademanes secos y elocuentes.
Primero se refirió a “la vocación democrática de las Fuerzas Armadas”, haciendo hincapié en “su compromiso irrenunciable de garantizar el libre juego de las instituciones”. Luego, se lanzó de lleno al análisis del “flagelo terrorista”, apelando a una metáfora oncológica: “La subversión es un tumor maligno que debe ser extirpado con los métodos e instrumentos que fueran necesarios”.
En la última parte de este concepto, justamente, se encontraba la clave de su intervención, la cual, con la mirada puesta en el jefe de Estado, concluyó con la siguiente frase:
—No existe otra alternativa, señor Presidente, que extender el Operativo Independencia a todo el país. La mirada de Luder se cruzó con la suya.
El jefe del Ejército se había referido a la represión contra la guerrilla rural del ERP en Tucumán.
Esa campaña tuvo para los militares argentinos el mismo significado que para la Luftwaffe el bombardeo a Guernica: ser una prueba piloto. Por otro lado, era la primera vez desde el 25 de mayo de 1973 —cuando Héctor José Cámpora asumió la presidencia— que las Fuerzas Armadas eran convocadas en un conflicto interno.
El asunto había sido cuidadosamente tejido a fines de 1974 por el propio Videla desde la jefatura del Estado Mayor, contando nada menos que con el apoyo político del senador Luder. Su llave fue el decreto “S” (secreto) 261, firmado el 5 de febrero de 1975 por Isabel y sus ministros, a los efectos de “neutralizar y/o aniquilar el accionar de los elementos subversivos que actúan en la citada provincia”.
En aquella oportunidad, el uso del verbo “aniquilar” no provocó ninguna disputa semántica entre los funcionarios firmantes. Estos, desde luego, no ignoraban el cariz de las operaciones que desarrollarían allí unos cuatro mil efectivos pertenecientes a la Quinta Brigada de Infantería, al mando del general Acdel Edgardo Vilas. Así fue como el Ejército pasó a detentar el poder absoluto sobre una tercera parte del territorio tucumano. De la noche a la mañana, el Jardín de la República se había convertido en el laboratorio del terrorismo de Estado.
El general Vilas no era lo que se dice un estratega sino un oscuro oficial de Infantería sin otro mérito que el de tener una inquebrantable vinculación con la ultraderecha sindical. Y su plan operativo consistió en aislar al foco insurgente —la Compañía de Monte “Ramón Rosa Jiménez”, integrada por unos noventa combatientes— cortando sus vías de abastecimiento mediante virulentas incursiones sobre sus presuntas bases de apoyo: las localidades asentadas en las cercanías de los campamentos guerrilleros.
En aquella lucha se había privilegiado el rol de la inteligencia militar. En consecuencia, las batallas decisivas se libraban en los interrogatorios a los pobladores y prisioneros del ERP. Fue así, al punto de que Vilas dejaría su huella en la Historia por haber inaugurado los primeros catorce centros clandestinos de detención en Argentina. El más famoso fue la “Escuelita de Famaillá”, un inframundo por el cual pasaron —sólo en los primeros siete meses— unas mil quinientas personas.
De ello, incluso, se jactaría el propio Vilas ante el ministro Vottero, en un viaje relámpago efectuado por este a Tucumán a fines de septiembre.
Al interesarse el funcionario sobre las limitaciones legales del asunto, el militar fue sincero:
—Acá se clasifican a los prisioneros por su peligrosidad; únicamente los más inofensivos son los que le llegan al juez.
El ministro, entonces, dio por saciada su inquietud, y pasó a otro tema.
Es probable que Vottero haya recordado aquella frase durante el cónclave de ese lunes, cuando Videla propuso ampliar el Operativo Independencia a todo el territorio nacional.
La mirada del Presidente Provisional seguía clavada sobre la enjuta figura del jefe del Ejército. Pero los ojos de este ahora apuntaban hacia un punto indefinido del espacio. Y otra vez un murmullo comenzaba a elevarse por encima de los presentes.
En ese instante, Cafiero se permitió una objeción:
—La realidad del país, general, tiene algunas diferencias con respecto a lo que pasa en Tucumán. Videla lo fulminó con una mirada poco amigable, y dijo:
—Doctor, hay un denominador común: esta es una guerra de inteligencia, con todas las particularidades que ello acarrea.
Aunque no lo haya aclarado debidamente, las “particularidades” aludidas se referían —tal como ya se hacía en el monte tucumano— al uso intensivo de la inteligencia a partir de informaciones arrancadas mediante la tortura. Esa sería, precisamente, la columna vertebral de las operaciones militares. Y para ello era preciso armar un ejército secreto, integrado por oficiales y suboficiales organizados como pequeñas células terroristas, con identidades ocultas, autos no identificables, centros clandestinos de detención y mandos paralelos.
La idea no era suya sino que había sido tomada del modelo aplicado por los paracaidistas franceses en las guerras coloniales de Indochina y Argelia.
Con fervor académico, sus creadores no tardaron en transmitir los trucos de aquella metodología a las fuerzas armadas de algunos países del Tercer Mundo, incluso antes de aleccionar a los oficiales norteamericanos que irían a Vietnam. Así fue como —ya en la segunda mitad de los años cincuenta— sus primeros alumnos fueron precisamente los militares argentinos.
Entre ellos, el general Alcides López Aufranc, quien llegó a encabezar el Estado Mayor del Ejército en el gobierno del general Lanusse. “El Zorro de Magdalena” —como afectuosamente lo llamaban sus camaradas de armas— había sido seleccionado para aprender los secretos de la doctrina francesa en la Escuela de Guerra de París. Y el aspecto más atractivo del curso era un mes de práctica en las escarpadas calles de Argel, donde desaparecieron más de tres mil personas.
Por aquella misma época se instaló en Buenos Aires una misión militar compuesta por instructores del ejército francés, que permanecería en el país hasta entrada la década del 60, y que, hasta el momento de su partida, amaestró a varias promociones de oficiales argentinos en el arte de socavar estructuras revolucionarias a través del tormento y las ejecuciones masivas. Y no sin cuadricular el escenario de las operaciones en zonas, subzonas y áreas de seguridad, tal como lo harían sus discípulos dieciocho años más tarde.
Lo cierto es que tanto Videla como Viola no fueron incluidos en dicho intercambio cultural. Sin embargo, ellos perfeccionarían sus conocimientos en la famosa Escuela de las Américas, el bastión pedagógico para futuros dictadores que el Pentágono había instalado en el Canal de Panamá. Por sus aulas —desde 1960— pasaron otros tres mil seiscientos militares argentinos.
Ahora, en la turbulenta primavera de 1975, ambos generales estaban a punto de llevar a la práctica aquellas enseñanzas.
A la vez, ya paladeaban en secreto su inminente salto hacia la cúspide del poder, al igual que el almirante Emilio Massera. Este era el otro gran protagonista de la conspiración.
Su carácter entrador había fascinado al mismísimo Juan Domingo Perón, quien a fines de 1973 dio el visto bueno para su nombramiento como jefe máximo de la Armada. En ese momento, el marino aún no había cumplido cincuenta años y su designación les costó la cabeza a siete jefes navales de mayor jerarquía, ya que el “Negro” —como lo llamaban sus compañeros de promoción— apenas ostentaba el grado de contraalmirante. Al morir el viejo caudillo, Massera tejió una alianza táctica con López Rega y, tras romper con él, simuló su apoyo incondicional a Isabel. Sostuvo esa fachada sólo unas semanas, hasta que su alineamiento con Videla y Viola comenzó a ser inocultable. Pero mantenía con ellos una vidriosa relación, alimentada por el desprecio y la rivalidad.
Claro que dichas desavenencias no eran dirimidas en público.
Y menos aún durante la reunión de ese lunes en la Casa Rosada, donde el almirante simuló una exagerada consideración hacia los conceptos que iba desgranando el jefe del Ejército. Tal vez en aquel momento pensara que Videla “carecía de talento, carisma y capacidad de liderazgo”, tal como él solía asegurarlo entre sus allegados.
De hecho, la imagen ascética y sombría de Videla resultaba inescrutable hasta para sus propios camaradas.
Massera lo seguía observando con mucha deferencia, mientras el general, con el cuello estirado hasta lo imposible, redondeaba sus dichos:
—Los extremistas apuestan a su crecimiento geométrico. Nuestra misión, señor Presidente, es abortar precisamente eso.
Luder parecía impresionado, y preguntó:
—¿Cuánto tiempo nos llevaría la pacificación nacional tal como usted la plantea?
En ese instante, el rostro crispado de Videla se disolvió en una inesperada sonrisa, retaceando así la respuesta.
Su silencio enervó la ansiedad de los presentes.
Obraba tal como días antes le había aconsejado el general retirado Hugo Miatello, quien fue jefe de la SIDE durante el gobierno de Lanusse. Se trataba de un brillante oficial de inteligencia, especializado en acciones psicológicas. Su influencia sobre Videla era notable; de hecho, era su único amigo. Y desde ese vínculo, se había convertido en una suerte de arquitecto oficioso del golpe militar.
Ya transcurridos unos segundos, el general se acodó sobre la mesa. Y con la actitud de un médico que recomienda un tratamiento doloroso, dijo:
—Voy a ser franco: hay cuatro opciones. Pero yo me inclinaría por una en particular. Y en un año y medio se acabó el problema.
Y agitó un brazo como para espantar a una mosca imaginaria; entonces, prosiguió:
—Podríamos aplicar un plan de operaciones tipo Honduras o Nicaragua. Pero, claro, estamos hablando de algo que va para largo. No sé hasta qué punto eso nos conviene.
Aludía a una estrategia bélica ideada para sofocar focos revolucionarios de carácter rural en zonas montañosas, con réplicas insurreccionales en las ciudades.
También expuso otras dos alternativas más intensas: el modelo empleado por el general Hugo Banzer en Bolivia y el de Augusto Pinochet en Chile. Aunque, a su gusto, estos tampoco eran muy eficaces.
El primero —ya diezmado el foco guevarista— consistía en la persecución ciega y desordenada de opositores. Y el segundo era un lujo que —según su parecer— ellos no podían darse: consumar operaciones “antisubversivas” que incluían hasta fusilamientos sumarios, amparados por la legitimidad de un estado de guerra regido por códigos militares.
De modo que no dudó en inclinarse por la cuarta opción. Su metodología: atacar masivamente al enemigo en todo terreno y con recursos ilimitados.
Luego, con un aire piadoso, aseguró:
—Sería la variante más funcional. Además, tiene una enorme ventaja: es la más benévola.
—¿En qué sentido? —quiso saber el Presidente.
—Vea, no lo quiero engañar; esto va traer abusos y algún que otro error, usted sabe. Pero, de todos modos, habría un menor costo en vidas humanas que en un conflicto prolongado.
Luder, finalmente, manifestó su aceptación sacudiendo la cara de arriba abajo, en medio de un tenue parpadeo.
Y Videla esbozó otra sonrisa.
Quizás en aquel momento se haya visto a sí mismo en una ya remota mañana de 1973 efectuando su ronda de despedida por el Colegio Militar en su calidad de director; días antes había sido ascendido a general y estaba por asumir la subcomandancia del Primer Cuerpo. En esas circunstancias entró en un aula.
Allí, un instructor dialogaba con cadetes de tercer año sobre el “problema de la subversión”. Y él se interesó por el asunto.
—¿De qué hablaban? —preguntó, como para romper el hielo.
Los alumnos se lo explicaron. Y uno sintetizó la posición del grupo:
—Pensamos que a los extremistas hay que eliminarlos sin miramientos. El instructor también dijo lo suyo:
—No comparto esa idea, mi general. Habría que instrumentar tribunales militares con capacidad para
dictar la pena de muerte.
Su nombre era Ricardo Brinzoni y por entonces tenía grado de teniente. Videla lo miró y, simplemente, dijo:
—Yo no estoy en desacuerdo con los cadetes de tercer año. Y siguió su camino.
Tal vez, al evocar el episodio, el general haya caído en la cuenta de que esos jóvenes ya eran subtenientes. Y que algunos participarían activamente en la represión ilegal.
Serían las 11.30 cuando Luder, luego de cavilar por un momento sobre lo pactado, propuso una especie de cuarto intermedio para darle forma a los decretos correspondientes.
Sin embargo, para su sorpresa, el ministro Vottero le extendió unos folios prolijamente mecanografiados, y dijo:
—Tome, señor Presidente; es un borrador de los decretos. El asombro se diseminó al resto del Gabinete.
Nadie sabía que la semana anterior —cuando aún no se había producido el ataque al regimiento de Formosa— el ministro de Defensa había visitado el Edificio Libertador en dos ocasiones.
Allí, además de los tres comandantes, estaba el jefe del Estado Mayor del Ejército y el general Carlos Dalla Tea. Estos últimos, junto con Videla, no tardaron en recalcar la necesidad de iniciar un plan represivo cuanto antes.
Dada la inminencia de la incursión montonera, aquel encuentro no pudo ser más oportuno, a lo que se sumaba la presencia del alto oficial amigo de Rodolfo Galimberti. ¿Ambas circunstancias tornan posible la hipótesis de que las Fuerzas Armadas estuvieran al tanto del copamiento?
Todo indica que no, en el sentido literal.
Ya se sabe que la inteligencia del Ejército ignoraba la fecha y el objetivo del ataque, aunque —por el “filtro” José Luis Aspiazú— estuvo al tanto de que había algo muy grande en marcha. En consecuencia, la pregunta seguía siendo: ¿Acaso los militares tenían un interés especial en que ese “algo” se produjera?
Todo indica que sí. Y que el borrador de los decretos haya sido preparado con el propósito de imponer su legalización no bien la guerrilla cometiera un acontecimiento de envergadura.
Eso ocurrió el 5 de octubre; es decir, apenas cuatro días después de que se hablara por primera vez sobre los decretos de aniquilamiento.
En esa oportunidad, el tema derivó en un conflicto lingüístico. Porque el encuentro culminó tras la elaboración de un texto tentativo que no incluía la palabra “aniquilar”. Había prevalecido la postura del brigadier Héctor Fautario, el más moderado de los presentes. No obstante, aquel epílogo no convenció a sus pares, por los que se fijó una segunda reunión en la que nuevamente se discutiría el asunto. Y ahí quedó sellada a fuego esa palabra. Fautario insistió con su postura y propuso un sinónimo menos letal. Pero Videla se opuso con un argumento atendible:
—La palabra “aniquilar” figura en el reglamento del Ejército.
En sus labios, claro, ese verbo no significaba “acabar con la voluntad de combatir del enemigo” sino que aludía, sencillamente, al exterminio.
Desconcertado, Fautario se volteó hacia Massera, y sólo atinó a decir:
—¿Qué va a hacer la Armada al respecto?
El almirante se encogió de hombros, y contestó:
—La Armada, señor brigadier, va a intervenir con tropas de infantería. Tras lo cual, con tono desafiante, preguntó:
—¿Y la Fuerza Aérea?
La respuesta de Fautario, ya en franca desventaja, fue:
—Nosotros únicamente vamos a colaborar con los medios de transporte y la seguridad en los aeropuertos. Siempre y cuando, claro, el Ejército aporte los fondos. Nada más.
El brigadier acababa de dar un paso al vacío; su permanencia en la cúpula militar tendría a partir de entonces los días contados.
El texto aprobado fue el que Vottero le entregó a Luder.
Ya pasado el mediodía del lunes, ese borrador fue volcado a unas hojas con membrete del Poder Ejecutivo Nacional, antes de ser firmado por cada uno de sus integrantes.
Así nacieron los famosos decretos 2770 y 2771.
El primero dispuso la creación del Consejo de Seguridad Interna, el cual estaría integrado por el Presidente, sus ministros y los comandantes de las Fuerzas Armadas, a los fines de “reestablecer la paz y la tranquilidad del país”.
El segundo delegaba en las Fuerzas Armadas —bajo el comando superior del Presidente y ejercido a través del Consejo Nacional de Defensa— la ejecución de “las operaciones militares y de seguridad que sean necesarias a los efectos de aniquilar el accionar de los elementos subversivos en todo el territorio del país”.
La letra chica de la flamante disposición a su vez establecía que la Policía Federal, la Prefectura, la Gendarmería, la SIDE, el Servicio Penitenciario y la Secretaría de Prensa y Difusión quedaran “funcionalmente afectados al Consejo de Defensa”. Y en las provincias, sus gobiernos debían proveer “los medios policiales y penitenciarios que les sean requeridos por el citado Consejo”.
De ese modo, toda la estructura represiva del Estado pasaba a manos de la cúpula militar. Y, para colmo, bajo una fina cáscara de legalidad, ya que Isabel —o en su defecto, Luder— debía encabezar el asunto de una manera puramente protocolar.
Aquellas frases escritas a máquina también fueron un tiro de gracia para el orden constitucional, cuyo margen quedó irremediablemente acotado por el filo de las bayonetas.
Durante una interminable media hora, esas dos hojas fueron pasando por las manos de todos los ministros. Y estos iban estampando sus rúbricas con la actitud de quien firma un contrato de locación.
El último en hacerlo fue el ministro de Educación, Pedro Arrighi, ante la atenta mirada del general
Viola.
Al concluir dicho trámite, el almirante Massera se levantó de su asiento para estrechar la mano de Luder.
—Lo felicito, señor Presidente. No tenga ninguna duda de que hemos dado un paso histórico —le dijo, a modo de despedida.
Y se acomodó el capote naval, antes de enfilar hacia la puerta. Viola se fue tras él.
Fautario se había retirado poco antes.
Y Videla ya se encontraba en camino hacia la base aérea de El Palomar, a bordo de un Falcon verde escoltado por otros cuatro vehículos desde cuyas ventanillas asomaban pistolas y caños de fusil.
Tal vez en su mirada brillara la certeza de que, a partir de ese momento, el poder había pasado sin escalas de la Casa Rosada al Edificio Libertador.
Y según su idea, para siempre.
Unos minutos después, el Presidente Provisional convocó nuevamente en su despacho al ministro Robledo. Y no sólo con el propósito de evaluar con él la coyuntura que se avecinaba.
A pesar de que sus atribuciones habían quedado reducidas a un espacio patéticamente nominal, Luder seguía masticando la posibilidad de revertir el carácter interino de su gestión.
Prueba de ello fue que al día siguiente el Doctor partió con premura hacia Ascochinga, donde —para su propia extrañeza— fue recibido sin ningún inconveniente por Isabel.
Fuentes oficiales dejaron trascender entonces que sólo se trataba de “una visita de cortesía”. En realidad, Luder tenía la intención de sugerirle a la viuda la conveniencia de prolongar su descanso en Córdoba hasta su total recuperación. Todo indica que no llegó a concretar su cometido.
Tras saludarla con un fuerte apretón de manos, le dijo:
—¿Cómo se siente, Señora?
Y ella, simplemente, respondió:
—Siento asco.
Capítulo tres
EL MINISTERIO DEL MIEDO
El edificio ubicado en Viamonte y Callao no era una joya arquitectónica. Se trataba de una antigua construcción de nueve pisos con un ligero toque neoclásico. Sin embargo, a lo largo del tiempo había mutado hacia un estilo decididamente gótico, tal vez en virtud de la atmósfera ominosa que flotaba a su alrededor. Todas sus ventanas permanecían invariablemente cerradas con postigos metálicos pintados de verde oscuro; de ese mismo color eran las chapas blindadas que tapizaban el frente de la planta baja, al igual que el portón y la garita de la esquina. No había carteles ni placas que indicaran la verdadera naturaleza del lugar. Se sabía que en su sótano, diecinueve años antes, había estado secuestrado el féretro que contenía los restos de Evita. Y se daban por ciertas otras historias no menos truculentas. Era el cuartel general del Servicio de Informaciones del Ejército (SIE), también conocido como Batallón 601 de Inteligencia.
En la mañana del viernes 17 de octubre de 1975, el canillita del kiosco de enfrente advirtió la llegada de un Falcon gris con ventanillas polarizadas. Y con disimulo, clavó la mirada en ese punto. Un muchacho se le acercó para comprar El Gráfico, y él dio el vuelto sin sacar la vista del vehículo; luego vendió un ejemplar de La Opinión observando de soslayo cómo uno de sus ocupantes bajaba de la cabina. Este lucía anteojos espejados y de una mano le colgaba un portafolio. Rápidamente se perdió tras el portón del edificio.
Sin despojarse de sus anteojos, a pesar de la tenue luz del recibidor, el recién llegado sólo declamó un apellido y su condición de capitán. Ratificó ambos datos con una credencial. Un guardia comparó la foto con su rostro, antes de efectuar una anotación en el cuaderno de ingresos.
El visitante, entonces, explicó la razón de su presencia:
—Traigo un sobre para el coronel Valín.
—Déjelo acá. Nosotros se lo haremos llegar. Pero el otro meneó la cabeza.
—De ninguna manera. Vengo de parte del general Videla y tengo órdenes de entregar esto en mano,
¿entiende?
El guardia entendió. Y más aún al advertir en la encomienda un enorme sello en el que, simplemente,
decía: “Estrictamente reservado”.
Pero no llegó a exteriorizar su comprensión al respecto, porque el capitán ya se había largado hacia uno de los ascensores ubicados a la derecha del hall. Conocía el camino.
Quince minutos después, el canillita lo vio salir del edificio para treparse al Falcon, que enfiló raudamente por Callao. Recién entonces bajó los ojos hacia la revista que simulaba leer.
En realidad, él también era un agente de la casa.
En ese mismo momento, el coronel Alberto Alfredo Valín abría el sobre que acababa de recibir. Su contenido le causó un ramalazo de ansiedad.
Era nada menos que una de las veinticuatro copias de la ultrasecreta “Directiva del Comandante General del Ejército N° 404/75”, la cual en la jerga castrense pasaría a la posteridad como “La Peugeot”. Su objetivo era poner en práctica “las acciones previstas por el Consejo de Defensa”, en una clara alusión a los recientes decretos de aniquilamiento firmados por el Presidente Provisional y su gabinete.
El jefe del SIE se entregó con fruición a la lectura de ese puñado de hojas torpemente mecanografiadas quizá por el mismísimo general Videla. Y no tardó en comprender que su buena estrella lo estaba iluminando. A medida que devoraba el texto fue sintiendo un creciente orgullo por haber sido uno de los pocos destinatarios de aquel plan elaborado y distribuido en el mayor de los sigilos. Pero no menor era su satisfacción ante la enorme importancia que el instructivo le otorgaba a las “actividades de inteligencia” en el nuevo esquema represivo.
