Jorge Félix Búsico, un marino sin honor
(LN, 1998) "Yo fui cómplice, porque no tuve en ese momento el valor de denunciar públicamente lo que pasaba", dijo aquel frío 17 de julio de 1985, ante la Cámara Federal que juzgaba a las Juntas del Proceso, el capitán de fragata (R) Jorge Félix Búsico.
La afirmación, que en su momento sirvió para dar un mayor impulso al juicio, fue uno de los extractos del proceso a las Juntas que se vio en el programa especial emitido por Canal 13, la semana última, producido por Magdalena Ruiz Guiñazú. Búsico tenía 52 años cuando hizo ese mea culpa delante de los comandantes que, según la declaración del marino, en la década del setenta, pretendieron que apoyara incondicionalmente los métodos utilizados durante el Proceso.
"Antes del juicio, papá nos reunió a todos. Nos dijo que si lo apoyábamos se iba a presentar a declarar; si no, no. El entendía que, desde el momento en que hablara públicamente, nosotros podíamos correr peligro o quedar expuestos ante sus propios compañeros de arma. Le dijimos que lo hiciera", relata a La Nación su hija mayor, que prefiere, como sus tres hermanos, que no trasciendan sus nombres "para que no nos molesten. Todavía tenemos miedo". Desde 1973 y hasta 1976, el capitán Búsico fue profesor y jefe de estudios de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Luego del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, y después de ser enviado a participar en la detención del [novio y] ex secretario de Deportes y Turismo del gobierno de María Estela Martínez de Perón, Pedro Eladio Vázquez, "me di cuenta de que había procedimientos encubiertos y manifesté a mis superiores (el capitán Rubén Chamorro, jefe de la ESMA) que no estaba de acuerdo y que no veía la ventaja militar de actuar de esa manera", explicó Búsico durante el juicio. [¿Este asustadizo tenía un plan mejor?]
"Una doble amenaza"
Según dijo entonces, desde ese momento se produjo un "distanciamiento" entre él y los oficiales de la ESMA y prefirió no enterarse de lo que allí sucedía. Por este motivo, dijo que era cómplice y a sus hijos les explicó "que sentía una doble amenaza, la de los terroristas y la de personas de la misma arma". "Nunca lo vi tan mal como cuando trabajaba en la ESMA, estaba muy triste, melancólico. No nos contaba nada, pienso que para cuidarnos", recuerda su hija a La Nación .
A instancias de Chamorro, al poco tiempo fue trasladado como segundo comandante del entonces portaaviones 25 de Mayo; luego, a la Secretaría de Información Pública (SIP) y, finalmente, a la Aduana, donde trabajó en la oficina de personal. "No le gustaba el ambiente de la Aduana, él era honesto", explica su hija. A mediados de 1978, pidió el retiro.
Sin vínculo
Orgullosa, su hija cuenta: "Papá era un ser especial, fomentaba la democracia entre nosotros y nos dio pautas muy claras acerca de la honestidad. Además, no era sólo un marino. Fue liceísta, era ingeniero electrónico, diplomático egresado de la Universidad de El Salvador y hablaba perfecto inglés. Por esta razón, fue durante mucho tiempo parte de la representación argentina en la ronda de conversaciones sobre el tema de la Antártida".
El capitán Búsico se separó, en 1970, de Susana, con quien tenía cuatro hijos: una mujer que hoy tiene 40 años, un varón de 38 y gemelos de 31. Tiempo después, tuvo otra hija con Adriana, su nueva pareja, que trabajaba en el edificio Libertad, de la Armada. La menor de sus hijos tiene actualmente 26 años.
Una vez retirado, se fue a trabajar en el área de computación en la empresa exportadora de un amigo de su infancia. "Desde que se retiró, cortó todo tipo de relación con la Armada", cuenta su hija mayor.
"Ni siquiera lo saludaban"
Los problemas renales ya habían aflorado, pero estaban bajo control. Ni bien se creó la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas (Conadep), a comienzos de la nueva democracia, Búsico se sintió en la necesidad de contar lo que había visto y oído "porque se sentía muy mal". Su duro testimonio engrosó las páginas del libro "Nunca Más" y fue convocado al juicio.
"Lo que vivió en la ESMA lo dejó tan mal que tuvo la necesidad de comenzar una búsqueda interior: leía mucho psicología; se acercó a sus primos como una manera de volver a sus raíces, buscaba opciones mucho más abiertas de lo que fue la Armada", dice su hija.
"Luego del juicio, sus ex compañeros ni siquiera lo saludaban. Es más, a raíz del reconocimiento de mi padre de haber tenido temor de denunciar lo que pasaba, el Centro Naval le mandó una carta en la que le anunciaban que lo discontinuaban como socio por haber tenido miedo", recuerda su hija.
Para la sociedad, su silencio pasado quedó ampliamente compensado por sus declaraciones durante el proceso por la causa 13. Pero, según sus familiares, su angustia no disminuyó. Y cuando el 13 de mayo de 1987 el entonces presidente Raúl Alfonsín anunció al país el envío al Congreso de la ley de obediencia debida, sus allegados cuentan que su mundo terminó de derrumbarse.
"Se sintió traicionado. Sintió que el haber dicho la verdad le había costado que lo metieran en la misma bolsa que a los demás. El tenía mucha fe en un juicio en el que se aclarara la responsabilidad de cada uno y en el que los culpables de haber cometido delitos fueran presos. Nada de eso ocurrió y se abandonó", se emociona la hija.
Exactamente cinco meses después del anuncio de Alfonsín, como un fatídico presagio, el martes 13 de octubre de 1987, sus cuatro hijos mayores lo internaron descompensado en el Hospital Naval, de donde fue trasladado, según dijeron por falta de equipos para diálisis, al Sanatorio San Patricio.
El 17 de octubre, a los 54 años, rodeado de sus cuatro hijos mayores y de la mujer que nunca lo dejó de amar, Susana, sus ganas de vivir dijeron basta. El parte médico dijo que murió de insuficiencia renal. Su familia insiste con que murió de tristeza.
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