Según el paper, el Ejército reservaba para sí “la responsabilidad primaria en la lucha contra la subversión”. Y su sistema nervioso sería justamente el Batallón 601, como órgano ejecutivo de la Jefatura II de Inteligencia, que reportaba directamente al Estado Mayor.
La estructura comandada por el coronel Valín tendría bajo su control a otros servicios de espionaje, convirtiéndose así en el receptáculo de todo lo que pasara en el país. Y funcionaría como correa de transmisión entre los grupos de tareas, los centros de tortura y las más altas autoridades militares. El papel rector de esa unidad estaba resumido en sólo siete palabras: “Sin inteligencia no se podrán ejecutar operaciones”.
El coronel subrayó la frase con un resaltador amarillo, antes de pasar al siguiente párrafo.
Allí se especificaban los plazos del exterminio; el cronograma producido en el Edificio Libertador había fijado una meta de apenas doce meses para concretar “la pulverización del accionar subversivo” y otros tantos para “aniquilar los elementos residuales”. Pero subordinaba semejante propósito al estricto cumplimiento de una premisa: “No se debe actuar por reacción sino asumir la iniciativa de la acción”.
En este punto, el coronel apeló nuevamente al resaltador.
Y luego se topó con un asterisco que lo condujo hacia el “Anexo Uno”, subtitulado: “Situación del Enemigo”.
Su contenido no tenía desperdicios; allí se exponía con minuciosidad una visión ciertamente alarmada
sobre la Guerra Fría, en la que la URSS, junto con la República Popular China y la Cuarta Internacional, conspiraba para imponer el siguiente plan: “Apropiarse de la población mundial a través del control de su psiquis”. Y con una estrategia perturbadora: “Conquistar Asia y después África, para así acceder al Atlántico y hacer imposible la defensa de Europa y América Latina. Ante esta situación —siempre según la letra de la Directiva 404/75—, Estados Unidos caería ante la sola amenaza nuclear”.
En tal puja psíquico-política, el rol de Argentina era crucial. Al punto de que dicha hipótesis de conflicto fue clasificada en aquellos folios con la sigla “GSM (Guerra Subversiva Marxista)”. Y según datos del Ejército, su aplicación se encontraba “cuantitativa y cualitativamente en manos de las organizaciones ERP y Montoneros”. Pero aquel liderazgo, más allá de lo militar, se extendía a través de “estructuras reivindicativas encubiertas” y otras “de tipo político-legal”, lo que significaba un amplio arco de partidos, agrupaciones y sindicatos vinculados entre sí por los hilos invisibles de la “subversión”. Hacia todos sus miembros y simpatizantes también apuntaba la orden de combate.
Tras guardar el documento en una carpeta de cartulina, el coronel dibujó en la carátula unas letras con caligrafía casi infantil. Acompañaba la acción asomando la lengua por un extremo de la boca. Después retrocedió para apreciar la inscripción; en ella se leía: “Prioridad Alfa”.
Así era él; se tomaba a pecho hasta los más mínimos detalles.
Fue precisamente ese temperamento puntilloso lo que hizo de Valín una figura clave del espionaje castrense. Y eso a pesar de haber iniciado su carrera como oficial de Artillería.
Lo cierto es que en enero de 1973 accedió a la jefatura de la Escuela de Inteligencia del Ejército y en octubre del año siguiente fue puesto al frente del Batallón 601. Su proeza consistió en haber sobrevivido a dos cambios de cúpula —la de los generales Leandro Anaya y Alberto Numa Laplane— sin sufrir un solo rasguño. Ahora todo parecía indicar que contaba con el beneplácito del general Videla. Al menos, la Directiva 404/75 daba cuenta de ello.
Aquel viernes permaneció hasta después del mediodía en su escritorio, meditando sobre cómo poner en práctica tales instrucciones. Luego alargó un brazo hacia el teléfono para discar un número interno; entonces, oyó la voz del coronel José Osvaldo Riveiro, a quien sus pares llamaban “Balita”. Era el subjefe del SIE.
Y la llamada lo había tomado por sorpresa. Por unos segundos se quedó con el auricular pegado al oído. Finalmente, dijo:
—De acuerdo, jefe; voy para allá.
Pronunció esas palabras mirando con resignación el vaso de whisky que se acababa de servir. El hombre sentado frente a él se encogió de hombros.
Este solía presentarse como gerente de un banco chileno. En realidad, era el encargado de la estación local de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), la temida policía secreta de Augusto Pinochet. Y se hacía llamar Luis Alamparte. Su verdadero nombre: Enrique Arancibia Clavel.
Balita lo había conocido en septiembre de 1974, cuando el otro preparaba en Buenos Aires el atentado
que le costó la vida al matrimonio formado por el general chileno Carlos Prats y Sofía Curthbert. En tal oportunidad, el SIE brindó apoyo logístico a los colegas trasandinos.
De hecho, Riveiro era el responsable de las relaciones internacionales del Batallón 601. Cinco semanas antes viajó con Arancibia Clavel a Santiago de Chile como invitado a una reunión preliminar del Plan Cóndor. La idea era coordinar operaciones conjuntas entre los militares del Cono Sur contra guerrilleros, activistas y simples opositores.
En tales menesteres estaban ambos hombres esa mañana.
La DINA había detectado en Buenos Aires la presencia de Jean Claudet Fernández, un cuadro del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) de Chile que había llegado clandestinamente desde Francia, su actual país de residencia.
—Está alojado en un departamento de Barrio Norte —dijo Arancibia.
Apoyaba sus palabras en un parte de inteligencia que extendió hacia su interlocutor. Balita mostró sorpresa, pero sus ojos delataban que algo sabía del asunto.
El agente de la DINA quería secuestrarlo de inmediato.
El militar argentino, en cambio, se mostraba partidario de no interrumpir el seguimiento para así identificar a sus posibles contactos.
Pero el otro insistía. Su voz irritaba al coronel aún más que sus modales afeminados. Fue entonces cuando Balita se sirvió aquel whisky.
Y también, cuando atendió la llamada de Valín.
—Voy para allá ahora mismo —repitió con tono enérgico, en parte para dar por terminado aquel encuentro.
Y liquidó el whisky de un trago.
La emboscada contra el militante del MIR fue finalmente fijada para la semana entrante. Segundos después, Riveiro se encaminó hacia al despacho del jefe.
Valín, a modo de bienvenida, sólo señaló una silla. Y siguió jugueteando con el seguro de la pistola cromada que sostenía entre los dedos; era una Pietro Beretta con cachas de nogal. Luego estiró el brazo, como apuntando hacia un enemigo invisible, y dijo:
—Pensar que con esta le vacié un cargador a Santucho. Pero de apurado nomás no le pude pegar ni un solo tiro.
No era la primera vez que Balita escuchaba esa anécdota; además sabía que la misma escena jamás había ocurrido. Sin embargo, fingió asombro.
Pero también aprovechó la ocasión para mencionar el asunto referido al guerrillero chileno.
Valín estuvo de acuerdo con tenerlo en observación durante unos días. Y luego, abordó el gran tema con tono marcial:
—A partir de este momento nos consideramos en operaciones.
Remató la frase palmeando el documento enviado por Videla. El asombro de Balita ahora era genuino.
Entonces Valín se abocó a la ampliación de ese anuncio. Pero sin mostrar el texto en el que basaba sus dichos. Sólo repetía de memoria alguna de las frases que había subrayado para después añadir sus ideas al respecto. Balita también fue aportando lo suyo.
Pero algo los distrajo.
Desde la calle comenzó a filtrarse un griterío mezclado con redoblantes y bombos. Era una tumultuosa columna de la Juventud Sindical Peronista —el grupo de choque de las 62 Organizaciones—, encabezada por su líder, Julio Yessi. Los manifestantes iban hacia la Plaza de Mayo para celebrar el Día de la Lealtad y en apoyo a la viuda de Perón, quien acababa de reasumir la presidencia. Y lo hacían vociferando con entusiasmo un estribillo: “¡Si la tocan a Isabel, habrá guerra sin cuartel!”.
Lo cierto es que esa guerra estaba a punto de estallar.
II
A esa misma hora, el elegante Hotel Casino Carrasco, situado a dieciséis kilómetros de la ciudad de Montevideo, parecía una fortaleza militar; en sus alrededores había un dispositivo que incluía carros de asalto, tanques y tropas armadas con fusiles automáticos. Ningún civil podía acercarse. Y en ello había una razón de peso: allí se desarrollaba la XI Conferencia de los Ejércitos Americanos, cuyo tema central era precisamente la lucha contra la “infiltración marxista en la región”.
Los representantes de unos diecisiete ejércitos reunidos en un salón del segundo piso estallaron en una sonora ovación cuando el general uruguayo Luis Queirolo, quien oficiaba como secretario del encuentro, cedió la palabra al delegado argentino, el general Jorge Rafael Videla.
Este abrió su ponencia con una frase filosa y elocuente:
—Si es preciso, en Argentina deberán morir todas las personas necesarias para lograr la seguridad del país.
Aquel hombre sabía de lo que hablaba.
Por ese entonces, en el más absoluto de los secretos, había comenzado a sesionar el llamado Equipo Compatibilizador Interfuerzas (ECI). Se trataba de una suerte de estado mayor clandestino, cuya función consistía en trazar las coordenadas de la represión ilegal y a la vez lubricar los engranajes del aparato golpista.
Sus integrantes solían reunirse diariamente en un sector restringido del Edificio Libertad, sede de la jefatura de la Armada. En nombre del Ejército asistían tres altos oficiales de su Secretaría General: los coroneles Miguel Mallea Gil, Antonio Llamas y José Raúl Ortiz. El brigadier Basilio Lami Dozo encabezaba la delegación de la Fuerza Aérea. Y los marinos estaban representados por el contraalmirante Luis Alberto Mendía.
Este último era el jefe de Operaciones de la Armada y —con el almirante Emilio Eduardo Massera— preparaba un documento que sería bautizado con un nombre críptico: Placintara (Plan de Capacidades
para el Marco Interno de la Armada de la República Argentina). Se trataba de la versión naval de “La Peugeot” y establecía el modo en que los hombres de mar se sumarían a la “lucha antisubversiva”.
No dejaban ningún detalle librado al azar.
En aquellos días, fue visible un intenso tránsito de camiones cargados con materiales de construcción en el predio que la Armada ocupaba sobre la Avenida del Libertador al 8000. Bajo la atenta supervisión de algunos oficiales convertidos en improvisados arquitectos, cuadrillas de conscriptos efectuaban las refacciones necesarias para convertir a la ESMA en el mayor campo de concentración del país.
De igual modo, en todas las guarniciones militares, sus destacamentos de inteligencia fueron reformados para alojar a miles de prisioneros políticos.
No menos prolija fue la selección del personal.
Por esa época ya se había puesto en marcha la formación de los planteles que oficiarían como brazo ejecutor del futuro Estado terrorista. Y para ello, los uniformados se inspiraron en la estructura celular de las organizaciones guerrilleras. Semejante estilo de trabajo no encontraría resistencia entre la oficialidad joven.
Al respecto, en los pasillos del Colegio Militar todavía se hablaba de un episodio ocurrido en el ya remoto invierno de 1961.
Su protagonista fue un oficial instructor de apenas veintiocho años.
Este debía comandar un ejercicio bélico en el cual se simularía un ataque frontal contra un objetivo enemigo. Pero no acató la consigna. En cambio, dispuso que los cadetes actuaran sin uniforme ni insignias, para así encubrir su condición militar. El propósito era entrenarlos en la captura de una presa ciertamente más peligrosa y escurridiza que un simple soldado de línea. En resumen, ese hombre educaba a sus discípulos en el riesgoso arte de atrapar guerrilleros. Aunque por su propia iniciativa.
Ello, desde luego, provocó el enojo del oficial superior que estaba a cargo del Cuerpo de Cadetes, quien no vaciló en interpelar al joven instructor con una pregunta obvia:
—¿Qué dice el plan?
—Ataque frontal en un ambiente convencional, mi teniente coronel.
—¿Y por qué no lo está haciendo?
—Vea, mi teniente coronel, lo que se viene es la guerra revolucionaria.
Al pronunciar esas palabras, el rostro del capitán Mohamed Alí Seineldín se mantuvo imperturbable. Y el teniente coronel Videla se retiró sin atinar respuesta alguna.
Quizás, ahora, mientras regresaba de Montevideo a bordo de un pequeño avión militar, su mente haya evocado aquella vieja historia.
Tal vez lo hiciera escrutando el horizonte marrón del Río de la Plata, en cuyas aguas poco después comenzarían a ser arrojadas sus víctimas.
Posiblemente también pensara que la profundidad de su lecho estaba a la altura del escalofriante secreto que debía guardar.
Porque ya por entonces el Comandante en Jefe sabía que la estrategia de su cruzada consistía simplemente en desatar una cacería contra la sociedad civil, dado que —según su lógica— en ella estaba depositada “la fortaleza de la subversión marxista”. En otras palabras: su retaguardia.
Acerca de este asunto había departido hasta el cansancio con su maestro y único amigo, el general retirado Hugo Miatello, quien solía decir:
—En esta guerra no hay un frente palpable. Y luego, invariablemente, agregaba:
—Acá el enemigo está por todos lados.
El tipo era un erudito de la guerra de Indochina. Y se había fascinado con la fabulosa organización del Viet Minh, el ejército de liberación dirigido por Ho Chi Minh. Tanto es así que se puso a estudiar su lógica operativa con el Libro Rojo de Mao. Y veía algunas coincidencias entre la situación política del sudeste asiático —apenas a cinco meses de la derrota norteamericana en manos del Viet Cong— y la que imperaba por esos días en la Argentina.
En sus tertulias con Videla, el general retirado no dejaba de repetir que el primer paso de la lucha contrainsurgente consistía en articular el despliegue de un ejército invisible que implementara operaciones clandestinas, para así aislar a las fuerzas revolucionarias de la población. Siempre hacía hincapié en que las acciones represivas —a imagen y semejanza de las tácticas usadas por la guerrilla— debían cifrarse en el factor sorpresa. Ello hasta suponía la conveniencia de que el personal afectado a los grupos de tareas renunciara a su estampa marcial para reemplazarla por el aspecto común de cualquier civil y, en especial, el de sus enemigos; o, al menos, el que los uniformados imaginaban que estos lucían: pelo largo y barba, cierto desaliño en el vestir y, eventualmente, un Parissienes entre los labios. Asimismo, Miatello insistía con que la asimilación de los hábitos y costumbres de la guerrilla urbana no debía soslayar un detalle crucial: la actitud compartimentada entre todos los efectivos una misma unidad.
Eso sería cumplido al pie de la letra.
El Comandante en Jefe, junto a su Estado Mayor, dispuso expresamente que cada grupo de tareas se dividiría en tres áreas: Inteligencia, Logística y Operaciones. Y estas no tendrían ninguna relación entre sí; sus integrantes no conocerían la identidad de sus colegas ni compartirían con ellos espacio físico alguno. No obstante, estarían operativamente vinculadas mediante la subordinación común a un oficial superior, quien a su vez tendría una línea directa de mando con su respectivo comandante en jefe.
El Batallón 601 no sería una excepción.
III
Los coroneles Valín y Riveiro trabajaron en el tema hasta muy entrada la noche de ese viernes. Y continuaron afinando el organigrama operativo de dicha dependencia todo el fin de semana. Recién en la tarde del lunes 20 de octubre se sintieron en condiciones de exhibir sus frutos a la superioridad. Y se
presentaron inmediatamente en el Edificio Libertador.
El coronel Carlos Alberto Martínez no tardó en recibirlos.
Sobre este hombre morocho y extremadamente enjuto existía un halo de misterio. En el ámbito castrense se lo conocía como “Pelusa”, por la hirsuta vellosidad que tapizaba su nuca. Ese detalle le confería un aire primitivo, al igual que sus modales rústicos y el destello inexpresivo de sus ojos. Pero entre sus camaradas era reconocido por su refinada astucia. De hecho, no sólo se trataba de uno de los constructores del plan golpista sino que tenía en sus manos la tarea de reorganizar el aparato represivo del Ejército.
Su llegada al Estado Mayor no fue menos sorprendente.
Unas semanas antes había sido puesto al frente de la estratégica Jefatura II de Inteligencia, tras haberse desempeñado como su segundo jefe durante la gestión de Alberto Numa Laplane.
No era un secreto la estrecha relación que lo unía a este. Ni tampoco su amistad con el coronel Vicente Damasco, quien había encabezado en forma sucesiva la Secretaría General de la Presidencia y el Ministerio del Interior del actual gobierno, hasta caer en desgracia debido a las presiones ejercidas justamente por los generales Videla y Viola.
Sólo por esas afinidades, la carrera de Martínez corrió el riesgo de tener un final abrupto. Y él fue consciente de ello. Sin embargo, por algún extraño resorte del azar, la nueva cúpula decidió preservarlo.
Tal vez en esa decisión haya primado el hecho de haber sido uno de los mejores alumnos de la Escuela de las Américas, sin soslayar su paso como delegado ante la Junta Interamericana de Defensa —el organismo encargado de fijar las estrategias anticomunistas en la región—, donde cultivó buenos contactos con militares norteamericanos y de otros países.
Lo cierto es que de la noche a la mañana se vio convertido en uno de los alfiles del general Videla, quien instauró con él un ritual que mantendría por mucho tiempo: la revisión diaria de partes de inteligencia que Martínez traía cada mañana.
Ahora Pelusa leía en silencio el borrador entregado por los jefes del SIE, mientras ellos permanecían junto a su escritorio intentando descifrar por anticipado la aceptación o el rechazo de este. En realidad, aquellas hojas únicamente contenían un listado del personal operativo y un esquema de las patotas que dependerían del Batallón 601. Al cabo de unos minutos, Martínez hizo con el informe un bollito y lo arrojó al cesto.
Recién entonces alzó los ojos hacia sus visitantes, y preguntó:
—¿Alguno de ustedes sufrió de tenia? Ambos coroneles enarcaron las cejas.
Martínez, forzando un tono pedagógico, prosiguió:
—La tenia es una lombriz que puede crecer sin límite. Puede llegar a tener miles de segmentos. Y uno puede eliminarlos a todos. Pero mientras quede la cabeza, se reproduce inmediatamente.
Ambos coroneles comenzaron a entender el sentido de esa metáfora.
Martínez la redondeó:
—La subversión, señores, es como la tenia. Si no destruimos su cabeza, tendremos siempre que comenzar de nuevo.
Ambos coroneles, entonces, asintieron al unísono. Y Pelusa sonrió satisfecho.
En resumidas cuentas, el titular de la Jefatura II acababa de exponer su más preciado anhelo: atrapar a los jefes de Montoneros y del ERP.
Estaba decidido a cumplir con eso sin escatimar métodos ni recursos. Se trataba, precisamente, del “objetivo de máxima” que le había encomendado Videla. En caso de lograrlo, él sabía que su poder sería ilimitado.
Y los jefes del Batallón 601 acababan de comprender que su suerte estaba irremediablemente atada a la providencia de aquel hombre.
En ese clima entre grave e íntimo, Martínez se permitió una confidencia, no sin antes exigir la máxima reserva por parte de sus interlocutores.
Ellos, aguijoneados por la curiosidad, juraron ser una tumba.
Eso bastó para que Pelusa revelara la existencia de un equipo operativo que —en el mayor de los secretos y a espaldas de los otros comandantes— ya se encontraba trabajando con exclusividad en una misión crucial: capturar vivo o muerto al líder del ERP, Mario Roberto Santucho.
Según su explicación, tamaño trofeo consolidaría de modo incontrastable el liderazgo del Ejército en el seno de las Fuerzas Armadas.
Finalmente, agregó:
—Puse al mando de esto a uno de mis mejores hombres. Y extendió una carpeta.
Era el legajo del hombre en cuestión. En la primera hoja estaba su foto.
El jefe del SIE no tardó en reconocer en ese rostro ligeramente perruno al individuo de anteojos espejados que unos días antes le había entregado en mano la Directiva 404/75. Se trataba del capitán Juan Carlos Leonetti.
Martínez, entonces, anunció:
—Desde ahora, el capitán trabajará con ustedes en forma conjunta. Sin chistar, los coroneles volvieron a asentir.
A continuación, Pelusa despejó con un brazo la superficie del escritorio para convertirlo en una improvisada mesa de arena. Entonces, utilizando un pisapapeles y algunos sellos, reprodujo la estructura operativa que había ideado junto con el general Roberto Viola.
De ese modo comunicó que la “lucha antisubversiva” tendría un sistema piramidal. Y graficó sus palabras colocando esos sellos entre los catetos de un triángulo imaginario. Luego, dijo:
—En la base estarán concentrados los grupos de tareas pertenecientes a los destacamentos de
inteligencia de cada comando.
Se refería, claro, al vasto tejido territorial formado por los cinco cuerpos del Ejército, con sus respectivas zonas, subzonas y áreas. Y puntualizó que todas estas unidades clandestinas de combate gozarían de autonomía para efectuar secuestros, interrogatorios y ejecuciones. Pero los resultados obtenidos en esas tres fases debían ser inmediatamente elevados al Batallón 601, el cual tendrá a su cargo la dirección táctica y estratégica de la “guerra sucia”. Al respecto, señaló que por sus entrañas también correrían todas las informaciones reunidas por los servicios de la Fuerza Aérea y la Armada, como paso previo de su envío a los comandantes en jefe.
A esa altura de su exposición, Martínez golpeó el pisapapeles contra el vértice de la pirámide. Y se oyó un ruido seco.
Así saltó hacia otro capítulo de su extenso monólogo.
Entonces recordó que el esquema de la guerrilla también era piramidal. Y que la contrainsurgencia consistía en reconstruir las zonas invisibles de dicha estructura, para así poder aniquilarla. Y se permitió un ejemplo:
—Se puede empezar, simplemente, por el perejil que pega afiches… Tas encender un cigarrillo, completó:
—Con el perejil en nuestras manos, hay que seguir las ramificaciones.
En resumidas cuentas, su plan estratégico se basaba en quebrar el secreto que justificaba la naturaleza celular de las organizaciones armadas. Y partía de la siguiente premisa: cada militante sólo está en contacto con otros tres o cuatro; entre ellos, su responsable. Por lo tanto, la misión de las patotas era localizar a los componentes de ese tejido y así ascender hacia su jefatura.
Martínez golpeó otra vez el pisapapeles contra el escritorio, y dijo:
—La clave de esto es la información. Y su método, el interrogatorio.
Por último, con un dejo de orgullo, confió a sus dos subordinados que el enlace entre el aparato represivo propiamente dicho y la cúpula militar sería justamente él. En un sentido inverso, las órdenes y directivas impartidas por los jefes máximos de las Fuerzas Armadas también tendrían que pasar primero por su persona y, luego, por el SIE, antes de llegar a su destinatario final.
De hecho, el coronel Martínez —ya a punto de ascender a general— había tomado a su cargo la coordinación de la llamada Comunidad Informativa, integrada también por sus pares de las otras fuerzas: el capitán de navío Lorenzo de Montmollin y el brigadier Francisco Salinas. De ese ámbito participaban además los jefes de Inteligencia de cada cuerpo del Ejército, el director de la Escuela de Inteligencia y el secretario de la SIDE. Todos ellos —al igual que los jefes del Batallón 601— respondían directamente a sus órdenes.
Al concluir el cónclave, Pelusa acompañó a los coroneles hasta la puerta. Al despedirlos, su cara adquirió un rictus solemne y preocupado.
Y pronunció las siguientes palabras:
—Que Dios nos ilumine.
IV
Valín y Riveiro regresaron al edificio de la calle Viamonte con un aspecto exultante. No era para menos: en la cadena de mandos de aquella cruzada, ellos se habían convertido en el tercer eslabón.
Para festejarlo, Balita acudió nuevamente al whisky. Valín, en cambio, trabajó en soledad hasta la madrugada.
El plan estratégico del Estado Mayor exigía la puesta a punto del Batallón 601; había que aceitar cada una de sus piezas de acuerdo a las necesidades del flamante escenario represivo.
A tal efecto, durante la mañana del martes, el jefe del SIE convocó a sus más estrechos colaboradores en un salón del sexto piso.
Minutos después, Valín salió del ascensor para sumergirse en un pasillo tan laberíntico como mal iluminado, cuyo único vestigio de vida era una solitaria cartelera con fichas y fotografías de prontuario. También había dos hileras de oficinas estancas por cuyas paredes no se filtraba ruido alguno.
Allí funcionaba la Central de Reunión.
Esa unidad era nada menos que el corazón del Batallón 601. Había sido creada en 1970, a meses del Cordobazo y en coincidencia con la aparición de las primeras organizaciones armadas. Desde entonces jamás dejó de operar. En la actualidad, circulaba hacia sus aurículas un flujo incesante de informes, datos y delaciones. Sus agentes eran nada menos que la elite de la inteligencia militar.
Y, ahora, sus cabecillas departían con Valín.
Entre ellos había dos tenientes coroneles —Jorge Suárez Nelson y Mario Gómez Arenas— y un individuo cincuentón al que sus camaradas llamaban “Hornos”. Se trataba del mayor retirado Santiago Manuel Hoya.
Su trayectoria ya por entonces resultaba picante. Participaba en acciones represivas desde los tiempos de Onganía. Y también había sido el principal enlace entre el Ejército y la Triple A.
Ahora, en la mañana de ese martes, observaba con atención al jefe. Valín sorprendió a los presentes con una pregunta:
—¿Alguno de ustedes sufrió de tenia? Todos enarcaron las cejas.
Entonces, tras un estudiado silencio, el jefe del SIE repitió con idénticas palabras la metáfora parasitológica escuchada el día anterior en boca de Pelusa. Al finalizar, sonrió satisfecho.
En esa ocasión, el coronel anunció la inminente puesta en funcionamiento de cinco grupos de tareas en jurisdicción de la llamada Zona Uno, la cual abarcaba casi toda la provincia de Buenos Aires y La Pampa. La primera de esas unidades clandestinas dependería justamente de la Central de Reunión, siendo afectada a la lucha contra el ERP, pero además actuaría sobre ciertos objetivos montoneros.
Valín hizo una pausa para medir el entusiasmo del auditorio.
Luego carraspeó, antes de asegurar que el personal a su mando tendría recursos ilimitados e independencia operativa. Eso significaba que ninguno de los presentes daría cuenta de sus acciones a otra autoridad que no fuera la jefatura del Batallón 601.
Todos se mostraron sumamente satisfechos.
Y Valín, tras estrechar la mano a cada uno, se retiró del lugar con el gesto adusto de quien acaba de sellar un pacto secreto.
Mientras tanto, otras prioridades represivas eran tratadas en un pequeño cubículo a metros de allí.
—Hace tres días que el tipo no asoma la nariz. No tuvo visitas y tampoco usó el teléfono.
La frase había sido dicha con cierta desilusión por el hombre que estaba detrás de un escritorio atiborrado de papeles.
—Es evidente que algo está esperando —razonó su interlocutor. No era otro que Riveiro.
Y se refería a la enigmática presencia en Argentina del militante del MIR chileno, Jean Claudet Fernández.
Setenta y dos horas antes, un grupo del Batallón 601 se hizo cargo de su seguimiento, relevando así al equipo de la DINA que lo había detectado en un departamento de Barrio Norte. Ese breve lapso bastó para establecer un sólido cerco en torno a esa vivienda, situada en el cuarto piso de un edificio de la calle Montevideo, a pocos metros de la Avenida Santa Fe. El contrato de locación estaba a nombre de una mujer llamada Alicia Carbonell, quien mantenía una relación sentimental con el hombre del MIR.
Este ahora se hallaba debidamente “ovejeado”. Ello quería decir que sus perseguidores ya habían explorado las vías de aproximación hacia él. Y, además, creían estar al tanto de sus hábitos, entre los cuales se destacaba su aparente obsesión por permanecer enclaustrado en dicho domicilio.
Las “penetraciones técnicas” del caso fueron realizadas por agentes que simularon ser empleados de Gas del Estado. El teléfono estaba intervenido y también se instalaron micrófonos en los pasillos y en el ascensor. Ambos dispositivos eran controlados desde una camioneta estacionada sobre la avenida. Asimismo, había otro vehículo listo para ir tras cualquier persona que tomara contacto con Claudet.
Pero eso aún no había sucedido.
Y tal circunstancia impacientaba a quienes lo tenían en la mira.
—Algo está esperando —repitió Balita, esta vez con los dientes apretados.
El coronel estaba convencido de que, tarde o temprano, su presa se relacionaría con algún dirigente del ERP. Al fin y al cabo, esa organización estaba vinculada estratégicamente al MIR a través de la Junta Coordinadora Revolucionaria (JCR), una alianza entre las guerrillas de Argentina, Chile, Bolivia y Uruguay.
El coronel también era consciente de que los agentes de la DINA —sus socios en el asunto— tenían más apuro que él en interrogarlo. Ellos suponían que Claudet podría conducirlos hacia Edgardo Enríquez,
uno de los jefes máximos del MIR, quien estaba refugiado en algún lugar de Argentina.
Balita, sin embargo, decidió redoblar su apuesta. Y lo expresó así:
—Vamos a darle a nuestro pajarito unos días más de vuelo. Y tras una breve pausa, agregó:
—Aunque la marica se ponga a chillar.
Se refería, obviamente, a Enrique Arancibia Clavel.
El hombre sentado detrás del escritorio no evitó una risita maliciosa.
Ese signo de distensión le dio pie a Balita para empinarse un generoso trago de whisky del pico de su petaca personal. Luego se aflojó el nudo de la corbata y comenzó a reflexionar en voz alta sobre las novedades surgidas en los últimos días.
Su monólogo abarcó comentarios acerca de la Directiva 404/75 y detalles del encuentro celebrado con el coronel Martínez.
En ese punto, empinó otro trago. Y ello agravó su locuacidad.
Fue así como quebró el pacto de silencio que acordara con el titular de la Jefatura II, al revelar la existencia del grupo secreto del capitán Leonetti.
El hombre del escritorio se sorprendió al oír tal apellido. Y dijo:
—Ese muchacho es un protegido del Comandante en Jefe. Esta vez fue Balita el asombrado, y quiso saber más.
El otro, entonces, pasó a explicar que ambos compartían el mismo origen geográfico: la ciudad bonaerense de Mercedes, donde el padre de Videla había sido jefe del Regimiento 6 de Infantería. Y el progenitor del capitán, uno de sus oficiales. Las dos familias eran vecinas, frecuentaban el mismo círculo social y los domingos coincidían en las misas de la basílica Nuestra Señora de las Mercedes. El futuro dictador incluso solía sentar al joven oficial sobre su falda, cuando este, claro, era sólo un niño. Y ahora, después de casi seis lustros, Videla había colocado a Leonetti bajo su ala.
El hombre concluyó su exposición con una velada advertencia:
—El Comandante en Jefe tiene muchas expectativas puestas en él.
Riveiro asimiló la frase con preocupación. Temía que la familiaridad de Leonetti con el jefe del Ejército enturbiara en el ámbito del Batallón 601 el sagrado sentido de la cadena de mandos. Pero no dijo nada. El tipo que estaba con él, tampoco.
Este era un agente histórico de la casa. Había ingresado al SIE en 1970 y con el tiempo se transformó en un avezado cuadro de la inteligencia militar. Ahora era el jefe de la llamada División de Situación General. Y su trabajo apuntaba hacia diferentes direcciones. Una era el ERP.
Nadie en el Batallón 601 sabía tanto sobre esa organización como él.
Balita comprendió de golpe que eso podría ser una ventaja en caso de que la llegada de Leonetti derivase en una intromisión.
Pero tampoco dijo nada al respecto.
Tal vez el otro haya adivinado el sentido de sus cavilaciones. Al menos, su mirada sugería eso. Aquel hombre desconcertaba al coronel.
A pesar de ser un militar de carrera, su porte no era demasiado marcial; tenía el cabello levemente rizado, hombros caídos y edad incierta. Parecía un empleado municipal. Los colegas le decían el “Viejo”. Y él se obstinaba en utilizar otras identidades de fantasía: “Fernando Estevarena”, “Doctor Peña” o, simplemente, “Peirano”.
En realidad, se trataba del mayor Carlos Antonio Españadero. Y sus pares lo consideraban un verdadero burócrata del espionaje.
Su especialidad era el análisis y la valoración de informaciones que —en la etapa previa a las desapariciones masivas— se basaban por lo general en denuncias, infidencias o simples presunciones. Esa tarea le había permitido armar un valioso archivo con fichas sobre cientos de personas sospechadas de llevar a cabo “actividades subversivas”. Muchas de ellas no tardaron en ser secuestradas y conducidas a las catacumbas del Ejército.
Paralelamente, el mayor cultivaba otra de sus habilidades: el doblaje y la penetración del enemigo.
Tanto es así que desde mediados de 1974 estaba al frente de una pequeña pero auspiciosa red de agentes que él mismo había elegido y entrenado con el propósito de infiltrar a las principales organizaciones revolucionarias.
Sus primeros logros al respecto ya estaban a la vista. El más resonante de ellos había sucedido apenas cinco semanas antes.
Capítulo cuatro
NOTICIA DE UN SECUESTRO
Para el mayor Carlos Españadero, el 12 de septiembre de 1975 comenzó exactamente a las 4.45 de la mañana, cuando los timbrazos de su beeper se le colaron en el sueño. El militar, aún adormilado, oprimió el activador. Y el aparato acribilló por segunda vez el silencio de la madrugada propalando una voz que sólo dijo: “Abonado 086, concurra a la casa de su madre”. En el hermético lenguaje de su oficio, ello significaba que debía presentarse de inmediato en el edificio de la calle Viamonte. Sus párpados se abrieron de golpe.
El vehículo del hombre que también se hacía llamar Peirano demoró unos veinte minutos en atravesar a toda velocidad la distancia entre su domicilio de Avellaneda y la sede del Batallón 601.
Por el horario, aquel lugar parecía desierto. Y la luz del recibidor era más débil que nunca. Tanto es así que tuvo dificultades para enfocar los ojos sobre el guardia que le franqueó la entrada. Aquel tipo le hizo saber que los altos mandos de la casa lo estaban esperando. Españadero enfiló con apuro hacia un ascensor situado a la derecha del hall.
En el sexto piso reinaba un clima expectante.
Para su sorpresa, entre los presentes había un general canoso y corpulento a quien no demoró en identificar. Era el segundo jefe del Estado Mayor. Su nombre: Leopoldo Fortunato Galtieri. A simple vista, no tenía el aspecto de quien había pasado una buena noche; aun así, lucía enfervorizado.
El coronel Alfredo Valín lo trataba con deferencia.
El coronel José Osvaldo Riveiro [Balita] se apresuró a arrimarle su encendedor cuando puso un cigarrillo entre los labios.
Otros oficiales permanecían en un segundo plano. Y Españadero se sumó a ellos.
Recién entonces, supo el motivo de la convocatoria.
En resumidas cuentas, horas antes se había producido un enfrentamiento armado con una célula guerrillera, la cual había sido sitiada por fuerzas policiales en una casa de Florencio Varela. Estas, al no poder doblegar la resistencia de los irregulares, resolvieron solicitar refuerzos al Ejército. Así fue como acudió allí un grupo de combate del Regimiento 7 de Infantería, con asiento en La Plata.
El teniente coronel Jorge Suárez Nelson —quien por entonces encabezaba la Central de Reunión— fue el encargado de informar la novedad.
Y esa novedad contenía un detalle para tomar en cuenta: sin considerar el Operativo Independencia ni los actos de guerra sucedidos en instalaciones militares durante ataques guerrilleros, era la primera desde el retorno de la democracia que tropas del Ejército participaban de una acción militar de carácter interno.
Eso desató entre la concurrencia un murmullo triunfalista.
Hasta que la voz aguardentosa de Galtieri se impuso en el espacio para reclamar precisiones. Suárez Nelson, entonces, aclaró:
—Esta operación, mi general, fue consecuencia de un minucioso trabajo de inteligencia efectuado por personal a mi mando.
Lo cierto es que los agentes del SIE —veinticuatro días antes de firmarse los decretos de aniquilamiento— ya mantenían un inflexible dispositivo de vigilancia sobre una variada gama de organizaciones políticas, estudiantiles y sindicales. Sin embargo, al tener aún vedada su participación en acciones represivas de carácter urbano, sólo se limitaban a proporcionar datos de inteligencia a los grupos policiales y parapoliciales abocados a la “lucha antisubversiva”. Y delegaban en ellos las operaciones propiamente dichas.
Pero en esta oportunidad, el extraordinario poder de fuego exhibido por los insurgentes tornó imperiosa la intervención militar.
Suárez Nelson, al respecto, dijo:
—Era una célula del ERP.
Y con un dejo de suficiencia, agregó:
—Todos sus integrantes fueron abatidos.
Alguien entonces quiso saber a cuántos integrantes se refería.
—Estamos hablando de tres extremistas —fue su respuesta. Al pronunciar esas palabras, la suficiencia se le disipó.
Pero aun así tuvo aliento para admitir la existencia de un cuarto cadáver entre los escombros de la vivienda.
—¿Y ese quién carajo era? —preguntó el hombre del Estado Mayor. La respuesta esta vez corrió por cuenta del coronel Valín:
—Era un empresario secuestrado.
En ese instante, el mayor Españadero quedó perplejo.
II
La primicia del episodio fue irradiada al filo del amanecer por el Rotativo del Aire de Radio
Rivadavia. Rápidamente, otras emisoras se hicieron eco del asunto, aunque sin aportar mayores detalles. Al parecer, se basaban en un escueto comunicado distribuido por la jefatura de la Policía Bonaerense. Sin embargo, el hecho prometía monopolizar la agenda periodística de ese viernes. A tal efecto, una verdadera horda de cronistas y reporteros gráficos fue confluyendo con el correr de las horas hacia la casa de Florencio Varela en donde habían transcurrido los acontecimientos. Su estructura exhibía las marcas de la refriega. Por la tarde, el vespertino Última Hora —que suplía al clausurado diario Crónica
— ilustró su tapa con un primerísimo plano de esa fachada y un título elocuente: “Destruyen a cañonazos reducto guerrillero”.
La noticia impresionó de manera muy especial a uno de sus lectores.
En parte, porque sólo le bastó un golpe de ojo para reconocer en aquella fotografía un sitio que le era irremediablemente conocido.
Pero su asombro fue mayor al toparse con el siguiente dato: “Entre los muertos estaba el ejecutivo de la firma Isaura, Luis León Domenech, quien fuera secuestrado el 12 de agosto pasado”.
El hombre que leía el diario no había calculado un epílogo semejante. Y tal imprevisión le produjo un ramalazo de incertidumbre. Quizás entonces haya recordado el inicio de aquella historia.
Hacía exactamente un mes, tres automóviles atravesaron sigilosamente la zona residencial de Banfield, hasta llegar a la esquina de Hipólito Irigoyen y Vieytes. El Peugeot 504 blanco que encabezaba la fila estacionó a media cuadra del único chalet que había en la manzana; otro vehículo del mismo modelo, pero color turquesa, lo hizo unos cincuenta metros más adelante. Y el tercero —una Ford Falcon Rural con cúpula metálica— siguió su marcha y recién se detuvo en un callejón cortado por las vías del ferrocarril, a casi un kilómetro de allí. Eran las 8 de la mañana.
Veinte minutos después, alguien abrió el portón de la propiedad. Y del frondoso jardín emergió un Chevrolet 400. A la distancia fue visible que su único ocupante lucía una calva tipo Yul Brynner y enormes anteojos con marco de carey. Se trataba de Domenech.
Este contador público de setenta y dos años no imaginaba que durante los últimos días su rutina había sido minuciosamente estudiada a través de un eficaz sistema de guardias y seguimientos.
Así fue como los encargados de esa tarea pudieron saber que, de lunes a viernes, tras desayunar con su familia —compuesta por su esposa, una hija recientemente separada y dos pequeños nietos—, Domenech solía abandonar su domicilio entre las 8.15 y las 8.30 siempre a bordo del mismo vehículo. Y lo hacía sin custodia ni chofer. Por lo general, demoraba unos treinta y cinco minutos en llegar a un edificio situado en la calle Suipacha 268, del microcentro porteño. En el quinto piso estaban las oficinas de la petrolera Isaura. Y él era nada menos que su gerente general.
Esa mañana, el Chevrolet enfiló con cierto apuro por Hipólito Irigoyen. A partir de entonces, todo fue vertiginoso.
Súbitamente, el Peugeot turquesa se interpuso en su camino. Al hacerlo, sus neumáticos chirriaron. Domenech, preso de la desesperación, sólo atinó a poner el cambio en reversa. Pero el Peugeot blanco ya
lo había encerrado por atrás. En ese instante se vio rodeado por tres hombres que empuñaban armas cortas. Y en menos de tres segundos fue subido al vehículo turquesa. Sus anteojos quedaron aplastados sobre el asfalto.
El Peugeot tardó unos minutos en llegar al callejón donde se encontraba la camioneta ya con el motor en marcha. Un integrante del grupo comando se acomodó junto al chofer, mientras el resto ascendía a la caja. Domenech terminó sentado sobre la rueda de auxilio.
Durante la travesía, nadie pronunció palabra alguna.
Para evitar avenidas con tránsito, pinzas policiales y otras sorpresas, la camioneta dejó atrás la zona de Banfield utilizando caminos alternativos. Luego, bordeando el extremo norte de Almirante Brown, llegó a Florencio Varela. Su recorrido continuó por la Ruta 2. Y tras cruzar la estación de Bosques, giró en dirección a un viejo puente de hierro para internarse en un camino angosto que apuntaba al oeste. De esa manera ingresó a un humilde barrio llamado El Rocío, cuyas calles, pese a su desolación, tenían nombres de flores. La camioneta frenó en la esquina de Los Alelíes y Las Orquídeas.
Allí sólo había una antigua casa en medio de un descampado. Y de la nada aparecieron dos muchachos.
En un abrir y cerrar de ojos, Domenech pasó a sus manos.
Otra silueta —acaso de mujer— permanecía agazapada en la terraza.
La camioneta recién volvió a arrancar cuando el anciano y sus flamantes anfitriones se perdieron tras la puerta. El chofer —un militante afectado a la estructura logística del ERP— soltó entonces un suspiro de alivio.
Era el mismo hombre que cuatro semanas después descubriría en la tapa de un diario el sangriento final del asunto.
Ya se sabe que ello desató su nerviosismo. Y su única reacción fue correr hacia un teléfono público.
Mientras esperaba ser atendido, es probable que su mente haya regresado otra vez a las circunstancias de ese ya remoto martes 12 de agosto.
A media mañana, tras abandonar la camioneta en una esquina de Bernal, subió a un tren que lo condujo hacia la estación de Villa Dominico. Desde ese lugar caminó unos cien metros, hasta llegar a una modesta casa ubicada en la calle Salvador Soreda al 4900. Era su domicilio. Lo compartía con su mujer y los dos hijos que esta había tenido en un matrimonio anterior. Pero ninguno de ellos estaba allí. En cambio, advirtió otra presencia. La de un individuo de mediana edad, vestido con una gastada camisa de trabajo. Y tomaba mate en la cocina con la mayor naturalidad del mundo.
El dueño de casa solía presentarlo en el vecindario como su tío. En esa ocasión, le dispensó un efusivo saludo. Y dijo:
—Todo salió a pedir de boca. Pero el otro quiso saber más.
Su interlocutor entonces efectuó un minucioso resumen de lo acontecido, incluyendo la dirección en la
que Domenech permanecía confinado y un perfil de sus depositarios. Por último, escupió la cifra que el ERP exigiría por él: seis millones de dólares.
En ese instante, al presunto tío le brillaron los ojos. No era otro que el mayor Españadero.
Y ahora, en el atardecer del 12 de septiembre, luego de varios intentos telefónicos fallidos, su voz afloró desde el otro lado de la línea para serenar al hombre que se había infiltrado en el ERP.
Aquella noche, Rafael de Jesús Ranier —cuyo apodo era el “Oso”— pudo dormir en paz.
III
Tras la emboscada a Domenech en la esquina de Irigoyen y Vieytes, el diario La Unión, de Lomas de Zamora, publicó unas líneas al respecto. La única repercusión fue una visita efectuada por un comisario de la Brigada de Banfield a su editor para anticiparle los problemas que sufriría en caso de insistir con el tema. Desde entonces, ese secuestro se mantuvo en el más riguroso de los secretos.
Y en ello también tuvo que ver otra circunstancia: el ERP no difundió el hecho, dado que —en este caso— su móvil era sólo económico; por entonces, las finanzas de la organización no atravesaban por un buen momento.
La noticia había llegado a las oficinas de Isaura por vía telefónica. Fue la propia hija del damnificado quien transmitió lo ocurrido al presidente de la firma, José María Elicabe. Este no tardó en convocar una urgente reunión de directorio para elegir a los encargados de negociar el rescate. Allí estuvo el gerente de comercialización, Antonio Armaño.
Se trataba de un hombre de cuarenta años. Había ingresado a la empresa como empleado raso. En la actualidad, era la mano derecha de Domenech.
Armaño jamás pensó que el veterano ejecutivo podría ser víctima de un hecho de esa naturaleza. Aunque este, unos días antes, le había manifestado su temor ante un posible secuestro. Para colmo, dicho presentimiento tenía un valor agregado: debido a los problemas financieros que vivía la industria petrolera tras la nacionalización de las bocas de expendio, Isaura no estaba en condiciones de afrontar una contingencia semejante. Para reforzar tal concepto, Domenech recurrió a un ejemplo irrebatible: los doce millones de dólares pagados a cambio de Víctor Samuelsson, un ejecutivo de la Esso raptado en 1974 por el ERP.
En aquella conversación, Armaño intentó tranquilizar a su jefe apelando a su sentido del humor, y dijo:
—Don Luis, vaya siempre con un balance de Isaura en el bolsillo. Ahora se arrepentía de aquellas palabras.
En la noche de ese mismo martes, tras aguardar vanamente el llamado de los secuestradores, se decidió hacer la denuncia policial. Con ese propósito, Armaño y Elicabe partieron hacia Lomas de Zamora. Media hora después ingresarían a un sombrío edificio ubicado en la calle Vernet al 1200. Allí
funcionaba la Brigada de Investigaciones de Banfield. En el patio lindante a la oficina de guardia había un vehículo estacionado; era nada menos que el Chevrolet de Domenech. A los recién llegados les costó sobreponerse a la impresión. Luego fueron recibidos por un hombre alto y esmirriado que se manejaba con una helada cortesía. Era el comisario Alberto Rousse.
El encuentro fue breve, pero plagado de tensión.
Los denunciantes aún no se habían acomodado en sus asientos cuando el uniformado les soltó la siguiente inquietud:
—¿Esta persona tenía deudas de juego? La respuesta, desde luego, fue negativa.
—¿Y líos de polleras?
La respuesta esta vez quedó inconclusa debido a la sorpresiva irrupción de un individuo que escrutó con ojos desorbitados a los presentes. Era el comisario Miguel Etchecolatz.
Y obviando toda forma de saludo, se apresuró en aclarar:
—Todavía no sabemos si los secuestradores son delincuentes comunes o subversivos. Rousse aprobó la frase con un leve cabeceo, a sabiendas de que el otro no decía la verdad.
Horas antes, ambos habían estado con un emisario del Batallón 601. Este los puso al tanto de la información proporcionada por el Oso Ranier. Pero omitiendo deliberadamente la posible cifra del rescate. Y se retiró luego de impartir una orden: no actuar por el momento.
Armiño y Elicabe, con la perplejidad intacta, regresaron sobre el filo de la medianoche al edificio de la calle Suipacha. Entonces supieron que aún no se había producido el contacto con los secuestradores.
El coronel Valín y los suyos ya estaban enterados de esa circunstancia.
En el transcurso de la tarde, todos los teléfonos de la empresa habían sido intervenidos. Igual suerte corrieron las líneas particulares de sus directivos. En paralelo, un grupo de agentes controlaba la sede de Isaura desde la calle. Y otro ya exploraba el terreno para establecer una discreta vigilancia sobre la casa en la que Domenech permanecía cautivo.
Suárez Nelson estaba a cargo de las operaciones.
IV
Con el correr de los días, la ausencia de comunicación entre el ERP y los allegados a Domenech comenzó a irritar a los jefes del Batallón 601.
En el barrio El Rocío tampoco fue visible ningún movimiento revelador.
La vivienda sobre la cual los espías apuntaban los ojos estaba rodeada por una arboleda que favorecía la privacidad de sus ocupantes, al igual que de noche la falta de alumbrado público. Y su distancia con respecto a las casas más próximas ponía fácilmente en evidencia a los intrusos.
A los hombres del SIE no les quedó más remedio que instalar su puesto de observación en un taller
abandonado que estaba entre la Ruta 2 y la calle Chascomús, a unos doscientos metros del búnker insurgente. En ocasiones, solía dejarse ver un falso botellero con el pelo cortado a la americana y un bulto en el sobaco. También había vendedores ambulantes y barrenderos no menos ilusorios. Tenían la misión de estudiar las posibles vías de asalto. Pero sus presencias se fueron tornando aún más sospechosas que las de los propios guerrilleros.
Estos, paradójicamente, no suponían estar bajo la mira del Batallón 601.
El refugio estaba al mando de una mujer. Era la que se vio en la terraza cuando Domenech fue llevado allí. El Oso no demoró en reconocerla. Se trataba de una militante de la Zona Sur apodada “Popi”. Su nombre real era María Cristina Asconape, tenía veintiséis años y había recalado en el Gran Buenos Aires tras la detención de su pareja, ocurrida en octubre de 1974.
Hasta entonces, su vida había tenido visos de normalidad. María Cristina era instrumentista en el Hospital Ramos Mejía, trabajadora voluntaria de la Casa Cuna y también desplegaba un intenso activismo en el Sindicato de Trabajadores Municipales. Ingresó al ERP a fines de 1971. Y dio ese paso junto a Carlos Martínez, con quien se había casado poco antes. Ambos residían en un pequeño departamento ubicado en la calle Viamonte al 2700, a pocas cuadras de la Plaza Miserere.
Aquella rutina se quebró definitivamente un martes por la noche, cuando María Cristina recibió la visita de un compañero de militancia que traía una mala noticia: Carlos había sido baleado en el barrio de Palermo al resistirse a un control policial. Y estuvo tirado sobre un charco de sangre hasta que llegó una ambulancia. Ella dedujo que su esposo podría estar en el Hospital Fernández. Hacia allí partió.
En la entrada había patrulleros y otros vehículos no identificables. En los pasillos pululaban individuos sin aspecto de médicos o pacientes. Lo cierto es que ninguno reparó en aquella mujer menuda que intentaba disimular sus nervios mientras pedía un turno en la guardia. Al rato fue atendida por una médica que no tuvo una reacción adversa al enterarse del verdadero motivo de su presencia. Y reveló que Carlos estaba en cirugía. Ambas quedaron en volver a verse en una confitería de la Avenida Las Heras.
Un sexto sentido hizo que María Cristina no desconfiara de su flamante aliada. Esta acudió a la cita con una novedad: Carlos había sobrevivido al quirófano y ya se encontraba en terapia intensiva, aunque con pronóstico reservado. También informó que su convalecencia transcurría en medio de un fuerte dispositivo policial. Por último, extrajo de su cartera un preciado objeto: el DNI del hombre acribillado. Un enfermero lo había hallado entre sus ropas. En consecuencia, los uniformados aún ignoraban su nombre y domicilio. Ello le concedía a María Cristina unas horas de ventaja.
En esa misma madrugada, Popi se lanzó hacia los escarpados caminos de la clandestinidad.
A partir de entonces se movió con una identidad ficticia entre Quilmes y Berazategui, ya asimilada a la estructura logística del ERP. En ese ámbito tuvo a su cargo la preparación de un equipo de sanidad. También participó en algunas acciones armadas. Y pergeñaba un plan de fuga para Carlos, que seguía en el Fernández bajo una estricta vigilancia.
Sin embargo, el asunto sufrió una inexplicable filtración y el prisionero fue rápidamente llevado al penal de Villa Devoto. Corría febrero de 1975.
Días antes, Popi había efectuado un traslado de armas con un compañero cuya corpulencia se apretujaba ante el volante de un Renault 12. El tipo era muy extrovertido y no paraba de hablar. A la mujer le llamó la atención su actitud temeraria; se movía como si nada pudiese doblegarlo.
Popi no lo volvió a ver hasta la mañana del 12 de agosto, cuando desde la terraza reconoció su peculiar silueta apretujada esta vez ante el volante de la Falcon Rural que trajo a Domenech.
Las dos semanas posteriores transcurrieron sin ninguna variación.
La inexistencia de tratativas entre el ERP y los gerentes de Isaura seguía irritando a los jefes del Batallón 601. Y en el refugio de la calle Los Alelíes no flotaba más que la monotonía.
Los espías atrincherados en el viejo taller de la Ruta 2 hasta se habituaron a ver al cautivo cuando cada día era sacado al jardín para estirar las piernas. En tales ocasiones, lo escoltaba un muchacho de porte robusto.
El Oso lo había identificado como el “Negro Ramón”. Su nombre real era Julio Tristán Montoto y tenía veintidós años. Meses antes había combatido en Tucumán, al igual que el tercer habitante de la casa.
A este —según los dichos del infiltrado— le decían el “Gringo”; se llamaba Hugo Morgensen y acababa de cumplir los veintitrés.
Alguna vez había cursado Derecho en la Universidad de La Plata. Luego ingresó en el ERP. Y no demoró en convertirse en un cuadro militar. Tenía dos pequeños hijos y una ex mujer que no comulgaba con su militancia. Su padre tampoco. En realidad, Gustavo Morgensen —un empleado jerárquico del Plaza Hotel con ideas afines al peronismo ortodoxo— temía por la vida de Hugo: incluso, en una oportunidad, pensó en recurrir al consejo de un comisario amigo, convencido de que sería una solución adecuada. Pero, a último momento, desistió.
El Gringo, tras su regreso de Tucumán, solía pernoctar en la casa paterna, situada en la zona residencial de Berazategui. Conservó ese hábito estando ya abocado a la custodia de Domenech. Y se trasladaba de un lugar a otro en el Rastrojero gris de don Gustavo.
Los hombres del SIE, a través de un prolijo seguimiento, tomaron nota de ello. Pero seguían sin detectar una posible negociación por el rescate.
Suárez Nelson comenzó a sospechar que las partes interesadas podrían haber articulado una vía de diálogo a espaldas de los controles dispuestos por él. Esa impresión se vio robustecida por dos hechos: en la mañana del jueves 11 de septiembre sus agentes constataron que Domenech no había sido llevado a su paseo matinal y, al mediodía, el Gringo partió a bordo del Rastrojero para luego regresar manejando un Rambler Classic. El vehículo quedó estacionado junto al portón de la casa, como para que sus ocupantes pudiesen abordarlo con rapidez y sin exponerse a la vista de terceros.
Todo parecía indicar un inminente desenlace.
Al menos, el jefe de la Central de Reunión —que aún soñaba con el dinero del rescate— no dudó de
ello.
Y sin perder un instante, se comunicó con el comisario Etchecolatz.
V
Los primeros acordes del operativo policial resultaron imperceptibles.
Pasadas las 19.30, unos siete móviles sin identificación se internaron en las calles del barrio. Y lo hicieron en el mayor de los sigilos. Transportaban a treinta efectivos de la Brigada de Banfield, encabezados por el comisario Rousse y el propio Etchecolatz.
Poco después entraron en escena otros cien policías de varias comisarías del sur bonaerense. Algunos cortaron la Ruta 2, desviando el tránsito hacia el Camino General Belgrano. También fueron clausuradas todas las arterias vecinales, mientras el resto formaba un vasto cordón de seguridad en torno al refugio guerrillero. Recién entonces, los hombres de la Brigada tomaron ubicación detrás de los árboles.
Únicamente faltaba la orden para entrar en acción.
Pero los jefes policiales pretendían que la oscuridad fuese total.
Así pasó una tensa media hora, en la que sólo fue audible el canto de los grillos. Etchecolatz aprovechó ese lapso para supervisar la posición de su tropa con el fervor de un mariscal. Sin duda, confiaba en el factor sorpresa.
Pero su plan se derrumbó al ver el horizonte fracturado por una ráfaga de fuego que partía desde la terraza. Ello provocó el desbande de sus hombres.
Por unos segundos el silencio fue absoluto. Luego se escucharon algunos gemidos de dolor mezclados con voces de mando.
—¡Un médico, carajo, un médico! —gritaba un sargento, mientras sostenía a otro suboficial con un balazo en la nalga.
No lejos de allí, Rousse dirigía una mirada incómoda hacia un oficial que se debatía entre la vida y la muerte con buena parte de su masa encefálica esparcida por el pasto.
Mientras tanto, Etchecolatz bramaba órdenes que nadie parecía escuchar.
Y otra ráfaga partió desde la terraza. Esta vez, las balas inutilizaron un Torino de la Brigada. Pese a los bramidos del comisario, sus hombres volvieron a retroceder.
Por unos minutos, los policías no atinaron a moverse de sus improvisados parapetos. Después, lograron reagruparse.
En ese momento algunos uniformados abandonaron el cordón perimetral para unirse a ellos. Y todos dispararon al unísono.
Pero la réplica de los insurgentes no tardó en hacerse oír.
Etchecolatz, en medio del fuego cruzado, se tiró boca abajo. Permaneció así durante la siguiente hora.
Finalmente pudo reptar hasta la retaguardia. Sus ojos lucían más desorbitados que nunca.
Ante el cariz de los hechos, el Ejército decidió tomar cartas en el asunto, luego de que la policía provincial cursara un desesperado pedido de auxilio al Estado Mayor.
Al rato llegó al teatro de operaciones una columna de camionetas verdes. De su interior saltaron unos cincuenta efectivos armados hasta los dientes. Era un pelotón del Regimiento 7 de Infantería, con asiento en La Plata. Lo encabezaba el mismísimo jefe de la unidad, coronel Roque Carlos Presti. Y no necesitó más que un golpe de ojo para evaluar la situación.
Los destellos del fuego enemigo le permitieron entrever las formas de la pequeña fortaleza guerrillera. Pese a la lluvia de proyectiles desatada sobre su estructura, esta seguía intacta. Las balas que rebotaban sobre la puerta de hierro forjado sólo lograban emitir un tintineo perturbador. Y la terraza era una trinchera inexpugnable. Desde allí volaban granadas de guerra, ráfagas de ametralladora y disparos efectuados con un FAP.
El coronel recién apartó la vista al sentir un ardor en las retinas: el viento devolvía los gases lacrimógenos.
Al regresar sobre sus pasos advirtió la presencia de dos civiles.
Uno de ellos era el juez de turno. A viva voz había intentado mediar en el conflicto. Pero los tiros lo obligaron a refugiarse detrás de un árbol. Ahora departía amigablemente con los comisarios.
El otro estaba rodeado por un grupo de policías; era nada menos que don Gustavo. El comisario Rousse lo había hecho traer para presionar a su hijo. Pero el intento no prosperó.
A pesar de su estruendoso devenir, el combate se había estancado en una suerte de empate técnico. Sin dejar de accionar sus armas, ambos bandos se mantenían mutuamente a raya. No obstante, a los uniformados les resultaba imposible aproximarse hacia la casa. Y a sus ocupantes, iniciar la retirada.
A medianoche, la intensidad del tiroteo decreció. Ahora los del ERP únicamente disparaban ráfagas a modo de advertencia. Ello significaba que habían empezado a economizar las municiones.
Luego, los tiros cesaron.
Pero la calma no fue duradera; sólo bastó el leve sonido de unas pisadas para desatar nuevamente el infierno.
En ese instante, el coronel echó un vistazo a su reloj. El recrudecimiento de las hostilidades había despertado su impaciencia. Y valiéndose de señas, impartió una orden a un grupo de conscriptos. Ellos tardaron un minuto en montar una pieza de artillería en el descampado. Era un mortero de noventa milímetros.
La primera descarga produjo un fogonazo en la boca del caño; después iluminó el cielo al estrellarse sobre la casa. El impacto pulverizó parte del muro y el portón.
La respuesta fue una barrida de fusil, seguido por un tiro de pistola que sonó en el interior de la vivienda. Ese estampido fue diferente de todos los demás.
El segundo cañonazo hizo blanco entre el techo y la ventana. Y el tercero arrasó con la terraza.
El silencio fue, entonces, definitivo.
Al rato, soldados y policías corrieron a campo traviesa. Y el asalto final resultó un juego de niños. Don Gustavo fue obligado a reconocer in situ el cadáver de su hijo.
El Gringo yacía en la terraza, con los brazos abiertos en cruz y la mirada inmóvil. El Negro Ramón agonizaba junto al tanque de agua, con una mano estirada hacia un FAL caído a centímetros de su alcance.
Un tipo de civil se aproximó y, sin mover el brazo que llevaba pegado al cuerpo, le disparó tres veces sobre la cabeza.
De la mujer, en cambio, no había rastros. Eso sobresaltó a los presentes. Su cuerpo fue luego hallado entre los escombros.
Unas horas después, cuatro presos políticos alojados en Devoto oían en su celda el programa Leyendo las Noticias, conducido por Julio Lagos. Este arrancó la emisión con una crónica algo lavada de lo sucedido en Florencio Varela. Después, siempre con su dicción afable, dio a conocer el nombre de los muertos.
Uno de los presos palideció. Y tras un instante que fue eterno, dijo:
—Acaba de caer mi compañera.
Recién entonces, a Carlos Martínez se le humedeció la mirada.
Dicen que esa mañana, unos cuarenta presos —del ERP y Montoneros, en su mayoría— homenajearon a los tres abatidos con una formación militar efectuada en el pasillo del pabellón.
A esa misma hora, un llamado telefónico arrancó de la cama al ejecutivo Antonio Armaño. Del otro lado de la línea estaba la inconfundible voz del comisario Etchecolatz. Y sin rodeos, anunció:
Al pronunciar esas palabras, el rostro del capitán Mohamed Alí Seineldín se mantuvo imperturbable. Y el teniente coronel Videla se retiró sin atinar respuesta alguna.
Quizás, ahora, mientras regresaba de Montevideo a bordo de un pequeño avión militar, su mente haya evocado aquella vieja historia.
Tal vez lo hiciera escrutando el horizonte marrón del Río de la Plata, en cuyas aguas poco después comenzarían a ser arrojadas sus víctimas.
Posiblemente también pensara que la profundidad de su lecho estaba a la altura del escalofriante secreto que debía guardar.
Porque ya por entonces el Comandante en Jefe sabía que la estrategia de su cruzada consistía simplemente en desatar una cacería contra la sociedad civil, dado que —según su lógica— en ella estaba depositada “la fortaleza de la subversión marxista”. En otras palabras: su retaguardia.
Acerca de este asunto había departido hasta el cansancio con su maestro y único amigo, el general retirado Hugo Miatello, quien solía decir:
—En esta guerra no hay un frente palpable. Y luego, invariablemente, agregaba:
—Acá el enemigo está por todos lados.
El tipo era un erudito de la guerra de Indochina. Y se había fascinado con la fabulosa organización del Viet Minh, el ejército de liberación dirigido por Ho Chi Minh. Tanto es así que se puso a estudiar su lógica operativa con el Libro Rojo de Mao. Y veía algunas coincidencias entre la situación política del sudeste asiático —apenas a cinco meses de la derrota norteamericana en manos del Viet Cong— y la que imperaba por esos días en la Argentina.
En sus tertulias con Videla, el general retirado no dejaba de repetir que el primer paso de la lucha contrainsurgente consistía en articular el despliegue de un ejército invisible que implementara operaciones clandestinas, para así aislar a las fuerzas revolucionarias de la población. Siempre hacía hincapié en que las acciones represivas —a imagen y semejanza de las tácticas usadas por la guerrilla— debían cifrarse en el factor sorpresa. Ello hasta suponía la conveniencia de que el personal afectado a los grupos de tareas renunciara a su estampa marcial para reemplazarla por el aspecto común de cualquier civil y, en especial, el de sus enemigos; o, al menos, el que los uniformados imaginaban que estos lucían: pelo largo y barba, cierto desaliño en el vestir y, eventualmente, un Parissienes entre los labios. Asimismo, Miatello insistía con que la asimilación de los hábitos y costumbres de la guerrilla urbana no debía soslayar un detalle crucial: la actitud compartimentada entre todos los efectivos una misma unidad.
Eso sería cumplido al pie de la letra.
El Comandante en Jefe, junto a su Estado Mayor, dispuso expresamente que cada grupo de tareas se dividiría en tres áreas: Inteligencia, Logística y Operaciones. Y estas no tendrían ninguna relación entre sí; sus integrantes no conocerían la identidad de sus colegas ni compartirían con ellos espacio físico alguno. No obstante, estarían operativamente vinculadas mediante la subordinación común a un oficial superior, quien a su vez tendría una línea directa de mando con su respectivo comandante en jefe.
El Batallón 601 no sería una excepción.
III
Los coroneles Valín y Riveiro trabajaron en el tema hasta muy entrada la noche de ese viernes. Y continuaron afinando el organigrama operativo de dicha dependencia todo el fin de semana. Recién en la tarde del lunes 20 de octubre se sintieron en condiciones de exhibir sus frutos a la superioridad. Y se
presentaron inmediatamente en el Edificio Libertador.
El coronel Carlos Alberto Martínez no tardó en recibirlos.
Sobre este hombre morocho y extremadamente enjuto existía un halo de misterio. En el ámbito castrense se lo conocía como “Pelusa”, por la hirsuta vellosidad que tapizaba su nuca. Ese detalle le confería un aire primitivo, al igual que sus modales rústicos y el destello inexpresivo de sus ojos. Pero entre sus camaradas era reconocido por su refinada astucia. De hecho, no sólo se trataba de uno de los constructores del plan golpista sino que tenía en sus manos la tarea de reorganizar el aparato represivo del Ejército.
Su llegada al Estado Mayor no fue menos sorprendente.
Unas semanas antes había sido puesto al frente de la estratégica Jefatura II de Inteligencia, tras haberse desempeñado como su segundo jefe durante la gestión de Alberto Numa Laplane.
No era un secreto la estrecha relación que lo unía a este. Ni tampoco su amistad con el coronel Vicente Damasco, quien había encabezado en forma sucesiva la Secretaría General de la Presidencia y el Ministerio del Interior del actual gobierno, hasta caer en desgracia debido a las presiones ejercidas justamente por los generales Videla y Viola.
Sólo por esas afinidades, la carrera de Martínez corrió el riesgo de tener un final abrupto. Y él fue consciente de ello. Sin embargo, por algún extraño resorte del azar, la nueva cúpula decidió preservarlo.
Tal vez en esa decisión haya primado el hecho de haber sido uno de los mejores alumnos de la Escuela de las Américas, sin soslayar su paso como delegado ante la Junta Interamericana de Defensa —el organismo encargado de fijar las estrategias anticomunistas en la región—, donde cultivó buenos contactos con militares norteamericanos y de otros países.
Lo cierto es que de la noche a la mañana se vio convertido en uno de los alfiles del general Videla, quien instauró con él un ritual que mantendría por mucho tiempo: la revisión diaria de partes de inteligencia que Martínez traía cada mañana.
Ahora Pelusa leía en silencio el borrador entregado por los jefes del SIE, mientras ellos permanecían junto a su escritorio intentando descifrar por anticipado la aceptación o el rechazo de este. En realidad, aquellas hojas únicamente contenían un listado del personal operativo y un esquema de las patotas que dependerían del Batallón 601. Al cabo de unos minutos, Martínez hizo con el informe un bollito y lo arrojó al cesto.
Recién entonces alzó los ojos hacia sus visitantes, y preguntó:
—¿Alguno de ustedes sufrió de tenia? Ambos coroneles enarcaron las cejas.
Martínez, forzando un tono pedagógico, prosiguió:
—La tenia es una lombriz que puede crecer sin límite. Puede llegar a tener miles de segmentos. Y uno puede eliminarlos a todos. Pero mientras quede la cabeza, se reproduce inmediatamente.
Ambos coroneles comenzaron a entender el sentido de esa metáfora.
Martínez la redondeó:
—La subversión, señores, es como la tenia. Si no destruimos su cabeza, tendremos siempre que comenzar de nuevo.
Ambos coroneles, entonces, asintieron al unísono. Y Pelusa sonrió satisfecho.
En resumidas cuentas, el titular de la Jefatura II acababa de exponer su más preciado anhelo: atrapar a los jefes de Montoneros y del ERP.
Estaba decidido a cumplir con eso sin escatimar métodos ni recursos. Se trataba, precisamente, del “objetivo de máxima” que le había encomendado Videla. En caso de lograrlo, él sabía que su poder sería ilimitado.
Y los jefes del Batallón 601 acababan de comprender que su suerte estaba irremediablemente atada a la providencia de aquel hombre.
En ese clima entre grave e íntimo, Martínez se permitió una confidencia, no sin antes exigir la máxima reserva por parte de sus interlocutores.
Ellos, aguijoneados por la curiosidad, juraron ser una tumba.
Eso bastó para que Pelusa revelara la existencia de un equipo operativo que —en el mayor de los secretos y a espaldas de los otros comandantes— ya se encontraba trabajando con exclusividad en una misión crucial: capturar vivo o muerto al líder del ERP, Mario Roberto Santucho.
Según su explicación, tamaño trofeo consolidaría de modo incontrastable el liderazgo del Ejército en el seno de las Fuerzas Armadas.
Finalmente, agregó:
—Puse al mando de esto a uno de mis mejores hombres. Y extendió una carpeta.
Era el legajo del hombre en cuestión. En la primera hoja estaba su foto.
El jefe del SIE no tardó en reconocer en ese rostro ligeramente perruno al individuo de anteojos espejados que unos días antes le había entregado en mano la Directiva 404/75. Se trataba del capitán Juan Carlos Leonetti.
Martínez, entonces, anunció:
—Desde ahora, el capitán trabajará con ustedes en forma conjunta. Sin chistar, los coroneles volvieron a asentir.
A continuación, Pelusa despejó con un brazo la superficie del escritorio para convertirlo en una improvisada mesa de arena. Entonces, utilizando un pisapapeles y algunos sellos, reprodujo la estructura operativa que había ideado junto con el general Roberto Viola.
De ese modo comunicó que la “lucha antisubversiva” tendría un sistema piramidal. Y graficó sus palabras colocando esos sellos entre los catetos de un triángulo imaginario. Luego, dijo:
—En la base estarán concentrados los grupos de tareas pertenecientes a los destacamentos de
inteligencia de cada comando.
Se refería, claro, al vasto tejido territorial formado por los cinco cuerpos del Ejército, con sus respectivas zonas, subzonas y áreas. Y puntualizó que todas estas unidades clandestinas de combate gozarían de autonomía para efectuar secuestros, interrogatorios y ejecuciones. Pero los resultados obtenidos en esas tres fases debían ser inmediatamente elevados al Batallón 601, el cual tendrá a su cargo la dirección táctica y estratégica de la “guerra sucia”. Al respecto, señaló que por sus entrañas también correrían todas las informaciones reunidas por los servicios de la Fuerza Aérea y la Armada, como paso previo de su envío a los comandantes en jefe.
A esa altura de su exposición, Martínez golpeó el pisapapeles contra el vértice de la pirámide. Y se oyó un ruido seco.
Así saltó hacia otro capítulo de su extenso monólogo.
Entonces recordó que el esquema de la guerrilla también era piramidal. Y que la contrainsurgencia consistía en reconstruir las zonas invisibles de dicha estructura, para así poder aniquilarla. Y se permitió un ejemplo:
—Se puede empezar, simplemente, por el perejil que pega afiches… Tas encender un cigarrillo, completó:
—Con el perejil en nuestras manos, hay que seguir las ramificaciones.
En resumidas cuentas, su plan estratégico se basaba en quebrar el secreto que justificaba la naturaleza celular de las organizaciones armadas. Y partía de la siguiente premisa: cada militante sólo está en contacto con otros tres o cuatro; entre ellos, su responsable. Por lo tanto, la misión de las patotas era localizar a los componentes de ese tejido y así ascender hacia su jefatura.
Martínez golpeó otra vez el pisapapeles contra el escritorio, y dijo:
—La clave de esto es la información. Y su método, el interrogatorio.
Por último, con un dejo de orgullo, confió a sus dos subordinados que el enlace entre el aparato represivo propiamente dicho y la cúpula militar sería justamente él. En un sentido inverso, las órdenes y directivas impartidas por los jefes máximos de las Fuerzas Armadas también tendrían que pasar primero por su persona y, luego, por el SIE, antes de llegar a su destinatario final.
De hecho, el coronel Martínez —ya a punto de ascender a general— había tomado a su cargo la coordinación de la llamada Comunidad Informativa, integrada también por sus pares de las otras fuerzas: el capitán de navío Lorenzo de Montmollin y el brigadier Francisco Salinas. De ese ámbito participaban además los jefes de Inteligencia de cada cuerpo del Ejército, el director de la Escuela de Inteligencia y el secretario de la SIDE. Todos ellos —al igual que los jefes del Batallón 601— respondían directamente a sus órdenes.
Al concluir el cónclave, Pelusa acompañó a los coroneles hasta la puerta. Al despedirlos, su cara adquirió un rictus solemne y preocupado.
Y pronunció las siguientes palabras:
—Que Dios nos ilumine.
IV
Valín y Riveiro regresaron al edificio de la calle Viamonte con un aspecto exultante. No era para menos: en la cadena de mandos de aquella cruzada, ellos se habían convertido en el tercer eslabón.
Para festejarlo, Balita acudió nuevamente al whisky. Valín, en cambio, trabajó en soledad hasta la madrugada.
El plan estratégico del Estado Mayor exigía la puesta a punto del Batallón 601; había que aceitar cada una de sus piezas de acuerdo a las necesidades del flamante escenario represivo.
A tal efecto, durante la mañana del martes, el jefe del SIE convocó a sus más estrechos colaboradores en un salón del sexto piso.
Minutos después, Valín salió del ascensor para sumergirse en un pasillo tan laberíntico como mal iluminado, cuyo único vestigio de vida era una solitaria cartelera con fichas y fotografías de prontuario. También había dos hileras de oficinas estancas por cuyas paredes no se filtraba ruido alguno.
Allí funcionaba la Central de Reunión.
Esa unidad era nada menos que el corazón del Batallón 601. Había sido creada en 1970, a meses del Cordobazo y en coincidencia con la aparición de las primeras organizaciones armadas. Desde entonces jamás dejó de operar. En la actualidad, circulaba hacia sus aurículas un flujo incesante de informes, datos y delaciones. Sus agentes eran nada menos que la elite de la inteligencia militar.
Y, ahora, sus cabecillas departían con Valín.
Entre ellos había dos tenientes coroneles —Jorge Suárez Nelson y Mario Gómez Arenas— y un individuo cincuentón al que sus camaradas llamaban “Hornos”. Se trataba del mayor retirado Santiago Manuel Hoya.
Su trayectoria ya por entonces resultaba picante. Participaba en acciones represivas desde los tiempos de Onganía. Y también había sido el principal enlace entre el Ejército y la Triple A.
Ahora, en la mañana de ese martes, observaba con atención al jefe. Valín sorprendió a los presentes con una pregunta:
—¿Alguno de ustedes sufrió de tenia? Todos enarcaron las cejas.
Entonces, tras un estudiado silencio, el jefe del SIE repitió con idénticas palabras la metáfora parasitológica escuchada el día anterior en boca de Pelusa. Al finalizar, sonrió satisfecho.
En esa ocasión, el coronel anunció la inminente puesta en funcionamiento de cinco grupos de tareas en jurisdicción de la llamada Zona Uno, la cual abarcaba casi toda la provincia de Buenos Aires y La Pampa. La primera de esas unidades clandestinas dependería justamente de la Central de Reunión, siendo afectada a la lucha contra el ERP, pero además actuaría sobre ciertos objetivos montoneros.
Valín hizo una pausa para medir el entusiasmo del auditorio.
Luego carraspeó, antes de asegurar que el personal a su mando tendría recursos ilimitados e independencia operativa. Eso significaba que ninguno de los presentes daría cuenta de sus acciones a otra autoridad que no fuera la jefatura del Batallón 601.
Todos se mostraron sumamente satisfechos.
Y Valín, tras estrechar la mano a cada uno, se retiró del lugar con el gesto adusto de quien acaba de sellar un pacto secreto.
Mientras tanto, otras prioridades represivas eran tratadas en un pequeño cubículo a metros de allí.
—Hace tres días que el tipo no asoma la nariz. No tuvo visitas y tampoco usó el teléfono.
La frase había sido dicha con cierta desilusión por el hombre que estaba detrás de un escritorio atiborrado de papeles.
—Es evidente que algo está esperando —razonó su interlocutor. No era otro que Riveiro.
Y se refería a la enigmática presencia en Argentina del militante del MIR chileno, Jean Claudet Fernández.
Setenta y dos horas antes, un grupo del Batallón 601 se hizo cargo de su seguimiento, relevando así al equipo de la DINA que lo había detectado en un departamento de Barrio Norte. Ese breve lapso bastó para establecer un sólido cerco en torno a esa vivienda, situada en el cuarto piso de un edificio de la calle Montevideo, a pocos metros de la Avenida Santa Fe. El contrato de locación estaba a nombre de una mujer llamada Alicia Carbonell, quien mantenía una relación sentimental con el hombre del MIR.
Este ahora se hallaba debidamente “ovejeado”. Ello quería decir que sus perseguidores ya habían explorado las vías de aproximación hacia él. Y, además, creían estar al tanto de sus hábitos, entre los cuales se destacaba su aparente obsesión por permanecer enclaustrado en dicho domicilio.
Las “penetraciones técnicas” del caso fueron realizadas por agentes que simularon ser empleados de Gas del Estado. El teléfono estaba intervenido y también se instalaron micrófonos en los pasillos y en el ascensor. Ambos dispositivos eran controlados desde una camioneta estacionada sobre la avenida. Asimismo, había otro vehículo listo para ir tras cualquier persona que tomara contacto con Claudet.
Pero eso aún no había sucedido.
Y tal circunstancia impacientaba a quienes lo tenían en la mira.
—Algo está esperando —repitió Balita, esta vez con los dientes apretados.
El coronel estaba convencido de que, tarde o temprano, su presa se relacionaría con algún dirigente del ERP. Al fin y al cabo, esa organización estaba vinculada estratégicamente al MIR a través de la Junta Coordinadora Revolucionaria (JCR), una alianza entre las guerrillas de Argentina, Chile, Bolivia y Uruguay.
El coronel también era consciente de que los agentes de la DINA —sus socios en el asunto— tenían más apuro que él en interrogarlo. Ellos suponían que Claudet podría conducirlos hacia Edgardo Enríquez,
uno de los jefes máximos del MIR, quien estaba refugiado en algún lugar de Argentina.
Balita, sin embargo, decidió redoblar su apuesta. Y lo expresó así:
—Vamos a darle a nuestro pajarito unos días más de vuelo. Y tras una breve pausa, agregó:
—Aunque la marica se ponga a chillar.
Se refería, obviamente, a Enrique Arancibia Clavel.
El hombre sentado detrás del escritorio no evitó una risita maliciosa.
Ese signo de distensión le dio pie a Balita para empinarse un generoso trago de whisky del pico de su petaca personal. Luego se aflojó el nudo de la corbata y comenzó a reflexionar en voz alta sobre las novedades surgidas en los últimos días.
Su monólogo abarcó comentarios acerca de la Directiva 404/75 y detalles del encuentro celebrado con el coronel Martínez.
En ese punto, empinó otro trago. Y ello agravó su locuacidad.
Fue así como quebró el pacto de silencio que acordara con el titular de la Jefatura II, al revelar la existencia del grupo secreto del capitán Leonetti.
El hombre del escritorio se sorprendió al oír tal apellido. Y dijo:
—Ese muchacho es un protegido del Comandante en Jefe. Esta vez fue Balita el asombrado, y quiso saber más.
El otro, entonces, pasó a explicar que ambos compartían el mismo origen geográfico: la ciudad bonaerense de Mercedes, donde el padre de Videla había sido jefe del Regimiento 6 de Infantería. Y el progenitor del capitán, uno de sus oficiales. Las dos familias eran vecinas, frecuentaban el mismo círculo social y los domingos coincidían en las misas de la basílica Nuestra Señora de las Mercedes. El futuro dictador incluso solía sentar al joven oficial sobre su falda, cuando este, claro, era sólo un niño. Y ahora, después de casi seis lustros, Videla había colocado a Leonetti bajo su ala.
El hombre concluyó su exposición con una velada advertencia:
—El Comandante en Jefe tiene muchas expectativas puestas en él.
Riveiro asimiló la frase con preocupación. Temía que la familiaridad de Leonetti con el jefe del Ejército enturbiara en el ámbito del Batallón 601 el sagrado sentido de la cadena de mandos. Pero no dijo nada. El tipo que estaba con él, tampoco.
Este era un agente histórico de la casa. Había ingresado al SIE en 1970 y con el tiempo se transformó en un avezado cuadro de la inteligencia militar. Ahora era el jefe de la llamada División de Situación General. Y su trabajo apuntaba hacia diferentes direcciones. Una era el ERP.
Nadie en el Batallón 601 sabía tanto sobre esa organización como él.
Balita comprendió de golpe que eso podría ser una ventaja en caso de que la llegada de Leonetti derivase en una intromisión.
Pero tampoco dijo nada al respecto.
Tal vez el otro haya adivinado el sentido de sus cavilaciones. Al menos, su mirada sugería eso. Aquel hombre desconcertaba al coronel.
A pesar de ser un militar de carrera, su porte no era demasiado marcial; tenía el cabello levemente rizado, hombros caídos y edad incierta. Parecía un empleado municipal. Los colegas le decían el “Viejo”. Y él se obstinaba en utilizar otras identidades de fantasía: “Fernando Estevarena”, “Doctor Peña” o, simplemente, “Peirano”.
En realidad, se trataba del mayor Carlos Antonio Españadero. Y sus pares lo consideraban un verdadero burócrata del espionaje.
Su especialidad era el análisis y la valoración de informaciones que —en la etapa previa a las desapariciones masivas— se basaban por lo general en denuncias, infidencias o simples presunciones. Esa tarea le había permitido armar un valioso archivo con fichas sobre cientos de personas sospechadas de llevar a cabo “actividades subversivas”. Muchas de ellas no tardaron en ser secuestradas y conducidas a las catacumbas del Ejército.
Paralelamente, el mayor cultivaba otra de sus habilidades: el doblaje y la penetración del enemigo.
Tanto es así que desde mediados de 1974 estaba al frente de una pequeña pero auspiciosa red de agentes que él mismo había elegido y entrenado con el propósito de infiltrar a las principales organizaciones revolucionarias.
Sus primeros logros al respecto ya estaban a la vista. El más resonante de ellos había sucedido apenas cinco semanas antes.
Capítulo cuatro
NOTICIA DE UN SECUESTRO
Para el mayor Carlos Españadero, el 12 de septiembre de 1975 comenzó exactamente a las 4.45 de la mañana, cuando los timbrazos de su beeper se le colaron en el sueño. El militar, aún adormilado, oprimió el activador. Y el aparato acribilló por segunda vez el silencio de la madrugada propalando una voz que sólo dijo: “Abonado 086, concurra a la casa de su madre”. En el hermético lenguaje de su oficio, ello significaba que debía presentarse de inmediato en el edificio de la calle Viamonte. Sus párpados se abrieron de golpe.
El vehículo del hombre que también se hacía llamar Peirano demoró unos veinte minutos en atravesar a toda velocidad la distancia entre su domicilio de Avellaneda y la sede del Batallón 601.
Por el horario, aquel lugar parecía desierto. Y la luz del recibidor era más débil que nunca. Tanto es así que tuvo dificultades para enfocar los ojos sobre el guardia que le franqueó la entrada. Aquel tipo le hizo saber que los altos mandos de la casa lo estaban esperando. Españadero enfiló con apuro hacia un ascensor situado a la derecha del hall.
En el sexto piso reinaba un clima expectante.
Para su sorpresa, entre los presentes había un general canoso y corpulento a quien no demoró en identificar. Era el segundo jefe del Estado Mayor. Su nombre: Leopoldo Fortunato Galtieri. A simple vista, no tenía el aspecto de quien había pasado una buena noche; aun así, lucía enfervorizado.
El coronel Alfredo Valín lo trataba con deferencia.
El coronel José Osvaldo Riveiro [Balita] se apresuró a arrimarle su encendedor cuando puso un cigarrillo entre los labios.
Otros oficiales permanecían en un segundo plano. Y Españadero se sumó a ellos.
Recién entonces, supo el motivo de la convocatoria.
En resumidas cuentas, horas antes se había producido un enfrentamiento armado con una célula guerrillera, la cual había sido sitiada por fuerzas policiales en una casa de Florencio Varela. Estas, al no poder doblegar la resistencia de los irregulares, resolvieron solicitar refuerzos al Ejército. Así fue como acudió allí un grupo de combate del Regimiento 7 de Infantería, con asiento en La Plata.
El teniente coronel Jorge Suárez Nelson —quien por entonces encabezaba la Central de Reunión— fue el encargado de informar la novedad.
Y esa novedad contenía un detalle para tomar en cuenta: sin considerar el Operativo Independencia ni los actos de guerra sucedidos en instalaciones militares durante ataques guerrilleros, era la primera desde el retorno de la democracia que tropas del Ejército participaban de una acción militar de carácter interno.
Eso desató entre la concurrencia un murmullo triunfalista.
Hasta que la voz aguardentosa de Galtieri se impuso en el espacio para reclamar precisiones. Suárez Nelson, entonces, aclaró:
—Esta operación, mi general, fue consecuencia de un minucioso trabajo de inteligencia efectuado por personal a mi mando.
Lo cierto es que los agentes del SIE —veinticuatro días antes de firmarse los decretos de aniquilamiento— ya mantenían un inflexible dispositivo de vigilancia sobre una variada gama de organizaciones políticas, estudiantiles y sindicales. Sin embargo, al tener aún vedada su participación en acciones represivas de carácter urbano, sólo se limitaban a proporcionar datos de inteligencia a los grupos policiales y parapoliciales abocados a la “lucha antisubversiva”. Y delegaban en ellos las operaciones propiamente dichas.
Pero en esta oportunidad, el extraordinario poder de fuego exhibido por los insurgentes tornó imperiosa la intervención militar.
Suárez Nelson, al respecto, dijo:
—Era una célula del ERP.
Y con un dejo de suficiencia, agregó:
—Todos sus integrantes fueron abatidos.
Alguien entonces quiso saber a cuántos integrantes se refería.
—Estamos hablando de tres extremistas —fue su respuesta. Al pronunciar esas palabras, la suficiencia se le disipó.
Pero aun así tuvo aliento para admitir la existencia de un cuarto cadáver entre los escombros de la vivienda.
—¿Y ese quién carajo era? —preguntó el hombre del Estado Mayor. La respuesta esta vez corrió por cuenta del coronel Valín:
—Era un empresario secuestrado.
En ese instante, el mayor Españadero quedó perplejo.
II
La primicia del episodio fue irradiada al filo del amanecer por el Rotativo del Aire de Radio
Rivadavia. Rápidamente, otras emisoras se hicieron eco del asunto, aunque sin aportar mayores detalles. Al parecer, se basaban en un escueto comunicado distribuido por la jefatura de la Policía Bonaerense. Sin embargo, el hecho prometía monopolizar la agenda periodística de ese viernes. A tal efecto, una verdadera horda de cronistas y reporteros gráficos fue confluyendo con el correr de las horas hacia la casa de Florencio Varela en donde habían transcurrido los acontecimientos. Su estructura exhibía las marcas de la refriega. Por la tarde, el vespertino Última Hora —que suplía al clausurado diario Crónica
— ilustró su tapa con un primerísimo plano de esa fachada y un título elocuente: “Destruyen a cañonazos reducto guerrillero”.
La noticia impresionó de manera muy especial a uno de sus lectores.
En parte, porque sólo le bastó un golpe de ojo para reconocer en aquella fotografía un sitio que le era irremediablemente conocido.
Pero su asombro fue mayor al toparse con el siguiente dato: “Entre los muertos estaba el ejecutivo de la firma Isaura, Luis León Domenech, quien fuera secuestrado el 12 de agosto pasado”.
El hombre que leía el diario no había calculado un epílogo semejante. Y tal imprevisión le produjo un ramalazo de incertidumbre. Quizás entonces haya recordado el inicio de aquella historia.
Hacía exactamente un mes, tres automóviles atravesaron sigilosamente la zona residencial de Banfield, hasta llegar a la esquina de Hipólito Irigoyen y Vieytes. El Peugeot 504 blanco que encabezaba la fila estacionó a media cuadra del único chalet que había en la manzana; otro vehículo del mismo modelo, pero color turquesa, lo hizo unos cincuenta metros más adelante. Y el tercero —una Ford Falcon Rural con cúpula metálica— siguió su marcha y recién se detuvo en un callejón cortado por las vías del ferrocarril, a casi un kilómetro de allí. Eran las 8 de la mañana.
Veinte minutos después, alguien abrió el portón de la propiedad. Y del frondoso jardín emergió un Chevrolet 400. A la distancia fue visible que su único ocupante lucía una calva tipo Yul Brynner y enormes anteojos con marco de carey. Se trataba de Domenech.
Este contador público de setenta y dos años no imaginaba que durante los últimos días su rutina había sido minuciosamente estudiada a través de un eficaz sistema de guardias y seguimientos.
Así fue como los encargados de esa tarea pudieron saber que, de lunes a viernes, tras desayunar con su familia —compuesta por su esposa, una hija recientemente separada y dos pequeños nietos—, Domenech solía abandonar su domicilio entre las 8.15 y las 8.30 siempre a bordo del mismo vehículo. Y lo hacía sin custodia ni chofer. Por lo general, demoraba unos treinta y cinco minutos en llegar a un edificio situado en la calle Suipacha 268, del microcentro porteño. En el quinto piso estaban las oficinas de la petrolera Isaura. Y él era nada menos que su gerente general.
Esa mañana, el Chevrolet enfiló con cierto apuro por Hipólito Irigoyen. A partir de entonces, todo fue vertiginoso.
Súbitamente, el Peugeot turquesa se interpuso en su camino. Al hacerlo, sus neumáticos chirriaron. Domenech, preso de la desesperación, sólo atinó a poner el cambio en reversa. Pero el Peugeot blanco ya
lo había encerrado por atrás. En ese instante se vio rodeado por tres hombres que empuñaban armas cortas. Y en menos de tres segundos fue subido al vehículo turquesa. Sus anteojos quedaron aplastados sobre el asfalto.
El Peugeot tardó unos minutos en llegar al callejón donde se encontraba la camioneta ya con el motor en marcha. Un integrante del grupo comando se acomodó junto al chofer, mientras el resto ascendía a la caja. Domenech terminó sentado sobre la rueda de auxilio.
Durante la travesía, nadie pronunció palabra alguna.
Para evitar avenidas con tránsito, pinzas policiales y otras sorpresas, la camioneta dejó atrás la zona de Banfield utilizando caminos alternativos. Luego, bordeando el extremo norte de Almirante Brown, llegó a Florencio Varela. Su recorrido continuó por la Ruta 2. Y tras cruzar la estación de Bosques, giró en dirección a un viejo puente de hierro para internarse en un camino angosto que apuntaba al oeste. De esa manera ingresó a un humilde barrio llamado El Rocío, cuyas calles, pese a su desolación, tenían nombres de flores. La camioneta frenó en la esquina de Los Alelíes y Las Orquídeas.
Allí sólo había una antigua casa en medio de un descampado. Y de la nada aparecieron dos muchachos.
En un abrir y cerrar de ojos, Domenech pasó a sus manos.
Otra silueta —acaso de mujer— permanecía agazapada en la terraza.
La camioneta recién volvió a arrancar cuando el anciano y sus flamantes anfitriones se perdieron tras la puerta. El chofer —un militante afectado a la estructura logística del ERP— soltó entonces un suspiro de alivio.
Era el mismo hombre que cuatro semanas después descubriría en la tapa de un diario el sangriento final del asunto.
Ya se sabe que ello desató su nerviosismo. Y su única reacción fue correr hacia un teléfono público.
Mientras esperaba ser atendido, es probable que su mente haya regresado otra vez a las circunstancias de ese ya remoto martes 12 de agosto.
A media mañana, tras abandonar la camioneta en una esquina de Bernal, subió a un tren que lo condujo hacia la estación de Villa Dominico. Desde ese lugar caminó unos cien metros, hasta llegar a una modesta casa ubicada en la calle Salvador Soreda al 4900. Era su domicilio. Lo compartía con su mujer y los dos hijos que esta había tenido en un matrimonio anterior. Pero ninguno de ellos estaba allí. En cambio, advirtió otra presencia. La de un individuo de mediana edad, vestido con una gastada camisa de trabajo. Y tomaba mate en la cocina con la mayor naturalidad del mundo.
El dueño de casa solía presentarlo en el vecindario como su tío. En esa ocasión, le dispensó un efusivo saludo. Y dijo:
—Todo salió a pedir de boca. Pero el otro quiso saber más.
Su interlocutor entonces efectuó un minucioso resumen de lo acontecido, incluyendo la dirección en la
que Domenech permanecía confinado y un perfil de sus depositarios. Por último, escupió la cifra que el ERP exigiría por él: seis millones de dólares.
En ese instante, al presunto tío le brillaron los ojos. No era otro que el mayor Españadero.
Y ahora, en el atardecer del 12 de septiembre, luego de varios intentos telefónicos fallidos, su voz afloró desde el otro lado de la línea para serenar al hombre que se había infiltrado en el ERP.
Aquella noche, Rafael de Jesús Ranier —cuyo apodo era el “Oso”— pudo dormir en paz.
III
Tras la emboscada a Domenech en la esquina de Irigoyen y Vieytes, el diario La Unión, de Lomas de Zamora, publicó unas líneas al respecto. La única repercusión fue una visita efectuada por un comisario de la Brigada de Banfield a su editor para anticiparle los problemas que sufriría en caso de insistir con el tema. Desde entonces, ese secuestro se mantuvo en el más riguroso de los secretos.
Y en ello también tuvo que ver otra circunstancia: el ERP no difundió el hecho, dado que —en este caso— su móvil era sólo económico; por entonces, las finanzas de la organización no atravesaban por un buen momento.
La noticia había llegado a las oficinas de Isaura por vía telefónica. Fue la propia hija del damnificado quien transmitió lo ocurrido al presidente de la firma, José María Elicabe. Este no tardó en convocar una urgente reunión de directorio para elegir a los encargados de negociar el rescate. Allí estuvo el gerente de comercialización, Antonio Armaño.
Se trataba de un hombre de cuarenta años. Había ingresado a la empresa como empleado raso. En la actualidad, era la mano derecha de Domenech.
Armaño jamás pensó que el veterano ejecutivo podría ser víctima de un hecho de esa naturaleza. Aunque este, unos días antes, le había manifestado su temor ante un posible secuestro. Para colmo, dicho presentimiento tenía un valor agregado: debido a los problemas financieros que vivía la industria petrolera tras la nacionalización de las bocas de expendio, Isaura no estaba en condiciones de afrontar una contingencia semejante. Para reforzar tal concepto, Domenech recurrió a un ejemplo irrebatible: los doce millones de dólares pagados a cambio de Víctor Samuelsson, un ejecutivo de la Esso raptado en 1974 por el ERP.
En aquella conversación, Armaño intentó tranquilizar a su jefe apelando a su sentido del humor, y dijo:
—Don Luis, vaya siempre con un balance de Isaura en el bolsillo. Ahora se arrepentía de aquellas palabras.
En la noche de ese mismo martes, tras aguardar vanamente el llamado de los secuestradores, se decidió hacer la denuncia policial. Con ese propósito, Armaño y Elicabe partieron hacia Lomas de Zamora. Media hora después ingresarían a un sombrío edificio ubicado en la calle Vernet al 1200. Allí
funcionaba la Brigada de Investigaciones de Banfield. En el patio lindante a la oficina de guardia había un vehículo estacionado; era nada menos que el Chevrolet de Domenech. A los recién llegados les costó sobreponerse a la impresión. Luego fueron recibidos por un hombre alto y esmirriado que se manejaba con una helada cortesía. Era el comisario Alberto Rousse.
El encuentro fue breve, pero plagado de tensión.
Los denunciantes aún no se habían acomodado en sus asientos cuando el uniformado les soltó la siguiente inquietud:
—¿Esta persona tenía deudas de juego? La respuesta, desde luego, fue negativa.
—¿Y líos de polleras?
La respuesta esta vez quedó inconclusa debido a la sorpresiva irrupción de un individuo que escrutó con ojos desorbitados a los presentes. Era el comisario Miguel Etchecolatz.
Y obviando toda forma de saludo, se apresuró en aclarar:
—Todavía no sabemos si los secuestradores son delincuentes comunes o subversivos. Rousse aprobó la frase con un leve cabeceo, a sabiendas de que el otro no decía la verdad.
Horas antes, ambos habían estado con un emisario del Batallón 601. Este los puso al tanto de la información proporcionada por el Oso Ranier. Pero omitiendo deliberadamente la posible cifra del rescate. Y se retiró luego de impartir una orden: no actuar por el momento.
Armiño y Elicabe, con la perplejidad intacta, regresaron sobre el filo de la medianoche al edificio de la calle Suipacha. Entonces supieron que aún no se había producido el contacto con los secuestradores.
El coronel Valín y los suyos ya estaban enterados de esa circunstancia.
En el transcurso de la tarde, todos los teléfonos de la empresa habían sido intervenidos. Igual suerte corrieron las líneas particulares de sus directivos. En paralelo, un grupo de agentes controlaba la sede de Isaura desde la calle. Y otro ya exploraba el terreno para establecer una discreta vigilancia sobre la casa en la que Domenech permanecía cautivo.
Suárez Nelson estaba a cargo de las operaciones.
IV
Con el correr de los días, la ausencia de comunicación entre el ERP y los allegados a Domenech comenzó a irritar a los jefes del Batallón 601.
En el barrio El Rocío tampoco fue visible ningún movimiento revelador.
La vivienda sobre la cual los espías apuntaban los ojos estaba rodeada por una arboleda que favorecía la privacidad de sus ocupantes, al igual que de noche la falta de alumbrado público. Y su distancia con respecto a las casas más próximas ponía fácilmente en evidencia a los intrusos.
A los hombres del SIE no les quedó más remedio que instalar su puesto de observación en un taller
abandonado que estaba entre la Ruta 2 y la calle Chascomús, a unos doscientos metros del búnker insurgente. En ocasiones, solía dejarse ver un falso botellero con el pelo cortado a la americana y un bulto en el sobaco. También había vendedores ambulantes y barrenderos no menos ilusorios. Tenían la misión de estudiar las posibles vías de asalto. Pero sus presencias se fueron tornando aún más sospechosas que las de los propios guerrilleros.
Estos, paradójicamente, no suponían estar bajo la mira del Batallón 601.
El refugio estaba al mando de una mujer. Era la que se vio en la terraza cuando Domenech fue llevado allí. El Oso no demoró en reconocerla. Se trataba de una militante de la Zona Sur apodada “Popi”. Su nombre real era María Cristina Asconape, tenía veintiséis años y había recalado en el Gran Buenos Aires tras la detención de su pareja, ocurrida en octubre de 1974.
Hasta entonces, su vida había tenido visos de normalidad. María Cristina era instrumentista en el Hospital Ramos Mejía, trabajadora voluntaria de la Casa Cuna y también desplegaba un intenso activismo en el Sindicato de Trabajadores Municipales. Ingresó al ERP a fines de 1971. Y dio ese paso junto a Carlos Martínez, con quien se había casado poco antes. Ambos residían en un pequeño departamento ubicado en la calle Viamonte al 2700, a pocas cuadras de la Plaza Miserere.
Aquella rutina se quebró definitivamente un martes por la noche, cuando María Cristina recibió la visita de un compañero de militancia que traía una mala noticia: Carlos había sido baleado en el barrio de Palermo al resistirse a un control policial. Y estuvo tirado sobre un charco de sangre hasta que llegó una ambulancia. Ella dedujo que su esposo podría estar en el Hospital Fernández. Hacia allí partió.
En la entrada había patrulleros y otros vehículos no identificables. En los pasillos pululaban individuos sin aspecto de médicos o pacientes. Lo cierto es que ninguno reparó en aquella mujer menuda que intentaba disimular sus nervios mientras pedía un turno en la guardia. Al rato fue atendida por una médica que no tuvo una reacción adversa al enterarse del verdadero motivo de su presencia. Y reveló que Carlos estaba en cirugía. Ambas quedaron en volver a verse en una confitería de la Avenida Las Heras.
Un sexto sentido hizo que María Cristina no desconfiara de su flamante aliada. Esta acudió a la cita con una novedad: Carlos había sobrevivido al quirófano y ya se encontraba en terapia intensiva, aunque con pronóstico reservado. También informó que su convalecencia transcurría en medio de un fuerte dispositivo policial. Por último, extrajo de su cartera un preciado objeto: el DNI del hombre acribillado. Un enfermero lo había hallado entre sus ropas. En consecuencia, los uniformados aún ignoraban su nombre y domicilio. Ello le concedía a María Cristina unas horas de ventaja.
En esa misma madrugada, Popi se lanzó hacia los escarpados caminos de la clandestinidad.
A partir de entonces se movió con una identidad ficticia entre Quilmes y Berazategui, ya asimilada a la estructura logística del ERP. En ese ámbito tuvo a su cargo la preparación de un equipo de sanidad. También participó en algunas acciones armadas. Y pergeñaba un plan de fuga para Carlos, que seguía en el Fernández bajo una estricta vigilancia.
Sin embargo, el asunto sufrió una inexplicable filtración y el prisionero fue rápidamente llevado al penal de Villa Devoto. Corría febrero de 1975.
Días antes, Popi había efectuado un traslado de armas con un compañero cuya corpulencia se apretujaba ante el volante de un Renault 12. El tipo era muy extrovertido y no paraba de hablar. A la mujer le llamó la atención su actitud temeraria; se movía como si nada pudiese doblegarlo.
Popi no lo volvió a ver hasta la mañana del 12 de agosto, cuando desde la terraza reconoció su peculiar silueta apretujada esta vez ante el volante de la Falcon Rural que trajo a Domenech.
Las dos semanas posteriores transcurrieron sin ninguna variación.
La inexistencia de tratativas entre el ERP y los gerentes de Isaura seguía irritando a los jefes del Batallón 601. Y en el refugio de la calle Los Alelíes no flotaba más que la monotonía.
Los espías atrincherados en el viejo taller de la Ruta 2 hasta se habituaron a ver al cautivo cuando cada día era sacado al jardín para estirar las piernas. En tales ocasiones, lo escoltaba un muchacho de porte robusto.
El Oso lo había identificado como el “Negro Ramón”. Su nombre real era Julio Tristán Montoto y tenía veintidós años. Meses antes había combatido en Tucumán, al igual que el tercer habitante de la casa.
A este —según los dichos del infiltrado— le decían el “Gringo”; se llamaba Hugo Morgensen y acababa de cumplir los veintitrés.
Alguna vez había cursado Derecho en la Universidad de La Plata. Luego ingresó en el ERP. Y no demoró en convertirse en un cuadro militar. Tenía dos pequeños hijos y una ex mujer que no comulgaba con su militancia. Su padre tampoco. En realidad, Gustavo Morgensen —un empleado jerárquico del Plaza Hotel con ideas afines al peronismo ortodoxo— temía por la vida de Hugo: incluso, en una oportunidad, pensó en recurrir al consejo de un comisario amigo, convencido de que sería una solución adecuada. Pero, a último momento, desistió.
El Gringo, tras su regreso de Tucumán, solía pernoctar en la casa paterna, situada en la zona residencial de Berazategui. Conservó ese hábito estando ya abocado a la custodia de Domenech. Y se trasladaba de un lugar a otro en el Rastrojero gris de don Gustavo.
Los hombres del SIE, a través de un prolijo seguimiento, tomaron nota de ello. Pero seguían sin detectar una posible negociación por el rescate.
Suárez Nelson comenzó a sospechar que las partes interesadas podrían haber articulado una vía de diálogo a espaldas de los controles dispuestos por él. Esa impresión se vio robustecida por dos hechos: en la mañana del jueves 11 de septiembre sus agentes constataron que Domenech no había sido llevado a su paseo matinal y, al mediodía, el Gringo partió a bordo del Rastrojero para luego regresar manejando un Rambler Classic. El vehículo quedó estacionado junto al portón de la casa, como para que sus ocupantes pudiesen abordarlo con rapidez y sin exponerse a la vista de terceros.
Todo parecía indicar un inminente desenlace.
Al menos, el jefe de la Central de Reunión —que aún soñaba con el dinero del rescate— no dudó de
ello.
Y sin perder un instante, se comunicó con el comisario Etchecolatz.
V
Los primeros acordes del operativo policial resultaron imperceptibles.
Pasadas las 19.30, unos siete móviles sin identificación se internaron en las calles del barrio. Y lo hicieron en el mayor de los sigilos. Transportaban a treinta efectivos de la Brigada de Banfield, encabezados por el comisario Rousse y el propio Etchecolatz.
Poco después entraron en escena otros cien policías de varias comisarías del sur bonaerense. Algunos cortaron la Ruta 2, desviando el tránsito hacia el Camino General Belgrano. También fueron clausuradas todas las arterias vecinales, mientras el resto formaba un vasto cordón de seguridad en torno al refugio guerrillero. Recién entonces, los hombres de la Brigada tomaron ubicación detrás de los árboles.
Únicamente faltaba la orden para entrar en acción.
Pero los jefes policiales pretendían que la oscuridad fuese total.
Así pasó una tensa media hora, en la que sólo fue audible el canto de los grillos. Etchecolatz aprovechó ese lapso para supervisar la posición de su tropa con el fervor de un mariscal. Sin duda, confiaba en el factor sorpresa.
Pero su plan se derrumbó al ver el horizonte fracturado por una ráfaga de fuego que partía desde la terraza. Ello provocó el desbande de sus hombres.
Por unos segundos el silencio fue absoluto. Luego se escucharon algunos gemidos de dolor mezclados con voces de mando.
—¡Un médico, carajo, un médico! —gritaba un sargento, mientras sostenía a otro suboficial con un balazo en la nalga.
No lejos de allí, Rousse dirigía una mirada incómoda hacia un oficial que se debatía entre la vida y la muerte con buena parte de su masa encefálica esparcida por el pasto.
Mientras tanto, Etchecolatz bramaba órdenes que nadie parecía escuchar.
Y otra ráfaga partió desde la terraza. Esta vez, las balas inutilizaron un Torino de la Brigada. Pese a los bramidos del comisario, sus hombres volvieron a retroceder.
Por unos minutos, los policías no atinaron a moverse de sus improvisados parapetos. Después, lograron reagruparse.
En ese momento algunos uniformados abandonaron el cordón perimetral para unirse a ellos. Y todos dispararon al unísono.
Pero la réplica de los insurgentes no tardó en hacerse oír.
Etchecolatz, en medio del fuego cruzado, se tiró boca abajo. Permaneció así durante la siguiente hora.
Finalmente pudo reptar hasta la retaguardia. Sus ojos lucían más desorbitados que nunca.
Ante el cariz de los hechos, el Ejército decidió tomar cartas en el asunto, luego de que la policía provincial cursara un desesperado pedido de auxilio al Estado Mayor.
Al rato llegó al teatro de operaciones una columna de camionetas verdes. De su interior saltaron unos cincuenta efectivos armados hasta los dientes. Era un pelotón del Regimiento 7 de Infantería, con asiento en La Plata. Lo encabezaba el mismísimo jefe de la unidad, coronel Roque Carlos Presti. Y no necesitó más que un golpe de ojo para evaluar la situación.
Los destellos del fuego enemigo le permitieron entrever las formas de la pequeña fortaleza guerrillera. Pese a la lluvia de proyectiles desatada sobre su estructura, esta seguía intacta. Las balas que rebotaban sobre la puerta de hierro forjado sólo lograban emitir un tintineo perturbador. Y la terraza era una trinchera inexpugnable. Desde allí volaban granadas de guerra, ráfagas de ametralladora y disparos efectuados con un FAP.
El coronel recién apartó la vista al sentir un ardor en las retinas: el viento devolvía los gases lacrimógenos.
Al regresar sobre sus pasos advirtió la presencia de dos civiles.
Uno de ellos era el juez de turno. A viva voz había intentado mediar en el conflicto. Pero los tiros lo obligaron a refugiarse detrás de un árbol. Ahora departía amigablemente con los comisarios.
El otro estaba rodeado por un grupo de policías; era nada menos que don Gustavo. El comisario Rousse lo había hecho traer para presionar a su hijo. Pero el intento no prosperó.
A pesar de su estruendoso devenir, el combate se había estancado en una suerte de empate técnico. Sin dejar de accionar sus armas, ambos bandos se mantenían mutuamente a raya. No obstante, a los uniformados les resultaba imposible aproximarse hacia la casa. Y a sus ocupantes, iniciar la retirada.
A medianoche, la intensidad del tiroteo decreció. Ahora los del ERP únicamente disparaban ráfagas a modo de advertencia. Ello significaba que habían empezado a economizar las municiones.
Luego, los tiros cesaron.
Pero la calma no fue duradera; sólo bastó el leve sonido de unas pisadas para desatar nuevamente el infierno.
En ese instante, el coronel echó un vistazo a su reloj. El recrudecimiento de las hostilidades había despertado su impaciencia. Y valiéndose de señas, impartió una orden a un grupo de conscriptos. Ellos tardaron un minuto en montar una pieza de artillería en el descampado. Era un mortero de noventa milímetros.
La primera descarga produjo un fogonazo en la boca del caño; después iluminó el cielo al estrellarse sobre la casa. El impacto pulverizó parte del muro y el portón.
La respuesta fue una barrida de fusil, seguido por un tiro de pistola que sonó en el interior de la vivienda. Ese estampido fue diferente de todos los demás.
El segundo cañonazo hizo blanco entre el techo y la ventana. Y el tercero arrasó con la terraza.
El silencio fue, entonces, definitivo.
Al rato, soldados y policías corrieron a campo traviesa. Y el asalto final resultó un juego de niños. Don Gustavo fue obligado a reconocer in situ el cadáver de su hijo.
El Gringo yacía en la terraza, con los brazos abiertos en cruz y la mirada inmóvil. El Negro Ramón agonizaba junto al tanque de agua, con una mano estirada hacia un FAL caído a centímetros de su alcance.
Un tipo de civil se aproximó y, sin mover el brazo que llevaba pegado al cuerpo, le disparó tres veces sobre la cabeza.
De la mujer, en cambio, no había rastros. Eso sobresaltó a los presentes. Su cuerpo fue luego hallado entre los escombros.
Unas horas después, cuatro presos políticos alojados en Devoto oían en su celda el programa Leyendo las Noticias, conducido por Julio Lagos. Este arrancó la emisión con una crónica algo lavada de lo sucedido en Florencio Varela. Después, siempre con su dicción afable, dio a conocer el nombre de los muertos.
Uno de los presos palideció. Y tras un instante que fue eterno, dijo:
—Acaba de caer mi compañera.
Recién entonces, a Carlos Martínez se le humedeció la mirada.
Dicen que esa mañana, unos cuarenta presos —del ERP y Montoneros, en su mayoría— homenajearon a los tres abatidos con una formación militar efectuada en el pasillo del pabellón.
A esa misma hora, un llamado telefónico arrancó de la cama al ejecutivo Antonio Armaño. Del otro lado de la línea estaba la inconfundible voz del comisario Etchecolatz. Y sin rodeos, anunció:
—Vea, tenemos a su hombre.
Armaño quiso interesarse por su estado. Pero no pudo hacerlo; el otro se le adelantó con una indicación:
—Vaya lo más rápido que pueda a la morgue de La Plata.
Al rato, pudo reencontrarse finalmente con el ejecutivo secuestrado.
Luis León Domenech vestía la misma ropa con la que había salido de su casa. Y parecía dormido. Pero tenía un disparo en la nuca.
La versión policial atribuyó su muerte a una bala de pistola gatillada por los guerrilleros.
Por su parte, los hombres del SIE se mostraron convencidos de que hubo negociaciones secretas entre la empresa petrolera y el ERP, las cuales —sin que ellos pudiesen entrometerse— habrían concluido con el pago del rescate.
Los insurgentes en ningún momento se pronunciaron al respecto. Aunque un rumor generado en el seno de la organización señalaba la existencia de intensas tratativas, que —por imperio de los hechos— quedaron truncas.
Para sumar al desconcierto general, Armaño aseguró a través del tiempo que jamás existió contacto alguno con los secuestradores.
VI
Lo sucedido en el barrio El Rocío conmovió a la opinión pública por su virulencia. Al flamante presidente interino Ítalo Luder, el incidente le sirvió para poner en relieve la peligrosidad de las “bandas subversivas”. Pero el Ejército —a pesar de su sorpresivo protagonismo en el episodio— se mantuvo en silencio, sobreactuando así su presunta subordinación al poder civil.
Para la organización comandada por Mario Roberto Santucho, la batalla de Florencio Varela tuvo un efecto ambivalente. Sus medios de difusión no escatimaron elogios para describir la excelencia operativa y el heroísmo de los combatientes caídos. Sin embargo, en las hendijas de aquella historia se proyectaba un enigma: el modo en que las fuerzas policiales localizaron el búnker guerrillero.
En la tarde del 15 de septiembre, un hombre cruzaba presurosamente la Avenida General Paz al volante de una vieja Estanciera.
No se trataba de alguien que pasara inadvertido: pesaba unos ciento vente kilos, su abdomen era tan llamativo como la hernia que le abultaba el bajo vientre y el cabello peinado a la gomina le otorgaba un aire levemente tanguero. Se llamaba Juan Mangini y sus compañeros le decían “Pepe”. Era nada menos que el jefe de Inteligencia del ERP.
Y en esa ocasión su rostro lucía contrariado. Lo cierto es que se acababa de topar con un dato inquietante: la Regional Capital estaría infiltrada por un espía del Batallón 601.
Al menos así lo aseguró un sargento del SIE captado por los Montoneros. Ellos no tardaron en elaborar un informe al respecto, antes de establecer un encuentro con él para entregarle una copia.
Pepe ahora se dirigía hacia una quinta ubicada en el sur bonaerense para tratar el asunto con el propio Santucho.
Y su preocupación iba en aumento.
En el paper no había mayores precisiones sobre la identidad del agente enemigo. Con la excepción de un apodo: el Oso.
Capítulo cinco
ALICIA A TRAVÉS DEL ESPEJO
—¡La puta que lo parió! —fue la exclamación proferida por el coronel José Osvaldo Riveiro, al descargar un puñetazo sobre el escritorio.
El mayor Carlos Españadero asimiló esas palabras sin pestañear.
Y el mayor retirado Santiago Manuel Hoya sólo atinó a mirar el techo con sus anteojos espejados, de los cuales no se despojaba ni para ir al cine.
Ambos habían sido convocados al despacho del subjefe del Batallón 601 para evaluar las novedades concernientes al seguimiento efectuado sobre el activista chileno Jean Claudet Fernández.
Aquellas novedades no eran precisamente satisfactorias.
En resumidas cuentas, tras siete días de minuciosa vigilancia, los agentes del SIE no lograron detectar ningún movimiento significativo en torno al departamento ubicado en Montevideo y Santa Fe. Al respecto, los partes de inteligencia elaborados cada doce horas coincidían en un punto: el militante del MIR no había recibido visitas, su teléfono estaba sin uso y tampoco se lo vio salir del edificio.
Hoya, quien estaba a cargo del operativo, arriesgó una hipótesis:
—El tipo debe estar acovachado con la mina esa.
Se refería a Alicia Carbonell, la amante porteña de Claudet.
Fue notable ver cómo la sola mención de esa mujer enardeció aún más al coronel, quien apeló nuevamente a las malas palabras.
Ahora estaban destinadas a los dos subordinados. Y las subrayó arrojando una hoja hacia ellos.
Se trataba de un oficio librado por la Dirección Nacional de Migraciones con una lista de las personas que salieron del país el 19 de octubre de 1975. Entre las mismas se encontraba el titular de un pasaporte francés que había abordado un vuelo de Lufthansa hacia París. No era otro que Claudet. Y ya habían transcurrido cinco días desde entonces.
Un verdadero papelón: los espías del SIE habían creído tener bajo la lupa a alguien que ni siquiera estaba en el territorio nacional.
Tal vez en esas circunstancias Balita haya tenido en cuenta el apuro del agente de la DINA, Enrique Arancibia Clavel, por capturar al hombre que terminó por esfumarse ante su propia nariz. También daba
por descontado que eso —en el marco del Plan Cóndor— causaría una situación embarazosa con sus camaradas trasandinos. De modo que resolvió mantener ese traspié en el más estricto secreto. Al menos, por unos días.
En ese lapso dispuso no levantar la vigilancia sobre el edificio de la calle Montevideo. Hoya acató la orden, sin comprender el sentido de esta.
Españadero, en cambio, intuía que Riveiro —posiblemente a través de una fuente a la cual ellos no tenían acceso— manejaba una información que le permitiría revertir el asunto. Y no estaba equivocado.
II
Claudet ahora se encontraba en Sarcelles, una pequeña ciudad situada al norte de París. Era su lugar de residencia desde fines de 1974. Pero esta vez su presencia allí sería fugaz.
Aquel hombre era un correo del MIR. Y ya ultimaba los preparativos de su regreso a Buenos Aires.
A tal efecto, en la noche del 24 de octubre se reunió con su responsable político. Este lucía preocupado, y no tardó en explicar el motivo:
—Parece que al “Trosko” se lo llevaron a Santiago.
Se refería al sociólogo chileno Jorge Fuentes Alarcón, un personaje clave en la estructura partidaria, ya que era el enlace entre su secretario general, Edgardo Enríquez, y la Junta Coordinadora Revolucionaria, integrada por las guerrillas de Argentina, Chile, Bolivia y Uruguay.
El Trosko había caído en manos de la policía paraguaya el 16 de mayo de 1975, luego de cruzar la frontera guaraní con un pasaporte costarricense no demasiado verosímil. Idéntica suerte corrió su acompañante: el abogado argentino Amílcar Santucho, hermano del fundador del ERP.
Ambos fueron inmediatamente trasladados a Asunción. A partir de entonces, nada se supo de ellos.
Por eso mismo, Claudet enarcó las cejas cuando su interlocutor mencionó el traslado de Fuentes Alarcón a la capital chilena.
La versión era de un agente de la DINA que colaboraba con el MIR.
Este también reveló que el Trosko, durante su permanencia en Asunción, fue interrogado por un militar argentino que se hacía llamar “Rawson”.
Dicha circunstancia inquietaba al hombre reunido con Claudet.
En ello había dos razones: no sólo era el primer indicio palpable sobre la cooperación represiva entre los ejércitos del Cono Sur sino que, en aquella ocasión, parecía apuntar hacia un blanco concreto. Y dijo:
—El “Pollo” no sabe nada de esto. Tú tienes que avisarle.
Hablaba de Enríquez, quien estaba refugiado en algún lugar de Argentina. Finalmente, agregó:
—Sería harto importante saber quién es ese tal Rawson.
Por toda respuesta, Claudet asintió con un leve cabeceo.
Antes de concluir el encuentro, el otro extendió hacia él un pequeño rollo escondido en una carcasa de plástico; se trataba del material microfilmado —documentos políticos, informes e instrucciones— que debía entregar a sus contactos en Buenos Aires.
El resto de la velada tuvo un neto corte familiar.
Arhel, la mujer con la que contrajo matrimonio en 1962, había preparado una exquisita cazuela de mariscos. Y él descorchó una botella de Casillero del Diablo, su vino predilecto. Los hijos de la pareja
—de trece y diez años— ya estaban dormidos.
Recién despertaron al amanecer, para despedirse del padre.
Arhel, apoyada sobre el marco de la puerta, observó como este cruzaba el Boulevard Montaigne para abordar un taxi que lo conduciría al aeropuerto de Roissy. Claudet había prometido regresar en tres semanas.
Horas más tarde, mientras el avión sobrevolaba el Atlántico en dirección a la Ciudad de México —la primera escala de su intrincado periplo hacia Buenos Aires—, en Santiago de Chile, a unas pocas cuadras de la Alameda, un hombre ascendía las escalinatas de un antiguo edificio ubicado sobre la calle Belgrado. Se trataba del Cuartel General de la DINA. En el sector más inaccesible se hallaban las oficinas del Departamento Exterior, atendidas por su propio jefe: el mayor Raúl Iturriaga Neumann.
Hasta allí se dirigió el recién llegado.
Traía desde Buenos Aires una misiva suscripta por Arancibia Clavel. Y su lectura provocó en el militar un ramalazo de estupor.
En ella, textualmente, decía:
“El MIR en París sabe sobre el traslado del Trosko. Verificar quién tenía acceso al operativo. Alguien de la agencia sería el informante.”
Visiblemente ofuscado, Iturriaga pasó al siguiente párrafo. Para su alivio, sólo hacía alusión a un asunto mundano:
“Sería muy conveniente para seguir contando con la amistad de Rawson que se le envíe un obsequio típicamente nuestro. Sugiero una bayoneta en miniatura con el escudo de la agencia.”
El coronel José Osvaldo Riveiro no tardó en recibir su regalo.
III
En la mañana del miércoles 29 de octubre, Claudet efectuó dos llamadas de larga distancia desde un teléfono público del Distrito Federal.
La primera fue a su control de seguridad en París.
La segunda, a un número de Buenos Aires. Y con un anhelo estrictamente personal:
—Avísale a Alicia que llego el viernes —dijo, casi gritando.
Alicia, desde luego, era la Carbonell.
Y quien estaba en el otro lado de la línea también se llamaba Alicia. Pero su apellido era Choren. Se trataba de una vieja amiga de Claudet.
Asimismo, era hija del prestigioso doctor en química Eduardo Choren.
Este había sido una víctima de la Noche de los Bastones Largos —la brutal intervención universitaria efectuada en 1966 por el régimen de Onganía— y se vio forzado a abandonar con su familia el país, al igual que muchos otros académicos y científicos. En su caso, fue convocado por la Universidad de Chile como investigador del Departamento de Ingeniería Química.
El destino hizo que allí se cruzara con Claudet, quien acababa de obtener su título en esa carrera y ahora era docente auxiliar de una cátedra.
Alicia tenía por entonces quince años.
Claudet, que ya había cumplido veintisiete, se topó por primera vez con ella durante una cena en la casa de su padre. Pero en esa ocasión no reparó demasiado en su presencia.
Sus caminos se volverían a entrelazar cuatro años después. Corrían en Chile los agitados primeros meses de 1970.
El joven ingeniero ahora ejercía su profesión en la planta fabril de Indus Lever, una multinacional dedicada a los artículos de limpieza. Alternaba tal actividad con su militancia en el MIR.
Por aquellos días, la organización había suspendido sus acciones armadas para no enturbiar la campaña electoral de la Unidad Popular, una alianza de izquierda encabezada por el socialista Salvador Allende. Aunque el MIR no era parte de la coalición, apoyaba incondicionalmente su candidatura. Y sus jefes mantenían un fluido diálogo con el propio Allende. Tanto es así que la relación derivó en un sorprendente logro institucional: los mejores cuadros del MIR formaron el GAP (Grupo de Amigos Personales), que tuvo a su cargo la custodia del hombre que se proponía transitar “la vía pacífica al socialismo”.
El 4 de septiembre de ese año, Allende fue elegido Presidente de Chile.
A partir de esa etapa, el MIR inició un meticuloso trabajo de inteligencia para detectar posibles planes sediciosos de la derecha y —por medio de una red de informantes— también pudo ejercer una eficiente vigilancia sobre las Fuerzas Armadas. Dicho sea de paso, tales tareas contribuyeron a abortar conspiraciones golpistas en octubre de 1970, septiembre de 1971 y marzo de 1972. En paralelo, el MIR
—que conservaba parte de su estructura en la clandestinidad— fortaleció sus unidades operativas, orientando su estrategia hacia la creación de milicias abocadas a la defensa del gobierno popular. Y sin descuidar su trabajo político en el frente de masas.
Claudet, acaso por su jerarquía profesional en una empresa de capitales ingleses, había sido asimilado al aparato de inteligencia del MIR.
Alicia Choren, por su parte, era una simpatizante de la organización. Y el reencuentro entre ambos se produjo en una reunión partidaria. Tal circunstancia dio pie a un vínculo que perduraría a lo largo del
tiempo.
Ahora, desde ese teléfono público del Distrito Federal, el correo del MIR apelaba a la discreción de su amiga:
—Nadie más debe saber sobre mi llegada —dijo, otra vez casi gritando. La comunicación se cortó antes de que ella atinara una respuesta.
Al atardecer, Claudet partió hacia la Ciudad de Panamá.
Allí se alojó en una habitación del Hotel Centroamericano, situado sobre la Avenida Ecuador, justo frente al edificio del Tribunal Electoral.
Al día siguiente hizo otra llamada a su control en París, la última antes de pisar el territorio argentino. Luego guardó el material microfilmado en un bolsillo secreto de su saco.
Pasadas las 22.30 —hora local— se embarcó en el vuelo 515 de Panam con destino a Buenos Aires. En ese mismo instante clareaba en París.
Y en un pequeño departamento del Barrio Latino —donde funcionaba una base logística del MIR—, tres hombres debatían una cuestión tan imprevista como urgente.
Uno de ellos era el que diariamente monitoreaba por vía telefónica la gira de Claudet. También estaba su responsable político. Y el otro pertenecía al aparato de inteligencia partidario.
Fue este el que comunicó la novedad: el domicilio que Claudet solía usar en Buenos Aires estaba rigurosamente vigilado por un grupo de tareas del Ejército Argentino.
La versión provenía del agente de la DINA captado por el MIR.
Uno de los presentes consultó su reloj y luego levantó la vista, meneando lentamente la cabeza. Nadie pronunció palabra alguna.
El cuadro de situación era estremecedor: Claudet ahora estaba volando hacia la boca del lobo. Y no había modo alguno de advertirle, a menos que él mismo llamara a París antes de ir al edificio de la calle Montevideo. Pero también era posible que sus perseguidores hubieran obtenido el horario de su arribo y lo estuvieran esperando en el aeropuerto.
En medio de tales especulaciones, el hombre que oficiaba de control se apostó frente al teléfono, iniciando así una espera que se tornaría dramática con el correr de las horas.
Mientras tanto, en Buenos Aires flotaba una espesa madrugada.
Durante los primeros minutos de ese viernes, los agentes del Batallón 601 reforzaron el asedio sobre la vivienda alquilada por Alicia Carbonell. La orden al respecto había sido impartida por el mismísimo coronel Riveiro. Y con una buena razón: la mujer acababa de instalarse nuevamente en dicho domicilio, tras casi doce días de ausencia.
En ese lapso permaneció en el departamento de sus padres, ubicado sobre la Avenida Coronel Díaz. Hasta allí acudió Alicia Choren en la tarde del jueves, con el propósito de transmitir el mensaje de
Claudet.
Sin perder un solo instante, la otra Alicia embaló algunas pertenencias en un bolso, antes de partir
hacia el departamento de la calle Montevideo.
Al despedirse, su amiga percibió en ella una mueca de tensión. Pero no le dio importancia a ese detalle.
IV
El vínculo que las unía había nacido durante el ya lejano otoño de 1964 en el Liceo de Señoritas José Figueroa Alcorta. Al poco tiempo, la hija del científico y su tocaya se hicieron inseparables.
Ambas eran algo así como opuestas complementarias: la Choren era alta, espigada y aún conservaba cierto aire infantil; la Carbonell era más bien menuda y ya por entonces lucía un porte pulposo.
Esta última pertenecía a una típica familia de clase media. Su padre tenía una mueblería. Y un hermano militar: el capitán Jorge Alberto Carbonell.
Alicia Choren no tardaría en conocerlo.
Aquel hombre la sorprendió por su jovialidad. Jamás vestía uniforme y le gustaba enfrascarse en discusiones políticas. Sus visitas al departamento de la Avenida Coronel Díaz eran más que frecuentes. Allí todos lo llamaban “Tío Jorge”.
Dos años después, la familia Carbonell se sintió ciertamente apenada ante el forzado viaje a Chile de Alicia Choren.
Esa partida, desde luego, interrumpió la amistad entre las dos chicas. Y así transcurrieron siete largos años.
Pero el 11 de septiembre de 1973, la cruenta caída del gobierno socialista de Salvador Allende tornó insostenible el ciclo trasandino de los Choren.
Ellos recién pudieron abandonar el territorio chileno diez días después, al reanudarse los vuelos comerciales entre Santiago y el resto del mundo.
Don Eduardo —ya divorciado de su esposa— viajó a Venezuela, contratado esta vez por la Universidad de Zulia.
El resto de la familia regresó a Buenos Aires.
Alicia, entonces, no tardó en encontrarse con su vieja amiga.
El contraste entre ambas seguía siendo notable: la Choren, aunque ya más rellenita, conservaba su estampa adolescente, que acentuaba su estilo hippie en el vestir; la Carbonell, en cambio, más inclinada hacia los escotes y las minifaldas, lucía un aspecto obstinado por resultar despampanante.
Ella acababa de recibirse de arquitecta. Y el Tío Jorge ahora era coronel.
La situación de Claudet, en cambio, era más compleja.
El golpe de Estado lo había sorprendido en su lugar de trabajo. Y recibió por parte del MIR la orden de quedarse allí, mezclado entre los directivos y empleados jerárquicos de la empresa. Ellos ni siquiera
sospechaban que él era un cuadro de esa organización.
Algunos de los presentes aplaudieron el vertiginoso paso de unos aviones Hawker Hunter que volaban hacia el centro de Santiago para bombardear el Palacio de La Moneda.
Por esas horas trascendió que la residencia presidencial de la calle Tomás Moro había sido atacada con fuego aéreo y proyectiles de cañón.
Ello provocó otro aplauso.
Sin embargo, los ejecutivos de la jabonera no ocultaron su preocupación al tomar conocimiento de los combates que se libraban entre improvisadas milicias populares y fuerzas golpistas en barrios y fábricas de la zona sur.
La planta de Indus Lever no quedaba lejos de allí.
Lo cierto es que tales focos de resistencia fueron rápidamente aplastados.
A media mañana, Radio Magallanes —la única emisora oficialista que aún no había sido silenciada— propaló las últimas palabras de Salvador Allende, antes de descerrajarse un tiro en la boca.
La noticia de su muerte recién fue difundida a la tarde. Ya regía el estado de sitio y la ley marcial.
Claudet, en tanto, hacía lo imposible por parecer imperturbable. Y mantuvo esa actitud en los días posteriores.
La singularidad del ámbito en el que desarrollaba su militancia determinó que él no pasara a la clandestinidad. Y eso de modo alguno fue arbitrario.
El bajo nivel de exposición que había mantenido hasta entonces favoreció que, por el momento, no fuese un blanco selectivo del nuevo régimen. Y dicha circunstancia —en el contexto de la diezmada estructura partidaria— lo convirtió en una pieza logística de suma utilidad.
Claudet, a bordo de su propio Fiat 124, recorría diariamente las calles de Santiago, para así reestablecer contactos y celebrar fugaces reuniones en el interior del vehículo. En las mismas recibía documentos y comunicaciones provenientes de todos los niveles de la organización. Y luego hacía llegar esos papeles a sus respectivos destinatarios.
No menos valiosa era su condición de ingeniero en una multinacional, ya que en los despachos de sus gerentes solía circular abundante información política de carácter reservado.
En esas condiciones, las primeras semanas de la dictadura [anticomunista] transcurrieron para Claudet sin mayores sobresaltos. Incluso llegaría a convencerse de que —al menos, en su caso— no existía mejor escondite que la vida cotidiana.
Seguramente su percepción al respecto varió el 2 de octubre.
Aquel martes, al concluir la jornada laboral, salió de la fábrica manejando su automóvil. Caía ya el atardecer, y las calles de la comuna Quinta Normal mostraban una abigarrada circulación de peatones y vehículos. Faltaba sólo media hora para el toque de queda. Y él enfiló hacia la Avenida Carrascal para así llegar rápidamente a su casa. Pero a unas cinco cuadras había un puesto de control. Y un sargento le
indicó con su fusil que frenara. Claudet pensó que se trataba de una cuestión de rutina y con forzada amabilidad le extendió su identificación al uniformado. Por respuesta, recibió un culatazo en el medio del rostro.
Claudet recuperaría el conocimiento en el piso de una camioneta militar.
Estaba maniatado por la espalda, tenía los ojos vendados y le dolía todo el cuerpo, como si hubiera recibido una lluvia de golpes.
Minutos después, la camioneta se detuvo antes de ingresar a una cochera. Sus captores lo sujetaron de los brazos para incorporarlo. En ese instante se le corrió la venda y, por una milésima de segundo, pudo observar el paisaje desierto de la Alameda. Entonces supo que lo habían llevado al Ministerio de Defensa.
En los albores de la dictadura [anticomunista], los sótanos de ese enorme edificio fueron utilizados como sitio de alojamiento para prisioneros en tránsito.
Esa misma noche, Arhel —la esposa de Claudet— se sintió alarmada por su ausencia, al igual que sus compañeros. Recién al día siguiente se enteraron de que había sido capturado al salir de su trabajo.
La mujer no tardó en acudir al Ministerio de Defensa.
Allí se toparía con una inmensa fila de personas que también procuraban saber sobre la suerte de otros detenidos.
Tras una larga espera, Arhel fue atendida por un oficial de Carabineros.
—A su esposo no lo tenemos aquí —fueron sus únicas palabras. Pero, sorprendentemente, le restituyó el Fiat 124 de su marido.
En el sentido literal, el policía había dicho la verdad: Claudet acababa de ser trasladado al Estadio Nacional.
Ese lugar era ahora el centro de detención más grande de Santiago. Y ya había allí unos siete mil prisioneros.
Estos, cuando no eran sometidos a torturas, pasaban el día apiñados en las tribunas. A ese paisaje se sumaba una presencia escalofriante.
En las graderías —y siempre escoltado por dos militares— solía pasearse un individuo enmascarado como un luchador de catch. Era un ex militante del Partido Socialista. Y tenía la misión de señalar a sus antiguos compañeros, quienes eran inmediatamente separados del resto.
Por su parte, los interrogadores de Claudet estaban perfectamente al tanto de su pertenencia al MIR y con métodos brutales ejercieron sobre él todo tipo de presiones para que les revelara los lugares en donde la organización escondía armamento.
Lo cierto es que él no estaba al tanto de ese asunto. Y también ignoraba quién lo había delatado. Pero, para su asombro, fue puesto en libertad una semana después.
Claudet llegó a su casa con cuatro costillas rotas, quemaduras por el paso de electricidad en los genitales y una neumonía aguda.
Aun así, no dejaba de sentirse un hombre afortunado; todo parecía indicar que su temporada en el infierno había concluido.
Sin embargo, la paz para él no fue duradera.
Durante la madrugada del 14 de octubre, mientras Claudet se reestablecía de sus lesiones, el silencio de pronto cedió bajo una aterradora sinfonía de sirenas, voces de mando y pasos de borceguíes. Tras derribar la puerta, los uniformados lo levantaron en vilo del lecho.
En el alba de ese mismo domingo llegó nuevamente al Estadio Nacional.
Un simple golpe de ojo le bastó para advertir que la población del lugar había sido engrosada con otros dos mil prisioneros.
Y entre ellos seguía paseándose el hombre de la máscara fantasmagórica.
Esta vez Claudet permaneció allí durante casi un mes. Luego fue llevado a la Penitenciería de Santiago.
V
Mientras tanto, Alicia Choren se iba aclimatando a su nueva realidad. En contraposición al Chile militarizado, la capital argentina era para ella como una bocanada de aire fresco.
Los días posteriores a su regreso estuvieron signados por un aquelarre callejero que osciló entre innumerables actos de campaña, los festejos por la victoria de Perón en los comicios del 23 de septiembre y las tumultuosas marchas en repudio al golpe contra Allende. Estas incluso se extendieron al ámbito futbolístico, cuando el plantel del club Huracán celebró la obtención del campeonato Metropolitano de ese año dando la vuelta olímpica con una enorme bandera chilena.
Alicia no daba crédito a sus ojos.
La otra Alicia, que jamás militó, compartía el entusiasmo de su amiga. Esta entonces le confió su afinidad con el MIR.
La flamante arquitecta se fue politizando a pasos agigantados. Y lo comentó en familia.
Ello, al parecer, provocó cierta preocupación entre sus padres, quienes no dudaron en recurrir a los consejos del Tío Jorge.
En aquel momento el militar le restó importancia al asunto.
—Pavadas propias de la juventud —fueron sus palabras.
Pero no tardó en reconsiderar eso durante el 25 de septiembre, tras recibir la llamada de un camarada de armas con una noticia inquietante:
—Prendé la radio. Lo mataron a Rucci.
En efecto, el secretario general de la CGT, José Ignacio Rucci, acababa de morir acribillado por veintitrés balazos disparados desde varios ángulos, al abandonar en el barrio de Flores uno de sus tantos domicilios rotativos. El desafortunado gremialista era un emblema de la burocracia sindical y los
Montoneros se la tenían jurada. Pero la organización optó por no atribuirse oficialmente el atentado.
Horas después, una patota vinculada al ministro de Bienestar Social, José López Rega, asesinó en una calle de Belgrano al militante de la JP, Enrique Grinberg.
Esas fueron las primeras gotas de lo que en breve se convertiría en un río de sangre. Por lo pronto, el Consejo Superior Justicialista —que oficiaba de órgano máximo del peronismo— anticipó su virulento duelo con la izquierda partidaria a través de un comunicado en el cual se declaraba “en estado de guerra contra los infiltrados marxistas del Movimiento”. A continuación, el presidente interino Raúl Lastiri suscribió el decreto que ilegalizaba al ERP. Como respuesta, las FAR y Montoneros decidieron fusionarse.
Así transcurrió el inicio de aquella primavera.
Durante el soleado mediodía del viernes 12 de octubre, los Carbonell en pleno almorzaban en una cantina italiana ubicada en la esquina de Córdoba y Anchorena. Por la calle pasaban grupos con banderas y camionetas con bombos: iban hacia la Plaza de Mayo a escuchar a Perón. Dos horas antes, el General había jurado su tercera presidencia ante la Asamblea Legislativa y en un rato —después de dieciocho años— volvería a hablar desde el famoso balcón de la Casa Rosada.
En ese instante, llegó Alicia Choren para ir allí con su amiga.
Y el Tío Jorge, tan afecto a las discusiones de sobremesa, empezó a sentir una profunda exasperación ante el discurso foquista de la recién llegada; su sobrina también aportaba opiniones irritantes.
En realidad, a las dos les divertía sacar al coronel de sus casillas. Y eso se transformó en un deporte que ellas practicaban cada tanto.
Recién en los primeros días de 1974, Alicia Choren se enteró —por boca de un exiliado chileno— de que Claudet estaba preso en Santiago.
Su tristeza, entonces, fue inocultable.
Y por primera vez le habló de él a la otra Alicia.
El tiempo fue pasando sin que hubiera más noticias sobre el prisionero.
Exactamente al año, la situación política había dado un giro tan ominoso como previsible: Perón ya estaba muerto y López Rega tenía en sus manos la suma del poder. El Ejército comenzaba su ensayo contrainsurgente en el monte tucumano y —desde julio de 1974— la violenta ofensiva desatada por la Triple A había cosechado unas cuatrocientas víctimas entre militantes de izquierda y del peronismo revolucionario.
En aquella época —y por motivos que se desconocen— la arquitecta y su antigua compañera de colegio ya no se veían con asiduidad.
En febrero de 1975 —sin previo aviso—, Claudet llegó a Buenos Aires. Venía de París y estaba increíblemente intacto.
A Alicia Choren le costó sobreponerse de la sorpresa.
Entonces supo que el cautiverio de su amigo había durado hasta el 14 de noviembre de 1974. Y que su
excarcelación fue fruto de los buenos oficios llevados a cabo por la Embajada de Francia en Santiago, dado que por vía paterna él poseía la nacionalidad de ese país. Desde entonces residía con su familia en Sarcelles.
Claudet también le dijo que su presencia en Argentina tenía que ver con el MIR. Pero no aportó más detalles.
Alicia, sin embargo, se sintió muy entusiasmada con el asunto y comenzó a efectuar modestos recados para la resistencia chilena.
Así fue como se lanzó a la búsqueda de un departamento amoblado desde donde Claudet pudiese centralizar sus tareas políticas. A tal efecto, recurrió a Alicia Carbonell.
Ella —como ya se sabe— alquiló a su nombre la vivienda de Montevideo y Santa Fe. En tales circunstancias, finalmente, conoció al hombre sobre el cual su amiga tanto le había hablado.
Y eso derivó en una relación sentimental.
A partir de entonces, los viajes de Claudet desde París a Buenos Aires se tornaron frecuentes. Al igual que sus encuentros con Alicia Carbonell.
El romance no tardó en llegar a los oídos del Tío Jorge. Este ahora reportaba inorgánicamente al Batallón 601. Y su contacto directo no era otro que Balita.
VI
Durante el mediodía parisino del 31 de octubre de 1975, la campanilla del teléfono sonó en el pequeño departamento del Barrio Latino utilizado como base logística del MIR. Y su único ocupante se abalanzó sobre el auricular con el fervor de un arquero. Pero el autor de la llamada no era precisamente Claudet, sino su responsable político. Quería saber si había alguna novedad acerca de este. La respuesta, desde luego, fue negativa. Y ello agravó aún más la tensión reinante. Se suponía que a esa hora el viajero ya debía haber llegado a Buenos Aires.
Así transcurrieron otros treinta y cinco minutos. Hasta que el teléfono volvió a sonar. Y nuevamente el hombre se abalanzó sobre el aparato.
Pero esta vez la voz que se filtraba desde el otro lado de la línea fue como música para sus oídos: Claudet aún estaba sano y salvo.
Su avión había aterrizado a las 7.05 —hora local— y ahora llamaba a París desde un teléfono público del aeropuerto de Ezeiza.
Y sin rodeos, fue puesto al tanto de su delicada situación. Tal vez ello hizo que palideciera.
Lo cierto es que en esas circunstancias recibió tres indicaciones precisas: no acercarse al domicilio vigilado, cancelar todos los contactos previstos y volver a Francia lo antes posible. Luego se cortó la
comunicación.
Quizás entonces Claudet haya considerado la opción de tomar el próximo vuelo hacia París. Este recién salía a las 19.30. Pero, hasta dentro de un par de horas, resultaba imposible hacer allí la reserva correspondiente.
Es probable que también advirtiera que la Policía Aeronáutica patrullaba con disimulo el hall de la terminal. Y que sus ojos repararan en la presencia de algunos sujetos de aspecto inquietante. De modo que con suma rapidez habría descartado la idea de quedarse en el aeropuerto hasta el atardecer.
Todo indica que Claudet evaluó esta cuestión sin alejarse del teléfono. Seguramente entonces pensó en Alicia Carbonell.
Y no dudó en discar el número telefónico de la mujer que lo aguardaba en el departamento de la calle Montevideo.
Dicha comunicación fue realizada a las 7.45 de ese viernes.
En la misma, Claudet reveló el peligro que acechaba sobre ese domicilio y también insinuó —con una clave que sólo ella entendía— el sitio alternativo en donde se iría a alojar. También propuso que se reencontraran allí.
Luego tomó un taxi que lo condujo hacia el microcentro porteño.
Esa misma mañana se registró en el Hotel Liberty, ubicado en la Avenida Corrientes 628. Lo hizo con su verdadera identidad.
Su apariencia desgarbada y nerviosa llamó la atención de otro pasajero: el sacerdote francés André Jeriey. Ambos subieron juntos en el ascensor hasta el primer piso. Allí Claudet se perdió tras la puerta de la habitación número doce. Y el cura se introdujo en la suya.
VII
Alicia Carbonell, extrañamente, seguía en la vivienda vigilada por el SIE.
La presencia de sus agentes no era imperceptible, dado que pululaban de manera ostentosa en los alrededores del edificio.
Habían llegado la noche anterior a bordo de tres Falcon y un Peugeot 504 sin identificación. Ahora permanecían estacionados en las esquinas.
En la Avenida Santa Fe resaltaba —desde mediados del mes— la furgoneta con el dispositivo para controlar las comunicaciones telefónicas.
Desde allí había sido grabada la única llamada local hecha por Claudet.
En consecuencia, sus perseguidores estaban al tanto de su llegada al país. Y también sabían que el
chileno no acudiría al lugar de la emboscada. Pero aún no habían podido descifrar la clave de su paradero. Lo cierto es que esa suma de situaciones les abría otro interrogante: la vía por la cual el hombre del MIR supo que ese domicilio estaba “envenenado”.
A media mañana, finalmente, la mujer salió del edificio.
Lucía una expresión reconcentrada y caminó hacia la avenida mirando de reojo las siluetas agazapadas que a su vez la observaban a ella.
El hecho de que llevara su bolso hizo pensar que no regresaría allí.
Dos tipos la siguieron con la esperanza de que se encontrara con Claudet. Pero ella en realidad fue al departamento de sus padres.
Por alguna razón, Riveiro había impartido la orden de no tocarle un pelo.
Y el mayor retirado Santiago Hoya, que supervisaba la operación desde la cabina del Peugeot, seguía sin comprender cabalmente su estrategia.
Tal incógnita se veía sacudida por otra circunstancia: su personalidad no había sido educada para las esperas prolongadas.
Ya por entonces, aquel hombre exhibía un intenso pasado.
El 27 de mayo de 1969 comandó la represión a una marcha estudiantil en la ciudad cordobesa de Cruz del Eje. En aquella oportunidad fue acusado de torturar con sus propias manos a los detenidos. Al año siguiente ingresó como agente civil al SIE. También perteneció a la Triple A. Y fue parte del putch policial que a comienzos de 1974 derrocó en Córdoba al gobernador peronista Ricardo Obregón Cano. Luego fue designado subjefe de la policía provincial, secundando a otro alto dignatario de la Triple A: el comisario retirado Héctor García Rey. La gestión fue inaugurada con el secuestro del ex vicegobernador Atilio López y del ex ministro Juan José Varas. Sus cuerpos fueron encontrados en la localidad de Capilla del Señor con más de cincuenta balazos cada uno. Hoya se mantuvo en el cargo hasta septiembre. Después volvió a incorporarse al Batallón 601.
Y ahora, durante el mediodía de ese viernes, Hoya se encontraba sumido en un irremediable desconcierto: no entendía cómo su presa pudo detectar la celada tendida en su camino ni la indiferencia de Alicia Carbonell ante el operativo desplegado en torno a ella.
Lo cierto es que Claudet se le había escurrido entre los dedos. Y la mujer —su pieza clave para atrapar a este— acababa de ausentarse de la escena, sin que él pudiera someterla a uno de sus eficaces interrogatorios. Por lo tanto, la cacería se hallaba atascada en un inesperado punto muerto.
Y las últimas directivas recibidas desde la jefatura del SIE lo obligaban a mantener la vigilancia sobre aquella vivienda ahora vacía. Tampoco, claro, le encontraba sentido a eso.
Así fueron pasando las horas.
Hasta que ya entrada la tarde irrumpió un Torino azul, escoltado por otro vehículo. Sus puertas se abrieron al unísono, escupiendo de la cabina a tres ocupantes; el cuarto, un sujeto petiso y retacón, descendió de un modo más esforzado. Era Balita en persona.
Su repentina aparición sacudió la modorra de los espías fondeados allí. Ellos no tardaron en percibir que el coronel estaba contrariado.
Hoya, siempre con sus anteojos espejados, fue resueltamente a su encuentro. Sabía que aquel hombre tenía un interés especial en el asunto.
Pero este no pronunció palabra alguna.
Ambos se encaminaron hacia la furgoneta, ingresando a la misma por una puerta corrediza. Y Hoya le indicó al operador que les pusiera la grabación telefónica. Al oírla, una mueca transfiguró el rostro de Balita.
Por alguna razón, la figura de Claudet le provocaba una animosidad que excedía la esfera estrictamente profesional. Riveiro parecía actuar como si en esta trama hubiese un gran secreto que sólo él conocía. Y que no estaba dispuesto a revelar.
De hecho, el subjefe del Batallón 601 supo sobre la existencia de Claudet por sus propias fuentes y con anterioridad a que el agente chileno Enrique Arancibia Clavel le entregara el paper de la DINA que lo mencionaba.
Pero al principio pensó que era un exiliado más.
Tardaría un tiempo en descubrir que Claudet era en realidad un frecuente portador de datos sensibles y contactos no menos valiosos. Desde entonces, se obsesionó en rastrear sus posibles enlaces con algunos jefes del MIR que —cobijados por el ERP— circulaban en Argentina. Y pensaba que las huellas de ese hombre lo guiarían hacia el mismísimo Mario Roberto Santucho.
En ese aspecto, no obtuvo mayores resultados.
Aunque la investigación en sí tuvo para él derivaciones insospechadas. Las mismas incluso alterarían su dicha familiar.
Su señora, María Purcaro de Riveiro, lo notaba cada vez más huraño.
Doña María, desde luego, no imaginaba que algunas semanas después el coronel abandonaría —y con carácter definitivo— el domicilio conyugal de la calle Teodoro García 2375.
Pero por ahora su marido estaba enfrascado en otras preocupaciones. Acababa de oír la cinta de la llamada realizada desde Ezeiza por Claudet. Y no dijo nada al respecto.
Pero quizás entonces haya recordado una confidencia que recientemente le hiciera Arancibia Clavel: desde la DINA, alguien filtraba datos al MIR.
El agente chileno deslizó que el autor de la maniobra podría hasta ser un oficial de rango. Y que la cuestión preocupaba de sobremanera a su jefe, el mayor Raúl Iturriaga Neumann.
Balita ahora comprendía que la filtración también lo salpicaba a él. Pero tampoco dijo nada al respecto.
Recién abrió la boca al descender de la furgoneta; entonces, soltó:
—El pajarito ya está en su nuevo nido.
Casi una licencia poética para anunciar que conocía el sitio preciso donde Claudet estaba en ese momento.
Hoya, gratamente sorprendido, se interesó por el origen del dato. La respuesta del coronel fue una enigmática sonrisa.
VIII
Durante el alba del 1 de noviembre, el cura francés André Jeriey despertó en su habitación del Hotel Liberty sacudido por un creciente alboroto. Los ruidos provenían del primer piso.
Su impresión inicial fue que se trataba de una riña entre varias personas. Pero descartó tal hipótesis al entornar la puerta. Entonces vio una cantidad imprecisa de sujetos armados hasta los dientes.
Proferían alaridos incomprensibles y pateaban una puerta situada al fondo del pasillo. La faena era comandada por un tipo de mediana edad y anteojos espejados. Un certero culatazo hizo que la cerradura cediera.
En ese instante, uno de los intrusos advirtió la presencia del sacerdote. Y blandiendo su ametralladora, le sugirió que se esfumara de la escena.
El alboroto en el pasillo persistía.
Luego comenzó a menguar, como si sus hacedores se alejaran. Al final se impuso un denso silencio.
El padre André apagó el velador. Y la habitación quedó a oscuras.
O casi: por las hendijas de la persiana se colaban fragmentos de una luz giratoria. La misma era proyectada por la baliza de un vehículo azul.
El cura, ahora asomado a la ventana, pudo ver en su interior la silueta de su único ocupante: un individuo petiso y retacón.
También había otros siete automóviles.
Y sobre la vereda, algunos individuos armados.
Uno de ellos lucía un chaleco de cazador. Parecía impaciente. El alboroto volvió a hacerse oír. Pero esta vez ya desde la calle.
Entonces desfiló ante sus ojos el paso de la horda saliendo del hotel.
El de los anteojos espejados impartía órdenes agitando una pistola. Y el de chaleco se le unió. Ahora parecía exultante.
Otros dos arrastraban a una persona esposada por la espalda; su andar era dificultoso y un trapo le cubría la visión.
El religioso no tardó en reconocerlo: era el mismo hombre que ayer había compartido con él un viaje en el ascensor.
Los vehículos partieron a toda velocidad.
Y en la calle sólo quedó el eco de un sombrío coro de chirridos.
Tras sobreponerse de la impresión, el padre André fue hacia el vestíbulo del hotel. Allí pidió el libro de pasajeros, argumentando un posible error en su propio registro. De ese modo obtuvo el nombre y la dirección en Francia del hombre secuestrado. Tenía en mente enviar una carta a sus familiares.
Durante ese mismo sábado, Alicia Choren comenzó a preocuparse: nadie respondía sus llamadas al domicilio de la calle Montevideo. Insistió durante la mañana siguiente, aunque con idéntico resultado.
Entonces decidió ir hacia el departamento de la Avenida Coronel Díaz.
Doña Encarnación —la madre de su amiga— ni siquiera le abrió la puerta; sólo informó por el portero eléctrico que la otra Alicia se había ausentado. Y que ignoraba cuándo iría a regresar. Su voz no era la de siempre.
Ya habían transcurrido unas treinta horas desde el operativo.
En ese instante ingresaron al Liberty dos tipos de porte perturbador. Ellos cruzaron la conserjería exhibiendo fugazmente una credencial. Y sin más se encaminaron hacia la habitación número doce. Después se retiraron con el equipaje de Claudet, no sin antes apropiarse del libro de pasajeros.
Mientras tanto, en la base parisina del MIR, al haberse interrumpido todo contacto con Claudet, sus compañeros comenzaron a masticar la peor de las presunciones. Y esta sería confirmada en horas de la noche a través de un informe elaborado por el misterioso agente de la DINA que colaboraba con el MIR. El paper detallaba puntillosamente lo ocurrido en el Liberty. Lo atribuía a un operativo conjunto del SIE y la DINA. Y también nombraba a sus principales bastoneros: el oficial argentino que se hacía llamar Rawson y el agente chileno Enrique Arancibia Clavel.
Este era nada menos que el hombre del chaleco. El propio Balita lo había convocado con urgencia poco antes del secuestro. Y él acudió a la esquina de Corrientes y Maipú acompañado por cuatro de sus hombres.
Fue el bautismo de fuego del Plan Cóndor en Argentina.
Lo cierto es que jamás trascendió el sitio al cual Claudet fue conducido.
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